miércoles, octubre 16, 2013

Un fracaso no se improvisa


Foto: Ángel Guevara / Reforma

Juan Villoro

En Las almas muertas, Gógol señala que los crímenes pueden ser redimidos, pero nada salva de la mediocridad. Es el caso de la selección nacional, que se dirige al infierno menor del repechaje, última liquidación de temporada.

Costa Rica no necesitaba puntos para ir al Mundial. Nos superó como en una canción de Paquita la del Barrio: por orgullo y por placer. La prepotencia de nuestro futbol se mide en la felicidad que nuestras derrotas provocan en Centroamérica.

México le había ganado a Panamá con la chilena de Raúl Jiménez, jugada al margen de los planteamientos tácticos que cae en la jurisdicción de la Virgen de Guadalupe.

El milagro no se repitió ante Costa Rica. La lluvia presagió en hundimiento del Tritanic y Vucetich ponchó algunos salvavidas. México juega mal pero de modo misterioso. En forma única, utiliza dos centros delanteros que se estorban mutuamente; Oribe Peralta es nuestro mejor jugador pero se mueve en una zona que incomoda al Chicharito, y Aquino es un fantasma en busca de un improbable Halloween.

Más allá de las pifias puntuales, la desastrosa clasificación revela el deterioro estructural de un futbol donde el negocio no consiste en ganar títulos sino en vender jugadores. Pase lo que pase ante Nueva Zelanda, nuestro fracaso ha sido cuestión de método.

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Este texto fue originalmente publicado hoy en el diario Reforma. Todos los derechos reservados C.I.C.S.A. 2013

jueves, octubre 10, 2013

Mi Munro

Me enteré de la existencia de Alice Munro apenas esta mañana. De inmediato empecé a pedir a amigos y conocidos recomendaciones para acercarme a la Premio Nobel 2013. No hubo mucho éxito: parece que en México no es una autora muy popular. Pero a mediodía una amiga posteó en mi muro de Facebook el texto de un conocido suyo que habla desde una perspectiva entrañable de la autora canadiense. 

Agradezco a Angie Jasso haberme compartido el texto y a Sergio Huidobro su generosidad por permitirme compartirlo con ustedes en ergozoom. 

(Foto: vulture.com)

Mi Munro 

- Sergio Huidobro

A veces, hace años, lograba despertar a tiempo para percibir el olor: llegaba unos minutos antes de la primera vista del sol y antes de que la madera del techo crujiera, cuando el día ya estaba claro pero la niebla no se había despejado ni las gotas de frío habían dejado de formarse en la orilla de los vidrios. Un gallo. Un trote de caballo. La vibración del refrigerador en la cocina. Y eso era todo. Después, llegaba el olor.

Alguna vez, en otra ciudad, alguien me dijo que Alice Munro era una escritora que solo podía leerse a gusto o venderse bien en el primer mundo porque los problemas de sus personajes eran problemas del primer mundo: sin importar el argumento, el drama se centraba en un viaje a Escocia, preparar té, un trayecto en tren o vender una casa de campo.

Lo decía porque yo, latinoamericano en tránsito por un país con monarcas, llevaba como compañía de viaje un volumen de cuentos de Alice Munro, Friend of my Youth o Amistad de Juventud. Las cejas se alzaban en automático si decía que la llevaba y la leía en las noches como recuerdo de mi hogar. Apunto aquí que mis recuerdos estaban enteramente afincados en la colonia Cuautepec, en la casa de mis abuelos, en una zona popular fronteriza de la punta norte del Distrito Federal, que no es precisamente una nación de la Commonwealth ni se parece mucho a Canadá.

Pero lo que me contaba Munro no eran problemas del primer mundo porque ni siquiera eran, estrictamente, problemas: eran vidas, rostros, recuerdos ajenos y destellos de un mundo que sí se parecía al mío: en el mío, las personas también guardaban secretos, también olían a tela húmeda o caldo de pollo, también perdían o ganaban, se embarazaban a edad avanzada, estornudaban o tomaban café con leche con el noticiero de la tarde.

Tal vez los cuentos de Alice Munro a los que les guardo más cariño están en aquel ejemplar de Amistad de Juventud, comprado por inercia en la sede del Instituto Cervantes de una ciudad cuyo idioma desconocía casi por completo, pero también en Demasiada felicidad o en algún New Yorker perdido por ahí. Viviendo, como he vivido siempre, en una ciudad latinoamericana descomunal y abigarrada, hice costumbre el refugiarme en su mundo de esferas silenciosas, terrosas, añejas, tibias y llenas de viento.

Hoy por la mañana, después de varios años, me desperté otra vez a tiempo para percibir el olor: llegó unos minutos antes que el sol, antes de que las maderas crujieran. Aquí no hay gallos, ni caballos, no hay niebla ni se forman gotas de frío en las ventanas. Pero esta mañana se parecía a los veranos que pasé  en provincia, cuando niño, en una casa de campo al pie de la Sierra Norte de Puebla. Se parecía a esos lugares donde las personas guardan secretos, huelen a tela húmeda o a caldo de pollo, donde pierden o ganan, se embarazan a cualquier edad, estornudan o toman café con leche con el noticiero de la tarde. Y era cierto: Alice Munro acababa de ganar el Nobel.

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Sergio Huidobro (Ciudad de México, 1988) cursó estudios en Ciencias de la Comunicación y Escritura Creativa. Colabora con narrativa, ensayo, crónica de viaje y crítica cinematográfica en publicaciones impresas y electrónicas de México, Ecuador y Estados Unidos como Punto de partidaLa Tempestad Universitaria, Revista Mil Mesetas,El FanzinePeriódico de PoesíaContratiempo Ágora, del Centro de Estudios Internacionales del Colegio de México. Ha brindado charlas y co-impartido talleres de escritura y lenguaje audiovisual en recintos como la Fonoteca Nacional; en 2011 recibió el primer lugar en el Concurso de Crítica Cinematográfica Alfonso Reyes-Fósforo en el marco del FICUNAM.

miércoles, septiembre 11, 2013

¡Suena México!

Estamos a unos cuantos días de la fiesta grande de México y me han llamado la atención algunos mensajes vertidos en redes sociales, como el siguiente del escritor Óscar de la Borbolla, que llama la atención sobre la falta de espíritu tricolor en las fechas que corren:
Con los profesores en la plancha del Zócalo amenazando la fiesta, la reforma fiscal en ciernes y la Selección Mexicana a punto de no participar en un Mundial por primera vez en 24 años, no parece que esté el horno para pastelitos de guayaba ni el molcajete para guacamole.

De todos modos considero imperdonable no aprovechar la oportunidad para recordar y compartir con ustedes el orgullo de ser mexicano no precisamente gracias a sino a pesar de los conflictos sociales, los futbolistas (y directivos) de pacotilla y los gobernantes ineptos que este hermoso país ha de tolerar. 

En esta ocasión mi propuesta es musical. Mi sustituto de banderita en el coche es esta selección de piezas que definen a mi país en su variedad y alegría; sonidos para escuchar con agua de horchata; letras para cantar con birria o pozole de por medio. Razones para festejar que nos ha tocado nacer y vivir en una tierra generosa de sonrisas y fértil de hombres y mujeres buenos.    

Disto mucho de ser especialista en la materia, pero me arriesgaré a sugerir esta lista de piezas señeras de la cultura mexicana, interpretadas por algunos de los mejores músicos que hemos tenido. Seguramente les parecerá incompleta: aprovechemos esa circunstancia para entrar en contacto y enriquecer la lista con música que consideremos digna de compartir en el ámbito de nuestra fiesta mexicana. 


jueves, agosto 29, 2013

¡Nueve años!

(http://wallpapersus.com/beer/)
La propuesta surgió de un amigo, Jorge Pedro Uribe, con quien comentaba los mensajes que solía enviar con cierta regularidad a mi lista de contactos de correo electrónico. Algunos recordarán fotografías, enlaces a páginas web o comentarios sobre temas variados que enviaba con el disclaimer de que me avisaran si les incomodaban esos mensajes no solicitados. “Sería mucho más práctico que tuvieras un blog”, me dijo. “Llegarías a más gente y te evitarías la disculpa: cada quien te leería cuando quisiera”. Al principio desconfié, pero después de unos días empecé a hacer pruebas en Blogger y quedé maravillado con la facilidad del manejo de un blog, y con las posibilidades que ofrecía: era una forma de publicar textos propios, donde yo mismo sería mi propio editor: podía subir posts cuando quisiera, del tema que quisiera y prácticamente desde donde quisiera. El sueño hecho realidad de alguien que, como yo, tuvo pretensiones periodísticas desde muy temprana edad.
El resto es historia. El resto es ergozoom. Y hoy cumple nueve años. Soy consciente del carácter irregular y en ocasiones francamente caótico de esta bitácora, pero pienso que en ello reside gran parte del encanto de esta aventura.
A modo de celebración y agradecimiento, hoy, 757 entradas después de la primera, deseo compartir con ustedes una de las pocas cosas que no había publicado hasta ahora: un podcast con el que espero satisfacer mi apetito radiofónico y compartir con ustedes, en estas primeras entregas, fragmentos de textos y piezas musicales que le han puesto pimienta a los primeros 108 meses de ergozoom.
El primer episodio tiene como base un exquisito texto que abre El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida, de Philippe Delerm, publicado en español por Tusquets Editores en 1998. La pieza del cierre es una versión del blues “One Scotch, One Bourbon, One Beer”, interpretada por el dueto japonés Bogalusa. El hallazgo musical fue de José Luis Esquivel, a quien además agradezco la producción sonora del podcast.

¡Salud!

miércoles, agosto 21, 2013

Empezar a leer


Una de las preguntas más difíciles de responder para cualquier lector más o menos avezado es ésta: ¿Cómo empezaste a leer? Me la han hecho varias veces y siempre respondo con un dejo de vergüenza. Supongo (quiero pensar que equivocadamente) que las personas que me hacen esa pregunta esperan por respuesta títulos como la Ilíada o autores de la talla de Cervantes. La verdad es mucho menos rimbombante. 

Ahora, sin el pudor que impone el bluff intelectual, puedo decir que siento una inmensa gratitud por publicaciones como Selecciones del Reader's Digest. Cuando tenía entre ocho y diez años de edad, pedía a mis papás que me la compraran en Sanborns. Recuerdo tratar cada ejemplar como sigo tratando muchos de mis libros. Estoy casi seguro de que la coleccionaba, pero no he encontrado ningún ejemplar de entonces.
Por la misma época encontré en la biblioteca familiar varios fascículos de la colección Joyas literarias juveniles, que ofrecía en forma de novela gráfica obras de Poe, Stevenson y London, entre muchos otros. La impresión era paupérrima y las ilustraciones tampoco eran buenas, pero a mi parecer los textos mantenían su esencia y me permitieron acercarme así a obras que disfruté con mucho placer años después.  
Creo que Mafalda fue en buena medida la razón por la que me acerqué a la radio, que se convertiría en parte fundamental de mi vida al inicio de mi carrera profesional. Siempre me sentí seducido por la imagen de Mafalda bailando al ritmo de Los Beatles o pronunciando alguna de sus punch-lines después de escuchar el noticiario. Releí hasta deshojarlos muchos de los volúmenes que entonces editaba Promexa.
Pero quizá los textos que más añoro de aquellos tiempos son los de la serie Elige tu propia aventura, editados por la catalana Timun Mas. Los descubrí gracias a mi mejor amigo y también vecino en aquel entonces, Jorge Pedro Uribe. Edward Packard (iniciador de la serie) era para nosotros poco menos que un genio. Desde entonces he encontrado en muy pocas ocasiones el inmenso placer que me producía una lectura que implicaba mi participación activa.

Leer es para mí un acto tan necesario y placentero como comer, beber o hacer el amor. Por eso cuando encuentro alumnos embebidos en sagas como las de Harry Potter, Crepúsculo o Los juegos del hambre no puedo sino esbozar una sonrisa y pensar que, probablemente, esos chicos han iniciado ya el largo camino que yo empecé con novelas gráficas y libros de aventuras. Estoy de acuerdo con Harold Bloom cuando dice que la lectura es un placer difícil, pero pienso que, sobre todo, es un placer. Ése es el mejor principio que puedo imaginar para un lector que inicia: que disfrute. Lo demás (la voluntad de enfrentarse a textos difíciles) tarda en llegar, pero llega. Y también es un placer.