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martes, mayo 22, 2018

Los niños no están bien



Si viven cerca de o con adolescentes varones seguramente saben que el mayor insulto que puede recibir su hijo/alumno es que le digan que hace cualquier cosa (hablar, caminar, patear un balón, etc.) "como niña"; saben también que ante ese insulto el niño debe reaccionar violentamente para demostrar que no es, de ninguna manera, "una niña"; han visto a su hijo/alumno retener el llanto hasta que se encuentra solo; y saben que las pedas son el único momento en el que sus hijos/alumnos están socialmente autorizados a mostrar afecto a amigos del mismo sexo (a quienes abrazan, besan y dicen lo mucho que quieren). 
The Mask You Live In muestra lo que es una verdad evidente para cualquier persona que viva cerca de o con adolescentes: la sociedad en la que vivimos ha construido un molde muy rígido y muy injusto para definir la masculinidad. Un molde basado en tres principios: el niño o adolescente debe 1) destacar en algún deporte (o por lo menos "estar mamado", aunque no practique ninguno), 2) asumir que su éxito se mide por la cantidad de dinero que tiene y 3) ser un Don Juan (tomar a la mujer como presa de caza, y acumular "trofeos" que acrediten su masculinidad).
"Ser hombre" con base en las ideas anteriores genera individuos inseguros, cerrados en sí mismos, incapaces de mostrar emociones que no denoten agresividad y violencia, imposibilitados para construir relaciones estables. 
Y la responsabilidad de esta construcción social somos todos. La crisis de género no termina con la adolescencia, y su atención no corresponde exclusivamente a los padres y profesores: las mujeres que rodean a estos chicos juegan un papel muy importante al momento de reforzar el modelo (aceptándolo sin cuestionarlo como algo "normal" y que no puede cambiarse).
Me vi reflejado en este documental: como niño, como adolescente y como profesor. Creo que ―indistintamente de su género y edad― pueden encontrar en él el retrato de alguien que conocen o son. Alguien que necesita saber que la idea de "hombre" que rige su vida puede ser diferente. Y mucho mejor. 
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The Mask You Live In, de Jennifer Siebel (2015), está disponible en Netflix. 


lunes, mayo 14, 2018

Tres libros para enseñar mejor


Aprovecho la llegada del Día del Maestro para recomendarles tres lecturas que han marcado una diferencia notable en mi forma de asumir la actividad a la que desde hace once años dedico mi vida: la educación. Si son padres y/o profesores les aseguro que estas obras les abrirán caminos a destinos desconocidos, pero que necesitan conocer.  
Lecciones de los maestros, de George Steiner (2004)
George Steiner (París, 1929), legendario profesor de literatura comparada y uno de los intelectuales más importantes del último medio siglo hace un recorrido de lo que significa ser maestro desde Sócrates hasta nuestros días, pasando por Jesús, Dante, Nietzsche y la tradición confucianista. ¿Por qué un profesor decide serlo? Y, como alumno, ¿qué sentido tiene asistir a clases en la era Google y Wikipedia? Responde el profesor Steiner: “Ningún medio mecánico, por expedito que sea; ningún materialismo, por triunfante que sea, pueden erradicar el amanecer que experimentamos cuando hemos comprendido a un Maestro. Esta alegría no logra en modo alguno aliviar la muerte. Pero nos hace enfurecernos por el desperdicio que supone porque llega un momento, siempre inevitable, en el que ya no hay tiempo para otra clase”.
Este libro me fue recomendado por Eduardo Díaz, alumno de la primera generación a la que di clases. Desde entonces he leído mucho sobre pedagogía, pero nada con la densidad filosófica desde la que Steiner aborda el tema.
Crear o morir, de Andrés Oppenheimer (2014)
No es precisamente un libro sobre educación, sino sobre innovación. Fue el primero que me puso clara la triste y enfadosa realidad de que en nuestro sistema educativo aniquilamos el sentido de riesgo que implica aprender en serio. Con este libro me di cuenta de lo acostrumbrados que estamos a “formar alumnos” para pasar pruebas que muy poco tienen qué ver con la vida real y cómo los condenamos a la mediocridad al convertirlos en timoratos que buscan certeza y estabilidad prácticamente sin haber vivido. Nos llenamos la boca cacareando las personalidades de Jobs, Gates, Zuckerberg y Branson… pero a la hora buena los formamos con el molde del Godín bien remunerado.
Este libro me lo recomendó también un exalumno, Diego Lara, una tarde que acudió a mi oficina para relatarme una crisis vocacional que atravesaba entonces. “Siento que no estoy aprendiendo nada en la universidad, que estoy perdiendo el tiempo”, me dijo. Leí el libro y lo entendí perfectamente.
Los bárbaros, de Alessandro Baricco (2009)
Este libro llegó a mis manos gracias a mi colega Claudia Magos. En él, Baricco analiza con muy altos vuelos literarios la brecha abierta entre jóvenes y adultos. Habla de la facilidad con la que los segundos calificamos a los primeros despectivamente (de “bárbaros”, en su acepción de "incivilizados", poco menos que salvajes). Pero sobre todo habla de lo mucho que perdemos cuando nos conformamos con esas etiquetas fáciles. Cuando escribió el libro, Baricco rebasaba ya la cincuentena, pero no se conformó con el cliché fácil de cargar contra la generación de Snapchat e Instagram. En vez de eso, intentó algo más digno de un profesor y padre inteligente (y bastante más difícil): comprenderlos. Su texto no concluye con la certeza falsa de "entender a los jóvenes", sino con la valiosa invitación a intentar hacerlo. Es un ensayo brillante y, desde mi perspectiva, nitroglicerina pura para muchas ideas dañinas pero muy cómodas que siguen vivitas y coleando entre profesores y padres de familia.  

viernes, agosto 25, 2017

Queridos jóvenes: es mejor no leer

Alessandro Baricco
No tengo ninguna duda de que el placer de leer, así como la cultura del libro, están fuertemente relacionados a una derrota. A una herida y a una derrota. Sobre los libros no tengo dudas. Sobre la música, teatro, cine, puede ser más problemático.
Leer es siempre la revancha de alguien que en la vida fue ofendido, herido. Me parece que leer libros es una manera inteligentísima de perder. Relacionado a una especie de renuncia a combatir sobre el campo. No sé si esto tiene alguna relación con la “humanidad ofendida”, de la cual escribía Adorno. Sé que la gente de libros es, por lo general, gente que sufre.
Existe una tendencia a ser sumergido por esta sensación de desequilibrio. Y es verdaderamente peligrosa.
Lo que pensaban de la novela en el siglo XIX las personas de buen sentido, es decir, que era peligrosa, es verdad; y está bien que en el origen de la novela así haya sido percibido. Lo entendieron rápidamente los médicos que prohibían a sus esposas la lectura de novelas, en la pureza áurea de aquel objeto —la novela— entendían una cosa que a nosotros actualmente nos parece ridícula. Pero era verdadera en aquel entonces y permanece como algo que tiene que ver también hoy con la experiencia de leer.
Para ser prácticos, veo a estos muchachos de 16 años que pasean, y que han leído todos mis libros, o bien demasiado Kafka o demasiado Dostoievsky. Los veo. Y cuando me preguntan qué deben hacer, sólo una cosa me llega a la cabeza: “Váyanse a jugar con el balón, tiren los libros, paseen. Córtense los cabellos, píntenselos de verde. Hagan algo. Busquen estar en el adentro. No afuera. Después de ello, regresen a los libros, por caridad, pero no se dejen imbuir”.
Si pienso en los jóvenes de hoy, en lo que leen y lo que no leen, y si desde nuestra experiencia de Tótem puede surgir alguna luz sobre esto, me vienen a la cabeza algunas cosas.
Antes que nada, se necesita una gran disposición de nuestra parte para entender que la geografía del sentido de estos jóvenes es objetivamente distinta de la nuestra. Y no por un proceso de “vulgarización” o “denigración” de aquello que es noble. En lo absoluto. Será noble como la nuestra, pero será distinta.
No se puede pretender que los Quartetti de Beethoven cubran, en la geografía de la inteligencia de estos jóvenes, la misma parte que han cubierto en la geografía de nuestra inteligencia. Y no precisamente por un proceso de degradación. No, simplemente porque la geografía cambia.
Si nosotros, cada vez que se pierde un pedazo de la geografía que nos ha generado, nos ponemos a pensar que ésta es una pérdida estéril del mundo, y si nosotros debiéramos ser así de idiotas para pensar esto en un modo apriorístico y dogmático, no se abrirá jamás un diálogo con estos jóvenes.
Debemos entender que su geografía será igual de noble que la nuestra, y además podría ser más noble, si no existiera ningún vestigio de la nuestra.
Allá donde en nosotros existía un puerto, en ellos no existe nada. Han dejado todo al nivel del suelo para dar vida a un gran estacionamiento. Y nosotros debemos tener una gran e inmensa inteligencia para no despreciarnos por el hecho de que hay un estacionamiento donde había un río, sino entender, antes que nada, toda la geografía. Y pensar —casi como un acto de fe— que nuestra geografía será igual de noble que la de ellos. Porque de hecho es así. Porque a final de cuentas, en los últimos Quartetti, ¿qué criticaba Beethoven? Era el mundo en movimiento. Después, la forma en la cual se puso en movimiento, porque nunca estuvo en nuestras manos elegir dicha forma.
La única cosa que debemos odiar es la inmovilidad. Porque es la muerte, es la dictadura, es el mundo en pausa.
Pero si el mundo comienza a vibrar, necesitamos después, de vez en vez, entender la forma de esta vibración, que no podrá ser siempre la misma.
El problema de la lectura, a final de cuentas, es esto. Si partimos del supuesto de que cada joven que no lee es una pérdida para la civilización, partimos de un supuesto erróneo. Estúpido. No es del todo cierto que, dentro de 150 años, la lectura será el modo, la forma más apta para la creación de sentido, para aprehender la vitalidad de lo real. Sin embargo, ¿esto quiere decir que no se puede hacer nada, que no podemos hacer nada, para transmitir a un joven el sentido de aquello que para nosotros es noble? Nada en absoluto. Nada es grandioso si uno no es capaz de explicar el porqué lo es.
Si los Quartetti de Beethoven son grandiosos sólo porque son los Quartetti de Beethoven, y uno no parte de cero, y no sabe explicar el porqué, aquella grandeza está acabada. Deviene en una imposición, justo a lo que un joven siempre se rebela.
Cuando los jóvenes se rebelan a la lectura únicamente porque les viene dada como un valor inexplicable, porque es mejor que jugar Playstation, es necesario preguntarnos si alguno les ha explicado de manera convincente por qué es mejor. Aparte de que se trata, evidentemente, de una cuestión abierta —no sabemos todavía bien qué cosa sucede en aquel nuevo mundo de mensajes visivos, sensibilidad, velocidades distintas a la nuestra—, es por eso que los jóvenes viven la lectura como una agresión a sus valores.
El libro y el videojuego desde el inicio resultaron contrapuestos. Entonces, o estamos en condiciones de explicárselos, o bien estamos haciendo algo que los alejará más.
En cambio, el desafío es que a alguien que juega con el Playstation le cuentes el Cyrano, y que, de pronto, te escuche. Pero no le puedes decir: "¡Ve al teatro! A ver un Cyrano de Bergerac doctísimo y aburridísimo". Así, nos la jugamos todos, ¡uno después del otro!
Esto nos ayudará también a entender qué cosa está todavía viva y qué cosa está muerta. Cuando, en resumidas cuentas, no puedo explicar a los jóvenes en la escuela Holden, por qué creo que El hombre sin atributos de Musil es un libro para leer, cuando advierto que me canso cada vez más, que cada vez tengo menos credibilidad, y que no logro convencerlos, no sólo quiere decir que no soy lo suficientemente bueno. Sugiere también que quizás, en la nueva geografía que está naciendo, El hombre sin atributos no es un libro importante. Esto es algo muy probable, de lo cual no debemos espantarnos. No lo digo para provocar. Los músicos que Rossini admiraba en su oficio se llamaban Mozart, Haydn, pero otros tenían nombres que hemos olvidado por completo.
Las geografías cambian. Quizá El hombre sin atributos no es importante por siempre. Lo ha sido para mí, para mi generación, pero cuando se comienza a no saber explicarlo, cuando percibes que no te creen, es mejor buscar entender qué cosa está pasando, cuál es la nueva geografía que está naciendo.
Y prepararse para tomarla.
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Extracto del texto leído por el autor el pasado 15 de mayo en la Feria del Libro de Turín, en un panel dedicado al tema de la lectura y recientemente publicado en el libro Totem. L'ultima tournée (Einaudi, 2003).
Traducción de Israel Covarrubias

miércoles, agosto 31, 2016

Escuelas creativas

TED es una organización sin fines de lucro basada en California que cada año organiza la cada vez más reputada y exclusiva conferencia TED, de la que surgieron las celebérrimas charlas TED (TED Talks), de las que hoy hay más de mil, traducidas a más de 80 idiomas.
Por ese foro han pasado líderes sociales, expresidentes, empresarios, premios Nobel, y una pléyade de “influenciadores” cuya presencia justifica el elevado precio de la conferencia (2500 dólares por un fin de semana).
Al momento de escribir estas líneas, la charla “¿Las escuelas matan la creatividad?” que Ken Robinson (Liverpool, 1950) ofreció en TED en 2006 supera los 40 millones de reproducciones: es la más vista en la historia de la conferencia. Ello ha convertido a Robinson no sólo en uno de los pedagogos más celebres del planeta, sino en una especie de “rock star” de la educación. En esa charla (que recomiendo ampliamente) Robinson critica de manera puntual el sistema educativo basado en la preparación para exámenes estandarizados (PISA a nivel global; DOMINA, ENLACE y varias similares para el caso mexicano) y sobre todo el relegamiento intencional de las disciplinas artísticas de planes de estudio casi específicamente centrados en la enseñanza de lengua y matemáticas.
Robinson –que ha asesorado escuelas y sistemas educativos en todo el mundo– plasmó buena parte de las ideas de esa conferencia en su libro El elemento (2009, con una edición corregida y aumentada en 2013).
En su nueva obra, Escuelas creativas (2015), Robinson vuelve sobre esos pasos y desarrolla a profundidad su propuesta de revolucionar la educación bajo el supuesto de que el sistema actual lleva varias décadas retrasado. Ofrece varios ejemplos de escuelas alrededor del mundo que han implementado estos cambios con resultados notables. Tristemente ninguno de estos se encuentra en México.
Terminar de leer el libro me ha producido ansiedad y desasosiego. Es cada vez más evidente –y no desde hace poco tiempo– que el sistema educativo que conocemos es ineficiente en términos de lo que las nuevas generaciones necesitan de sus escuelas y profesores en los tiempos que corren. Sin embargo, al menos en México, parecemos empeñados en hacer que las cosas funcionen como antes, que los alumnos aprendan (sí o sí) como lo hicimos nosotros, y lo hicieron nuestros padres y abuelos; asociamos la innovación con uso de tecnología (sin atender casi la base pedagógica sobre la que deberíamos usarla) y –en general– seguimos centrados en la enseñanza estandarizada (todos deben aprender lo mismo, al mismo tiempo y con los mismos resultados) y no en el aprendizaje personalizado que exige el presente y reclamará el futuro.
Hay mucho miedo, sin embargo, a dar esos pasos. Padres de familia, profesores, directivos escolares e incluso a menudo los mismos alumnos parecen sentirse incómodos con innovación real, con la que apela a la pedagogía más que a la tecnología. Por ejemplo: usar una tablet en el salón está bien visto; pero trabajar sobre la base del aula invertida genera zozobra. La solución, me parece, está en palabras de Esther Wojcicki: "Para transitar al siglo XXI, las escuelas deben arriesgarse. Necesitan encontrar una manera de cambiar la cultura del aula: del modelo dirigido por el profesor a uno liderado por el estudiante. Esa es la base del aprendizaje mixto". Hacia esas dianas hay que apuntar, y no hacia las que nos hacen sentir cómodos y seguros pero que a los alumnos definitivamente no les garantizan el aprendizaje que les hará salir adelante en décadas por venir. 
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Escuelas creativas. La revolución que está transformando la educación.

Autor: Ken Robinson (con Lou Aronica)
Editorial: Grijalbo
Precios (MXP): 289 impreso | 159 digital 

lunes, abril 13, 2015

Contra la tarea

El siguiente texto fue escrito por Alfonso González Balanza, profesor español de Secundaria. Se refiere, básicamente, a la educación Primaria, pero considero que sus ideas son valiosas también para el Bachillerato. Aquí está la fuente donde encontré el texto.
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La inmensa mayoría de los maestros (mis compañeros de profesión) considera que los deberes son absolutamente necesarios. Muchos estarían dispuestos a discutir sobre la cantidad adecuada, pero que hay que mandar deberes no se lo cuestionan; es algo tan evidente como que  en invierno hace frío y que en verano hace calor. Digamos que es el orden natural de las cosas. Los maestros deben mandar deberes y los niños deben hacen deberes por la misma razón que la Tierra da vueltas alrededor del Sol y las plantas florecen en primavera: porque así ha sido siempre y porque así debe ser. La maldición bíblica “ganarás el pan con el sudor de tu frente” está tan arraigada en nuestra cultura que la hacemos extensible a los niños. La vida es dura; en este valle de lágrimas no estamos para disfrutar, sino para sufrir.
A casi cualquier maestro que le preguntes por la conveniencia de mandar deberes a los niños te contestará, igual que se recita un mantra, que los deberes cumplen tres funciones: refuerzan lo aprendido, enseñan responsabilidad y crean un hábito de trabajo. Y de ahí no los vas a sacar. Eso es lo que hicieron con ellos sus maestros, eso es lo que les han enseñado en la escuela de magisterio y eso es lo que harán hasta que se jubilen. No importa que nuestro país, año tras año, esté a la cola de los países avanzados, en cuanto al rendimiento escolar se refiere, a pesar de que nuestros alumnos sean los que más días de clase tiene al año y más horas dedican a los deberes en casa. Da igual que todos los estudios internacionales demuestren que los países en los que menos deberes se mandan (o en los que directamente están prohibidos por ley) sean los que mejores resultados obtienen; da igual que todas las investigaciones serias hayan demostrado que los deberes no sólo no sirven para nada, sino que pueden ser perjudiciales. Para muchos de mis compañeros de profesión tales estudios son una patraña de pedagogos progres que no quieren que a los niños se les transmita  la cultura del esfuerzo.
Frente a esos argumentos repetidos por tantos profesores, mi experiencia me dice que los deberes son inútiles, antipedagógicos, profundamente injustos y, lo que es peor, impiden a los niños realizar otras actividades mucho más importantes. Pero en primer lugar voy a explicar por qué, a mi juicio, tales argumentos son una falacia y un sofisma.
¿Hábito de trabajo? Si dedicar 9 meses al año, 5 días a la semana y 5 horas diarias a la realización de tareas escolares, para un niño de entre 6 y 11 años, no es suficiente para lograr un hábito de trabajo, que alguien me explique qué se necesita para lograr ese hábito. Niños en edad de correr y jugar, están sentados en una silla de madera 5 horas diarias realizando tareas aburridas y repetitivas, mientras exigimos que estén en silencio y concentrados. Cuando los profesores asistimos durante nuestra jornada laboral a una charla de más de una hora, nos retorcemos en nuestros asientos y miramos el reloj con desesperación, a pesar de que somos adultos y se nos supone una mayor capacidad de autocontrol y sacrificio, ¡por no mencionar que nos pagan por ello! Mi hija de 8 años, por ejemplo, dedica al trabajo muchas más horas que yo y que absolutamente todos los profesores que conozco (y conozco muchos).
¿Responsabilidad? Existen muchas formas de enseñar responsabilidad, y no sólo la de cumplir con la obligación de hacer deberes; sin olvidar que no podemos exigir responsabilidad a quien por su edad no es responsable de su tiempo ni de sus circunstancias. La responsabilidad se adquiere progresivamente, y me parece normal empezar a exigirla en la ESO, pero no en Primaria: el tiempo del que disponen los niños por la tarde o los fines de semana no depende de ellos, sino de sus padres.
¿Refuerzan lo aprendido? Un niño de 11 años sólo necesita saber sumar, restar, multiplicar, dividir, escribir (correctamente) y leer (con fluidez), para afrontar con éxito la Secundaria. ¿Eso no se puede aprender en 6 años de trabajo diario en clase? Los niños no refuerzan lo aprendido en clase por la tarde: lo aborrecen. Hasta que no tuve hijos, y estos empezaron a estudiar en Primaria, no me di cuenta de la suerte que tuve de ir a un colegio en el que no se mandaban deberes hasta la 2ª etapa de E.G.B. (de 6º en adelante) y, la verdad, no me ha ido nada mal en mis estudios posteriores.
Y ahora voy a explicar por qué sostengo que son injustos e inútiles: para empezar, los deberes que se mandan son los mismos para todos los niños, independientemente de su capacidad y circunstancias personales. Esto es, por definición, absurdo e injusto: si mi hija, que está en 1º de ESO, no hubiera tenido unos padres profesores (y por lo tanto con estudios y MUCHO tiempo para dedicarle) no habría obtenido los resultados tan buenos que obtuvo en Primaria. Pero a pesar de toda la ayuda que le hemos dado, mi hija ha dedicado cientos de horas a realizar tareas escolares absurdas y repetitivas. Porque la mayoría de las actividades incluidas en los libros de texto se basan en la repetición, en el aprendizaje memorístico al pie de la letra, en copiar mecánicamente y en seguir unas pautas de realización muy concretas, que no dejan margen ninguno a la creatividad, y que logran destruir la curiosidad de los niños. Además, las tareas que mandamos, en muchos casos, no siguen criterio pedagógico alguno: he podido comprobar cómo el número de ejercicios o de trabajos que tenía que hacer mi hija en una asignatura, aun teniendo al mismo profesor, variaba enormemente de un año para otro por el mero hecho de que, al cambiar de editorial, el nuevo libro tenía muchos más o muchos menos ejercicios que el del año anterior. Es decir, que los profesores mandamos todos los ejercicios que vienen en el libro, sin plantearnos cuántos o cuáles son los necesarios: si son diez, diez, y si son veinte, veinte (y, por supuesto, HAY que hacer todos los ejercicios y dar todos los temas del libro). Y este no es un problema del colegio de mis hijos (de cuyos profesores, excelentes profesionales, no tengo, por otra parte, ninguna otra queja), sino que es un problema generalizado de nuestra profesión.
Pues bien, yo confieso que he hecho docenas de ejercicios de Matemáticas a mi hija (si, por ejemplo, le mandaban cinco divisiones, ella hacía una y yo cuatro) le he dictado montones de ejercicios de “Cono”, le he traducido incontables páginas escritas en Inglés, le he ayudado con decenas de ejercicios de Lengua y le he hecho muchos trabajos de diferentes asignaturas (mi mujer, además, le ha ayudado a terminar incontables láminas de dibujo y trabajos manuales). ¡Y no me arrepiento! Lo he hecho para que mi hija tuviera una infancia feliz y durmiera todos los días 10 horas. Gracias a eso, mi hija es una niña sana, además de una gran deportista, le encanta leer y escribir por puro placer, juega  al ajedrez, toca la guitarra y es una niña abierta y sociable que ha jugado cientos de horas en la calle. Y si ahora que está en la ESO puedo asegurar que no le ayudo nada en absoluto y sigue sacando muy buenas notas, ¿eran necesarios todos esos deberes que le mandaron y no hizo? ¿Qué pasa con todos los niños cuyos padres trabajan mañana y tarde y, además, no tiene estudios para poder ayudar a sus hijos? Pues simplemente que este sistema educativo injusto, que coarta la libertad y la creatividad de los niños, los margina irremediablemente y los señala como niños irresponsables y fracasados, a la vez que los hunde con negativos, ceros y castigos, y les mina la autoestima, haciéndoles creer que no sirven para estudiar. Si las circunstancias familiares de cada niño son distintas, todo lo que se mande para casa es, por definición, injusto, y condena al fracaso a miles de niños cuyos padres no tienen tiempo, ni capacidad, para ayudar a sus hijos con los deberes escolares.
Pero además, los deberes son antipedagógicos porque hacen que los niños odien estudiar y aprender. A la mayoría de los niños les encanta ir al colegio, pero no soportan hacer deberes; para los niños estudiar y aprender es un castigo (mis hijos no pueden entender que yo siga estudiando por placer). Eso es lo que hemos conseguido mandando deberes hasta lograr el hastío de los niños.
Y lo peor de todo: los deberes ocupan tanto tiempo que los niños no pueden realizar otras actividades mucho más importantes para su desarrollo físico y psíquico; los profesores hemos logrado que los niños lleven una vida igual de sedentaria que los adultos, con el consiguiente problema, convertido ya en epidemia, de obesidad infantil generalizada.
Y es que los maestros no mandamos una actividad en concreto, un día en concreto, tras una meditada reflexión, por considerarla necesaria para conseguir un determinado objetivo que es imposible lograr con el trabajo de clase, tras plantearnos los pros y los contras y pensar de qué modo podemos lograr que nuestros alumnos se motiven con dicha actividad (en vez de considerarla un castigo), sino que lo hacemos de manera automática; porque sí, porque es lo que se supone que hacen los maestros.
Yo propongo que, siguiendo la lógica de mis compañeros maestros, los equipos directivos de los centros nos manden trabajo durante las vacaciones, para que no perdamos el hábito de trabajo adquirido durante el curso. Y que cuando asistamos a un curso de formación, nos manden deberes para el día siguiente con el fin de afianzar los contenidos del curso.
Muchos compañeros me comentan que son los padres los que exigen que se manden deberes a los niños. ¡Pues claro! Para muchos padres los deberes son la forma de que sus hijos estén ocupados y no les molesten pidiéndoles ir a la plaza a jugar. Muchos padres querrían que los niños estuvieran en el colegio hasta las 8 de la tarde, y, por supuesto que hubiera clase los sábados y que los niños siguieran yendo en julio al colegio. ¿Por qué no les hacemos caso en eso también?
¿Y qué deberían hacer, a mi juicio, los niños después de la jornada escolar? Pues según todos los estudios científicos y pedagógicos, está absolutamente demostrado que los mayores beneficios para el desarrollo neurológico y cognitivo de los niños se obtienen con las siguientes actividades: Deporte, Arte (Música, Dibujo…), Juego (imprescindible para la socialización de los niños y para desarrollar la creatividad), Idiomas y Lectura. El arte, la filosofía, la ciencia, la literatura, la música y todas las actividades más elevadas realizadas por el ser humano, son consecuencia directa del mayor logro conseguido por la humanidad: el tiempo de ocio.
Por lo tanto, los niños deberían pasar más tiempo con sus familias, jugar con otros niños (a ser posible en la calle) y practicar deporte, todos los días; aprender a tocar un instrumento musical, practicar una lengua extranjera y jugar al ajedrez, varios días a la semana. Y, sobre todo: leer, leer, leer, leer, leer… Sólo se debería mandar de deberes, en Primaria, leer todos los días el libro que ellos elijan. Y al día siguiente, en el colegio, hacer una redacción contando lo que han leído. Nada más; el resto de actividades se deberían hacer todas en clase. Si intentamos reducir el número de deberes no cambiaremos nada: todos los maestros están convencidos de que ellos mandan muy pocos deberes; sólo eliminándolos por completo lograremos acabar con esta sin razón.  

lunes, marzo 23, 2015

Nancie Atwell, "Premio Nobel" de Educación.


A Nancie Atwell sus más de 40 años de experiencia como profesora no le han «quemado» ni sus energías ni su ilusión. «Me encantan los desafíos y me encanta mi vida como profesora. Espero poder transmitir a los jóvenes que la educación es un privilegio», asegura esta maestra estadounidense que ha sido galardonada con el primer Global Teacher Prize, el premio dotado con un millón de dólares que quiere convertirse en el «Nobel de la enseñanza».
La Fundación Varkey, impulsora de este premio al que se presentaron 5.000 aspirantes de todo el mundo, cree que Atwell «representa todo lo que hace a alguien ser un excelente maestro» por su «constante innovación en sus más de 40 años de enseñanza, tratando de formar ciudadanos del mundo en el aula» y por ser «un líder en el campo de la educación». Su trabajo, subraya la fundación, beneficia «no sólo a sus estudiantes, sino también a otros maestros, a su comunidad y al mundo».
«He aprendido y sigo aprendiendo cómo hacer que una escuela sea un lugar de felicidad y sabiduría para mis estudiantes y para mí», dijo Atwell durante su discurso de aceptación del premio.
Profesora desde 1973, Atwell fundó en 1990 el Centro para la Enseñanza y el Aprendizaje (CTL) en Edgecomb (Maine), donde lleva a la práctica y comparte sus ideas para mejorar la enseñanza de la lectura y la escritura. Atwell, que descubrió su pasión por la lectura cuando una fiebre reumática la postró en la cama siendo niña, presume con orgullo de que sus alumnos leen unos 40 libros al año, frente a los seis u ocho que leen la mayoría de los estudiantes de séptimo y octavo grado. ¿Cómo lo consigue? El secreto, dice, es dejar que el niño elija los libros que quiere leer y los temas sobre los que quiere escribir.
«Cada año, mis alumnos de séptimo y octavo grado eligen y leen entre 30 y 100 títulos. Devoran los libros porque la biblioteca de la clase está llena de historias interesantes de escritores serios, porque tienen tiempo para leer en el colegio, porque esperan poder leer cada noche en su casa y porque 35 años de experiencia me han enseñado que mi trabajo es leer, disfrutar y recomendar literatura para jóvenes a los jóvenes a los que enseño», explicaba la propia Nancie en un artículo en 2010.
Un niño sentado en una habitación tranquila con un buen libro «no es un método de enseñanza llamativo o comercial», pero es la manera de que alguien se convierta en un lector, destaca Atwell, aunque avisa de que tampoco el taller de lectura es una sala de lectura silenciosa prolongada. Hay lectura en voz alta, explicaciones sobre lo que se lee, se explica el significado de palabras desconocidas, la entonación de las frases... «El taller de lectura es una de las cosas más simples y más difíciles que hacemos. Es también el más valioso», añade.
Su meta es que los estudiantes se conviertan en «apasionados, habituales y críticos lectores» y que la lectura les convierta en personas «más inteligentes, más felices, más justas, y más compasivas, debido a los mundos que experimentan dentro de esos cientos de miles de líneas de impresión».
Leer es también el camino para escribir bien, todo un arte que requiere de tiempo, según defiende la fundadora de esta innovadora escuela a la que han acudido más de 600 profesores a lo largo de estos años para aprender métodos de enseñanza más eficaces. En sus talleres de escritura, los estudiantes pueden desarrollar sus propios temas, escribir en distintos géneros, consultar sus borradores con sus maestros y compartir sus ideas. Algunas de las reseñas de los libros que han leído los alumnos del taller se publican en la web del centro y los propios niños confeccionan sus listas de recomendaciones.
La propia Atwell es una autora consagrada, con nueve libros publicados sobre educación. Del más conocido, «In the Middle», ha vendido medio millón de ejemplares y va por su tercera edición. Obra de referencia para los profesores anglosajones, contiene procedimientos detallados, mini lecciones reproducibles, técnicas y estrategias para inculcar la pasión por los libros.
«Estoy convencida de que la enseñanza de las artes del lenguaje es una de las grandes carreras: exige tiempo y energía, pero está llena de significado, vale la pena y es interesante. (...) ¿Qué trabajo podría ser más satisfactorio?», dice Nancie Atwell.
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Esta nota, firmada por M. Arrizabalaga, fue escrita para y publicada en el diario español ABC. Pueden encontrar la nota completa dando clic aquí. Su publicación en este blog obedece a objetivos estrictamente informativos. 

Las condiciones de la actitud creativa, según Erich Fromm



1. Capacidad de asombro. 

Los niños conservan todavía esta aptitud. Todos sus afanes consisten en intentar orientarse en un mundo nuevo, en captar las cosas siempre nuevas que aprenden a experimentar. Se asombran, se sorprenden, se maravillan y, gracias a ello, su reacción es creativa. Sin embargo, en cuanto se incorporan al proceso educativo, suelen perder esa capacidad. Sienten que deben saberlo todo y que, por lo tanto, es un signo de ignorancia sorprenderse o asombrarse ante algo.

2. Capacidad de concentración.

Una rara cualidad en la cultura occidental. Estamos permanentemente ocupados, pero sin concentración. Mientras desarrollamos una determinada actividad, ya estamos pensando en lo que haremos a continuación. Si es posible nos dedicamos simultáneamente a varias actividades. Hacemos cinco cosas a la vez, lo cual significa que no hacemos nada, puesto que no desarrollamos ninguna actividad con todas nuestras capacidades. 

3. La experiencia del yo.

La palabra yo y demás formas de primera persona forman parte de las últimas expresiones que aprende el niño en el desarrollo de su capacidad lingüística, pero en cuanto las adquiere las utiliza sin parar. Al expresar una opinión, por ejemplo, decimos: "Creo" en esto o aquello. Si se analiza la opinión, sin embargo, se descubre que la persona sólo expresa lo que le enseñaron sus padres cuando era niño. Está sujeto a la ilusión de que es él quien piensa eso, cuando en realidad sería más correcto decir: "Esto se piensa en mí". Es la misma fantasía que tendría el tocadiscos si dijera: "Estoy tocando una sinfonía de Mozart", cuando sabemos que somos nosotros quienes ponemos el disco en el tocadiscos y que éste se limita a reproducir lo que está grabado ahí. 

4. Capacidad de aceptar el conflicto.

Esta idea contrasta con el clima de opinión actual, en el que se intenta evitar el conflicto en la medida de lo posible. Toda la educación moderna tiende a evitar al niño la experiencia del conflicto. Existe una superstición general de que los conflictos son dañinos y de que, por tanto, es mejor evitarlos. Lo verdadero es justamente lo contrario. Los conflictos son el origen del sentimiento de asombro, del desarrollo de la fortaleza, de lo que antes se denominaba "carácter". Si se evitan los conflictos, uno se convierte en una máquina bien engrasada, donde todo afecto se nivela de inmediato, donde se automatizan todos los deseos, donde se homogenizan todos los sentimientos. 

5. La voluntad de nacer todos los días.

Todo acto de nacimiento requiere la valentía de renunciar a algo, de salir del útero, de abandonar el pecho, de separarse del regazo, de soltar la mano, de perder todas las certezas y apoyarse en una única cosa: la capacidad de ser consciente y reaccionar, es decir, la propia creatividad. Ser creativo significa considerar la trayectoria vital como un proceso de nacimiento constante, sin concebir ninguna fase de la vida como final. Lo más común es morir sin haber nacido plenamente. La creatividad significa nacer antes de morir. 

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Fromm, E. (2007). La vida auténtica. Barcelona: Paidós.

viernes, enero 23, 2015

Manifesto 15

Comparto la liga al Manifesto 15, una iniciativa de varios profesores de distintas partes del mundo que enuncia con prístina claridad los retos y oportunidades de la educación presente y futura. 

Si se dedican a la educación, en cualquiera de sus vertientes, es un material de reflexión obligada. Si no, es útil para enterarse de cuáles son los asuntos a los que los profesores del mundo estamos dedicando más tiempo y esfuerzo (ojalá también talento y creatividad). ;-)

lunes, diciembre 01, 2014

Generación APP


Una de las más recurrentes inquietudes de quienes trabajamos con y para adolescentes reside en el tan cacareado hecho de que pertenecen a una generación distinta a la nuestra, es decir, a la primera generación cien por ciento digital en el sentido de que, nacidos en los últimos años del siglo pasado, no conocieron (al menos no conscientemente) el mundo antes de internet, facebook, smartphones y demás maravillas de la vida en línea. 

La inquietud aumenta cuando constatamos que psicólogos, sociólogos y pedagogos, entre otros especialistas de la educación, emiten opiniones discordantes (y a veces francamente contradictorias) al reflexionar sobre las características de la generación (o las generaciones, según se vea) que ahora está en las aulas. Ejemplo: Dan Tapscott en su libro La era digital (McGraw Hill, 2009) no tiene reparo en ensalzar las cualidades de los adolescentes de hoy: "Como la primera generación global de todos los tiempos, los Net Geners son más listos, más rápidos y más tolerantes a la diversidad que sus precursores" (Tapscott, 6). El autor, asesor de negocios en Canadá, enuncia ocho características de los nacidos de mediados de los '90 en adelante: 
  1. Aprecian la libertad y la libertad de elección.
  2. Desean personalizar las cosas, hacerlas por sí mismos.
  3. Son colaboradores naturales que disfrutan de una conversación, pero no de un sermón.
  4. Lo escrutarán a usted y a su organización.
  5. Insistirán en la integridad.
  6. Querrán divertirse, incluso en el trabajo y en la escuela.
  7. La velocidad es normal.
  8. La innovación es parte de la vida.
Un año después, en 2010, Nicholas Carr publicó Superficiales. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? (Taurus, 2010). Como lo señala el título de su obra, Carr no analiza específicamente a la actual generación de adolescentes, sino que dedica su atención a los efectos de nuestra vida en línea. No es muy optimista al respecto. Un ejemplo:
Una sola página web puede contener fragmentos de texto, video y audio, una variada gama de herramientas de navegación, diversos anuncios y varias pequeñas aplicaciones de software o widgets, que se ejecutan en sus propias ventanas. Todos sabemos cómo puede llegar a distraernos esta cacofonía de estímulos. Pero nos lo tomamos a broma. Un nuevo mensaje de correo electrónico anuncia su llegada cuando ojeábamos los titulares más recientes de un periódico digital. Unos segundos más tarde, nuestro lector RSS nos informa de que uno de nuestros blogueros favoritos ha publicado un nuevo post. Unos momentos después nuestro teléfono móvil reproduce la melodía que indica la entrada de un mensaje de texto. Al mismo tiempo, una alerta de Facebook o Twitter parpadea en la pantalla. (Carr, 116)   
Puede que el tono de Carr sea levemente catastrofista, pero estoy seguro de que la mayoría puede identificarse con esos momentos de sobre-estimulación que, a decir del autor, no llevan a algo bueno.

Al tren del estudio de los cambios que la tecnología ha propiciado en la forma en que aprendemos se ha subido Howard Gardner con su obra Generación APP (Paidós, 2014) en la que define a este grupo de edad en los siguientes términos:
Nuestra teoría es que los jóvenes de ahora no sólo crecen rodeados de aplicaciones, sino que además han llegado a entender el mundo como un conjunto de aplicaciones, a ver sus vidas como una serie de aplicaciones ordenadas o quizás, en muchos casos, como una única aplicación que se prolonga en el tiempo y les acompaña de la cuna a la tumba. (Gardner, 15)
La opinión de Gardner sobre el asunto es acaso más relevante que la de los autores antes mencionados si consideramos que lleva más de tres décadas dedicado a la psicología cognitiva: fue él quien en 1983 cimbró el mundo educativo con su teoría de las inteligencias múltiples, que dio al traste con el modelo de educación estandarizado (y, tristemente, todavía en uso en la mayor parte de las escuelas del mundo). 

En Generación APP Gardner nos queda a deber una posición clara al respecto. No es esto necesariamente malo. Antes lo contrario: Gardner toma una distancia prudente ante la velocidad de los cambios suscitados por la tecnología en el ámbito educativo y concluye, inteligentemente, que estos cambios pueden resultar tanto positivos como negativos dependiendo de los factores que los acompañen (personalidad del alumno, la escuela en la que estudien, los valores familiares, etc.). En sus palabras
Los medios digitales pueden ejercer un efecto liberador sobre los jóvenes ya predispuestos a experimentar e imaginar, mientras que congelarían a la creciente proporción de jóvenes que prefieren seguir el camino de la mínima resistencia. (Gardner, 152)
Afortunadamente en este tema estamos muy lejos de escuchar la última palabra. Entretanto, Generación APP es una lectura altamente recomendable para padres de familia, profesores y en general cualquier persona interesada en cómo aprendemos.  

martes, junio 11, 2013

Cuatro retos de la educación por venir


Imagen de Néstor Alonso en el blog de Domingo Méndez
(1ª de dos partes)
En semanas recientes he tenido el privilegio de participar en algunas reuniones en las que se ha empezado a discutir el modelo Tec 21, la estrategia que presenta el Tec de Monterrey a los retos de los próximos años. Deseo compartir con ustedes algunas reflexiones generadas a raíz de lo visto y escuchado en estos días. 
1. Hay que aceptar que el sistema está en crisis (o lo estará muy pronto)
Sobre todo a nivel medio superior y superior, nunca como ahora se había cuestionado tan fuertemente la pertinencia de formar parte del sistema educativo. Todavía entre la mayoría de quienes estudian (y sobre todo de quienes financian esos estudios: los padres de familia) persiste la idea de que vale la pena invertir tiempo y (si se puede) dinero para inscribir a los hijos en preparatorias y universidades privadas. En estas últimas una carrera profesional implica por lo menos cuatro años y medio de vida y algo así como un millón de pesos entre colegiaturas y materiales de trabajo a lo largo de ese lapso. Muchas veces esa convicción se traduce en una deuda de varias decenas de miles de pesos que el alumno se compromete apenas tenga su título de ingeniero o licenciado. Es mucho tiempo y mucho dinero, pero todo sea por adquirir los conocimientos y desarrollar las habilidades necesarias para sustentar una carrera profesional exitosa (“ser alguien en la vida”, como rezaba el slogan de una universidad hace años).
Pero en años recientes, con el boom de las tecnologías que permiten el intercambio de información a una velocidad antes impensable, el sistema educativo ha sido puesto en jaque. Ahí está el caso de los MOOCs: cursos masivos en línea, gratuitos, facilitados por las mejores universidades del mundo (Yale, Harvard, MIT…). La palabra clave es “gratis”. De momento, los MOOCs se ofrecen sin costo, convirtiéndose en una fuente de conocimiento confiable, profesional y prestigiada que sólo exige del alumno tiempo y conexión a internet. La siguiente jugada es que esas universidades confirmen la equivalencia de esos cursos con los que se imparten en sus aulas, cobrando una cuota significativamente más baja que la que implica tomar clases en modalidad presencial. La pregunta que se plantea entonces es: si el alumno puede tomar un curso gratis (o a un precio relativamente bajo), facilitado por un profesor de universidad Ivy League y recibe al final un certificado que avala ese conocimiento, ¿qué sentido tiene pagar decenas de miles de pesos al semestre para aprender lo mismo?
Desde hace varios años la enseñanza está basada en las competencias que el sistema escolarizado ofrece a sus alumnos: qué saben hacer y cómo lo hacen. Aunque no es una idea nueva, ahora queda claro que para desarrollar esas competencias no es indispensable enrolarse en una universidad… ni pagar la colegiatura.
Cierto: pasarán varios años para que la crisis se acentúe, para que los alumnos (y sobre todo sus padres) asuman como real la posibilidad de no estudiar en una universidad y encontrar vías alternas para adquirir conocimientos y desarrollar competencias que les permitan (en menos tiempo y a un precio menor) ser competitivos en el mercado laboral. Pero el hecho de que el punto más álgido de esta crisis no se prevea hasta dentro de unos años, no quiere decir que no ocurrirá: hace tres lustros era impensable la consulta en línea de información confiable en la red; hoy tenemos Wikipedia, a quien prácticamente nadie regatea el rol de enciclopedia de nuestros tiempos.
2. Conviene reconocer que la tecnología no es la respuesta (completa)
Me gustaría hacer una aclaración en este sentido: no soy tecnófobo. Todo lo contrario. Me gusta estar al tanto de las novedades tecnológicas y soy usuario competente de varias de ellas. Considero que la tecnología me permite (como a millones más) realizar mejor y más rápidamente algunas de mis actividades cotidianas. Sin embargo pienso que en el ámbito educativo hemos hecho una lectura al menos incompleta y a veces francamente equivocada del lugar que la tecnología está llamada a ocupar en el futuro. Proporcionamos o financiamos tablets a nuestros profesores, ofrecemos capacitación para usar redes sociales y apps, les conminamos a usar clickers [1]y a diseñar páginas web… Pero en medio de esta amplísima oferta de recursos no nos damos cuenta de que el foco no ha de estar exclusivamente en el uso de la tecnología sino sobre todo en su uso desde una perspectiva pedagógicamente innovadora. No se trata, como me decía un profesor recientemente, de migrar del pizarrón a los acetatos a las diapositivas en Power Point a las presentaciones en Prezi[2]: ¿dónde está la innovación ahí? ¿De qué sirve usar clickers si las preguntas que se hacen son las mismas de hace 10, 15 o 20 años?
Sólo daremos un salto cualitativo cuando aprendamos a utilizar técnicas didácticas auténticamente retadoras que, complementadas con tecnología de punta, pueden resultar un combo muy eficaz para enseñar a las nuevas generaciones. Ni duda cabe de que técnicas como el Aprendizaje Basado en Problemas o el Aprendizaje Colaborativo, que no son nuevas, podrían relanzarse con mucha potencia utilizando la tecnología de última generación. En este contexto, dotar al profe de una laptop o una tablet es sólo el primer paso para ello. Si nos quedamos ahí el salto no será completo y nos quedaremos a medias en el intento de conectar con una generación que hoy exige mucho más que un profesor que comparta sus documentos por Facebook.       


[1] Un clicker es un sistema de respuesta remota. A fines de los ’90 se usaba en aulas con controles que se asignaban a los alumnos; ahora se responde a través de dispositivos móviles como teléfonos celulares o tablets.
[2] Prezi es una aplicación multimedia para la creación de presentaciones. Es similar a PowerPoint pero de manera más dinámica. La versión gratuita funciona sólo conectado a internet y con un límite de almacenamiento.