martes, mayo 14, 2013

Es que somos muy profes


Es desde hace varias semanas (¿meses? ¿años?) un lugar común hablar de los maestros y sus desmanes. Me refiero, desde luego, a los profesores que sobre todo en Guerrero pero también en Michoacán y Oaxaca han salido a las calles a protestar contra la reforma educativa recientemente aprobada en el Congreso.
No es la intención de este texto ahondar sobre los vericuetos de la reforma o las razones de la CETEG, pues no soy experto en leyes ni conozco a fondo la problemática de los profesores guerrerenses.  Lo que me sorprende es la facilidad con la que caemos en el garlito de condenar a los profesores con expresiones como “¿Y esos son los que enseñan a nuestros hijos?”, “Mejor que se pongan a trabajar”, “Por eso estamos como estamos”, etcétera. Valdría la pena considerar, y sólo a modo de ejemplo, que un profesor normalista que empieza su carrera en una escuela primaria aspira a un sueldo de alrededor de 7 mil pesos mensuales. Después de cinco años de trabajo, si todo sale bien, puede aspirar a algo así como 10 mil pesos al mes. Sabemos que si se tiene el privilegio de estar bien parado en el sindicato las cosas pueden ser muy diferentes, pero aquí estamos hablando de profesores “normales”, por decirlo de algún modo, aquellos a los que no les mueve la grilla sino el interés de estar frente a grupo. Profesores de primaria, los que se encuentran más abajo en el escalafón de la carrera magisterial, pero también los que mayor responsabilidad tienen en el proceso educativo: son ellos quienes moldean las bases cognitivas e intelectuales de los alumnos: las bases que en buena medida definirán el desempeño de esos niños como adolescentes en la secundaria y preparatoria y como adultos jóvenes en la universidad. A ellos les pagamos 10 mil pesos al mes, más o menos. Hay algo perverso en un sistema en el que profesores de posgrado, que enseñan a alumnos ya formados y reunidos en grupos poco numerosos, pueden ganar en una semana lo que a otro le exige un mes de trabajo frente a decenas de alumnos en pleno proceso de formación. Ante este panorama, ¿quién en su sano juicio elegiría ser profesor en México?
Y sin embargo prestemos atención a las charlas de café, a las sobremesas dominicales y escuchemos lo que se dice en torno de los problemas del país y sus soluciones. No hay que dejar pasar mucho tiempo para que algún tertuliano llegue a la feliz conclusión de que la pobreza, la inseguridad, la corrupción, la falta de conciencia ecológica y un montón de cuestiones más estarían resueltas (¡pero claro!) si aquella entelequia llamada Sistema Educativo funcionara adecuadamente en nuestro país. Alguien suelta una cifra que leyó sobre que México es el último lugar en la prueba PISA que aplica la OCDE. Y cómo queremos avanzar si en México no leemos ni tres libros al año. Y así. Habría que ver cuántos de quienes pregonan esos datos obtendrían un puntaje satisfactorio en la prueba PISA, y cuántos leyeron más de tres libros el año pasado, pero mi punto es que si a varias de esas personas se les propusiera convertirse en maestros lo tomarían como algo completamente fuera de lugar o incluso como un insulto. Y por supuesto que, si contemplaran la posibilidad, lo harían en una universidad privada y de perdida en licenciatura, donde la crisis educativa es menos severa, y el salario más o menos digno. Dar clases en una primaria pública por 10 mil pesos al mes nunca es opción para alguien que estudió una licenciatura pensando en “ser alguien”. Y sin embargo alguien, algunos deben presentarse todos los días frente a millones de niños que estudian la primaria en escuelas públicas. ¿Quiénes son esos algunos? Muchos son profesores que exigen hoy en las calles que en cuanto empiecen a trabajar se les otorgue una plaza que les garantice de por vida el magro salario destinado para ellos. Eso no los hace automáticamente buenos profesores. Pero al menos a mí me obliga a pensar dos veces antes de despotricar contra ellos. ¿Qué respondería cualquiera de nosotros en un tête-à-tête con alguno de esos maestros si nos preguntara si estaríamos dispuestos a hacer su trabajo en sus condiciones y por su salario?
Dice George Steiner en su libro Lecciones de los maestros:
La auténtica enseñanza es una vocación. Es una llamada. La riqueza, las exacciones de significado que se relacionen con términos como “ministerio”, “clerecía” o “sacerdocio” se ajustan tanto moral como históricamente a la enseñanza secular. El hebreo rabbi quiere decir, simplemente, “maestro”. Pero nos hace pensar en una dignidad inmemorial. En los niveles más elementales –que en realidad nunca son “elementales"– de la enseñanza, por ejemplo, de niños pequeños, de sordomudos, de minusválidos psíquicos, o en el pináculo del privilegio –en los altos puestos de las artes, de la ciencia, del pensamiento–, la auténtica enseñanza es consecuencia de una citación. (Steiner 25)
Qué lejos estamos de esa idea de maestro cuando  asumimos que el profesor debe ser una eminencia en su materia, versado en técnicas didácticas y capacitado para lidiar con  estándares internacionales cuando les pagamos un salario que en otras partes del mundo resultaría insultante (otro dato: según datos de la OCDE en Dinamarca un profesor gana en promedio 95 mil dólares al año. En México los mejores profesores del sistema ganan una quinta parte de eso). Y no todo es cuestión de dinero: el prestigio social del profesor en México es nulo: dar clases aquí es un oficio de grillos y politicastros (si uno desea hacer “carrera” en el sindicato) o de profesionistas chambistas que mandan sus CVs a escuelas y universidades para completar la quincena o sobrevivir mientras encuentran algo mejor. Muy lejos de la vocación a la que se refiere Steiner y más aún de estas palabras también suyas: “Los buenos profesores, los que prenden fuego en las almas nacientes de sus alumnos, son tal vez más escasos que los artistas virtuosos o los sabios”. (Steiner 26) Hasta que como sociedad no estemos convencidos de ello, el sistema educativo no cambiará. Y nuestro desempeño como país en un entorno global tampoco.
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Steiner, G. (2004). Lecciones de los maestros. México: Fondo de Cultura Económica. 

5 comentarios:

Marisma dijo...

Muy interesante tu artículo. En efecto la educación primaria es elemental (no por ser mínima, sino por ser vital)y vergonzoso como dices no sólo el mísero salario sino las condiciones en que deben trabajar: sin material didáctico, sin libertad de cátedra, sin apoyo de los padres y directivos y dentro de un sindicato desprestigiado y que los desprestigia.

Pepe González M. dijo...

Marisma: Muchas gracias por tu comentario. Pienso que, en efecto, hay mucho por hacer en el sector educativo, y que reflexionar en torno a ello es un primer paso esencial en ese camino que hay que recorrer. Saludos cordiales.

JESUS HOMERO TRUJILLO FLORES dijo...

Sin duda Pepe un muy buen artículo, que nos da una panorama de la realidad que vive el magisterio en este país.

Tenemos dos opciones seguir: generalizar que es lo más cómodo o en realidad levantar la mano para exigir que a cada quien se le ponga en su lugar y se busque redirigir el tema de la educación, aunque este tema no solo es de desear, se necesitan profundos cambios y acuerdos políticos y sociales.

Por ahora a seguir desde nuestras trincheras...

Pepe González M. dijo...

Así es, Homero. Resistir nos da esperanza. No conformarnos con respuestas fáciles ni asumir que las cosas "así son". ¡A darle! Muchas gracias por leer y por comentar.

Claudia Huerta dijo...

Muy interesante, es verdad que no podemos, ni debemos generalizar, sin embargo, tengo una duda ¿qué hace la diferencia entre profesores del sistema público y privado?, ¿qué es lo que hace que algunos profesores y maestras, en algunas instituciones del sistema privado sigan adelante, capacitándose, dando lo mejor de si, con maestría algunos, sin sindicatos, con evaluaciones continuas de las que depende algunas veces su permanencia laboral, sin prestaciones más que las de ley, sin propuesta de jubilación por no tener planta, sigan adelante con toda la pasión, la vocación y el esfuerzo? Es cierto lo que dices, el pago es ínfimo en las escuelas públicas por lo que hacen, pero también lo es en algunas escuelas privadas, si acaso, un poco más alto, para remediar la falta de prestaciones como las que tienen en el sistema público. Ya quiero ver si estarían de acuerdo los sindicatos si a los maestros en el sistema público se les dejara de pagar




por tres meses, en lo que duran las vacaciones, para completar la quincena y avalaran las condiciones anteriores sin defenderlos. Y a pesar de ello, te aseguro, los maestros de escuelas privadas están dispuestos a hacer su trabajo. Mal hecho, porque si las cosas están como están, es porque tampoco sabemos exigir, desde el ámbito privado, lo que uno merece por dedicarse a esta profesión que se defiende con pasión y no por la remuneración económica, muchas veces se calla con tal de permanecer en una institución de prestigio. Pésima idea también, porque lo que le da a una institución su prestigio, son sus maestros. Entonces ¿quién toma la bandera para la inclusión de los mismos derechos laborales de los maestros en las escuelas privadas? Además ¿quién defiende el derecho a la educación de tanto niño que se queda sin clases? ¿son las formas de los maestros las correctas para exigir sus derechos? Sí, se deben hacer cambios y muy fuertes que generen una nueva conciencia, eso es el reto de todos los que nos dedicamos a la docencia, desde la trinchera que a uno le toque defender, desde el sistema público hasta el privado, sin alterar el derecho de los más vulnerables que son los niños. El cambio no está en dejar de trabajar, no haciendo plantones que tanto desprestigio y aulas vacías deja. El cambio se hace, trabajando. Te dejo un enorme saludo con el cariño de siempre.