Llegué a El último encuentro gracias a mi amiga Claudia Huerta (en Twitter @Bigcrassh).
domingo, febrero 23, 2014
"Tenemos que soportar..."
martes, febrero 11, 2014
Yo contra el mundo (o de la desgracia de creer que se tiene razón)
Una de las mejores lecciones que se pueden aprender en la vida (y también una de las más complicadas) es la noción de que aquello en lo que creemos a pie juntillas es casi seguramente equivocado. Siempre hay algo más que conocer. Y eso es bueno: aunque en el camino del conocimiento perdamos aquellas "verdades" sobre las cuales fundamentábamos nuestras vidas.
Hace unos días, zappeando en Netflix encontré Conspiracy Road Trip, programa conducido por el comediante irlandés Andrew Maxwell y producido por la BBC. En él, Maxwell invita a un grupo de personas que considera que algún acontecimiento o creencia forma parte de una conspiración y se los lleva en un road trip por los lugares que confirman o desmienten sus aseveraciones. Así, por ejemplo, en la primera temporada se revisan los atentados del 11 de septiembre en NY, los de julio de 2005 en Londres, el Creacionismo y la existencia de los OVNIS.
Maxwell parte desde una posición concreta: que sus invitados están equivocados. Y durante todo el viaje intenta convencerlos de ello. Esto puede resultar incómodo para algunos espectadores, dado que el presentador no es neutral, pero de lo que se trata es de asumir que hay alguien que tiene razón: el que tiene a la ciencia de su parte.
Es desconcertante ver cómo en algunos casos los argumentos se desmoronan a golpes de sentido común e información científica y, pese a ello, algunos de los conspiracionistas se empeñan en mantener su posición. Un ejemplo: cuando un científico demuestra que habría sido física y humanamente imposible construir el Arca de Noé, uno de los invitados al programa responde que para Dios todo es posible y que el hecho de que nosotros no podamos hacerlo no implica que Él no haya podido.
La reflexión que me dejaron los primeros cuatro programas de la serie es que es horrible creer que uno tiene razón. Veo a esas personas tan cerradas a nuevas ideas y tan convencidas de que la suya es la versión correcta que me dan miedo. Pero lo interesante es que ellos no son muy diferentes de nosotros. Todos hemos en algún momento (si no lo hacemos cotidianamente) defendido un argumento a ultranza sin permitirnos un atisbo de duda que nos llevaría, con toda probabilidad, a un conocimiento más complejo de aquello que sustenta nuestra perspectiva de vida. Pero en vez de eso preferimos instalarnos en nuestra cómoda "certeza" y presuponer que las razones y embates del sentido común que se contrapongan a la misma son parte de un plan para ocultar nuestra "verdad". Qué miedo creer que uno sabe. Cuánto no perdemos asumiendo que con lo que sabemos es suficiente para decir que los otros no.
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domingo, febrero 02, 2014
Cerámica mágica en Antropología
(Fotos: Pepe González para ergozoom)
Breve post para recomendarles asistir a la exposición Keramiká, materia divina de la antigua Grecia, inaugurada esta semana para iniciar los festejos del 50 aniversario del Museo de Antropología.
Es la primera vez que el Museo de Louvre (abierto en 1793) presenta una exposición en México, ¡y vaya manera de iniciar!: el Louvre ha prestado casi 100 piezas de inestimable valor artístico e histórico a través de las cuales puede revisarse el panteón griego y la influencia de la religión en la vida pública y privada de la antigua Grecia.
Las piezas (estupendamente conservadas) van desde el estilo geométrico (hacia el siglo IX a.C.) hasta el de figuras rojas (hacia el siglo V a.C.). Cada una cuenta una historia distinta: a saber cuál más fascinante.
Recomendaciones ergozoom:
- Vayan con tiempo: yo estuve dos horas completas y me faltó ver bien la última sala.
- Sean pacientes: algunas piezas (sobre todo las grandes) acaparan la atención de los visitantes, que se muestran inmisericordes al momento de fotografiarlas.
- Para evitar pelear a codazos con los críos que llegan a copiar o fotografíar las fichas museográficas, prefieran las audioguías: están bien documentadas e integran imágenes que complementan la información de cada pieza: cuesta 80 pesos la renta; hay que dejar una identificación vigente.
- Hay tres salas de audiovisuales: están bien logradas, pero la información que ofrecen es muy básica. A los niños les gustará (para ellos, por cierto, hay un área lúdica donde pueden quedarse en caso de que "los vasitos ésos" agoten su paciencia).
La exposición está abierta hasta el 27 de abril de martes a domingo de 9 a 5. La entrada es gratuita. Se pueden tomar fotos sin flash.
Para un plano completo de la sala y más datos sobre la exposición, acudan al micrositio que le diseñó el Museo Nacional de Antropología e Historia.
jueves, enero 09, 2014
Abuela, ¡salte de mi Facebook!
En menos de una semana me he topado con tres textos que hablan de lo mismo: la geriatrización de Facebook. El término es del caricaturista Bernardo Fernández (Bef; en Twitter @monorama), quien lo enunció en Twitter. Denota claramente una realidad que afecta a una de las empresas más polémicas de tiempos recientes: Facebook, fundada en 2004, reporta más de mil millones de usuarios en 110 idiomas que le significan ingresos anuales por más de tres mil millones de dólares. Su presidente y dueño, Mark Zuckerberg, es paradigma del hombre de negocios posmoderno: joven, ateo y millonario antes de los treinta. La historia del origen de esta empresa es bien conocida. David Fincher la contó en el cine en The Social Network (2010).
En su texto Gabriela Warkentin (@warkentin) menciona algunos datos duros: el promedio de edad de los usuarios de Facebook es de 40.5 años, y su grupo de edad más activo se encuentra entre los 45 y los 50. El título que eligió es significativo: Mamá, ¡salte de mi Facebook! Pero yerra en un aspecto: no son sólo los papás de los adolescentes y jóvenes quienes pasan buena parte de sus tardes "stalkeando" a sus hijos... es la generación de los abuelos la que está marcando la tendencia en esa red social. Esta nota de EFE pone un par de clavos más al ataúd de Facebook como red social juvenil por antonomasia: en 2013 los usuarios mayores de 60 años aumentaron en 10%, mientras el número de usuarios de entre 18 y 29 años cayó 2%.
Finalmente, Jaime Rubio escribió para GQ España nueve razones por las cuales muy pronto Facebook será una moda retro o vintage. El texto no tiene desperdicio. Pone el dedo sobre la llaga: lo que los adolescentes y jóvenes buscan son espacios propios, donde puedan expresarse de manera libre y sin la mirada inquisidora de padres y profesores.
La primera cuenta que tuve en Facebook me la abrió un alumno en 2008. No la usaba mucho. El exhibicionismo que movía a los usuarios me espantaba. Esta situación propició que la empresa afinara sus filtros de seguridad y aprendiéramos a limitar el acceso a nuestras publicaciones. Abrí una segunda cuenta en 2010, y desde entonces el cambio es notable: he visto cada vez menos participación de alumnos y ex-alumnos y más de contemporáneos míos (e incluso gente mayor) que suben a la red, encantados, el tipo de fotografías que yo veía de adolescentes hace cuatro o cinco años: fiestas, comidas, invitaciones a eventos, selfies, etc.
La puntilla llegó cuando los papás empezaron a enviar solicitudes de amistad a sus hijos (!) y los profesores empezamos a subir recordatorios de la tarea de mañana. Desde ese momento fue inevitable que los jóvenes migraran a otras redes mencionadas en los textos referidos: Twitter (microblogging), Instagram (fotos), Snapchat (fotos también, pero que se borran unos segundos después de enviadas) o Whatsapp (chat). Redes en las que, de momento, los adultos no hemos invadido y en las que los jóvenes pueden moverse con una libertad que poco se ve en Facebook.
El futuro es incierto y, por la misma razón, fascinante. Hace sólo diez años este debate era impensable. Lo de moda eran los mensajitos SMS y el Messenger; todavía existía gente con bípers. Hoy corren ríos de tinta y dinero intentando dilucidar cómo serán los próximos años de estas empresas que basan su estrategia en tablets y smartphones y, sobre todo, cómo alterarán o no la manera que tenemos de procurar atención y afecto de las personas que nos rodean.
Vienen tiempos interesantes. Qué fortuna vivir en estos días.
Finalmente, Jaime Rubio escribió para GQ España nueve razones por las cuales muy pronto Facebook será una moda retro o vintage. El texto no tiene desperdicio. Pone el dedo sobre la llaga: lo que los adolescentes y jóvenes buscan son espacios propios, donde puedan expresarse de manera libre y sin la mirada inquisidora de padres y profesores.
La primera cuenta que tuve en Facebook me la abrió un alumno en 2008. No la usaba mucho. El exhibicionismo que movía a los usuarios me espantaba. Esta situación propició que la empresa afinara sus filtros de seguridad y aprendiéramos a limitar el acceso a nuestras publicaciones. Abrí una segunda cuenta en 2010, y desde entonces el cambio es notable: he visto cada vez menos participación de alumnos y ex-alumnos y más de contemporáneos míos (e incluso gente mayor) que suben a la red, encantados, el tipo de fotografías que yo veía de adolescentes hace cuatro o cinco años: fiestas, comidas, invitaciones a eventos, selfies, etc.
La puntilla llegó cuando los papás empezaron a enviar solicitudes de amistad a sus hijos (!) y los profesores empezamos a subir recordatorios de la tarea de mañana. Desde ese momento fue inevitable que los jóvenes migraran a otras redes mencionadas en los textos referidos: Twitter (microblogging), Instagram (fotos), Snapchat (fotos también, pero que se borran unos segundos después de enviadas) o Whatsapp (chat). Redes en las que, de momento, los adultos no hemos invadido y en las que los jóvenes pueden moverse con una libertad que poco se ve en Facebook.
El futuro es incierto y, por la misma razón, fascinante. Hace sólo diez años este debate era impensable. Lo de moda eran los mensajitos SMS y el Messenger; todavía existía gente con bípers. Hoy corren ríos de tinta y dinero intentando dilucidar cómo serán los próximos años de estas empresas que basan su estrategia en tablets y smartphones y, sobre todo, cómo alterarán o no la manera que tenemos de procurar atención y afecto de las personas que nos rodean.
Vienen tiempos interesantes. Qué fortuna vivir en estos días.
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miércoles, enero 01, 2014
Profes de a deveras
No me haré el durito diciéndoles que nunca me gustó La sociedad de los poetas muertos (Weir, 1989). De hecho durante muchos años fue una de mis películas favoritas, y aun hoy considero que contiene un mensaje entrañable.
Pero, si sigo siendo afortunado, este año que recién inicia cumpliré siete de dar clases y por lo tanto pienso que puedo corroborar con cierta autoridad que la realidad es muy distinta a la ficción que nos pintan las películas de Hollywood.
Hace algunos meses, gracias a una entrañable ex-alumna, descubrí Detachment (Kaye, 2011), filme que muestra a un profesor disfuncional y pone sobre la mesa varios cuestionamientos en torno al sentido que tiene (o no) dedicarse a la docencia.
Hoy encontré este texto en la formidable revista The Atlantic, de la que soy suscriptor desde hace algunos meses. No puedo estar más de acuerdo con Joshua John Mackin, el autor, acerca del daño que hacen las películas tradicionales (por llamarlas de algún modo) al retratar la profesión docente como una en la que basta con "poner atención a los niños" para que las cosas salgan bien. La verdad es que casi nunca es suficiente llegar con una "actitud positiva" al salón para que tus alumnos te aprecien y pongan atención. Tampoco bastan los discursos motivacionales ni la radical ruptura de paradigmas. Todo eso ayuda. Pero no es suficiente.
La película mencionada en el texto de Mackin, Bad Teacher (Kasdan, 2011), retrata a una profesora de las que yo he dado en llamar chambistas (o sea, que dan clases mientras sale algo mejor) y que, desde luego, no es modelo a seguir. La profesora Halsey, encarnada por Cameron Diaz, forma parte de un sistema escolar perverso en el que el aprendizaje de los alumnos se mide a través de pruebas estandarizadas y la mejor profesora es la que más eficazmente finge ser "buena y simpática" y que detesta con rabia a la profesora nueva (y no tan "buena") que llega a la escuela a agitar el avispero (entre otras cosas). Son éstas condiciones mucho más reales del trabajo docente, en el que tan mal salen las cosas cuando piensas que es algo fácil (una de las "técnicas didácticas" preferidas de Halsey es poner películas a sus alumnos) como cuando actúas asumiendo que debes ser una especie de superhéroe que debe controlarlo todo (y a todos) para garantizar los resultados que piden los jefes.
Hay muchos elementos que hacen del trabajo del profesor algo maravilloso, pero será siempre un error definir esa profesión mediante lugares comunes que, aunque posiblemente bien intencionados, poco honor hacen al trabajo de a deveras que se debe hacer (con alumnos, colegas, padres de familia, directivos, etc.) para poder aspirar al título de profe.
Ya habrá ocasión de ahondar más sobre este asunto. Por lo pronto les recomiendo Bad Teacher. Incluso si su trabajo no es docente, la película es aceptablemente divertida.
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