lunes, febrero 23, 2015

Mi problema con House of Cards


Yendo al grano desde el principio, les diré que mi problema es que no le auguro un final feliz. Arriesgo este pueril comentario (que ya me ha acarreado varias miradas condescendientes —¿de decepción, incluso?—) sólo porque es sincero (pueril, pero sincero). Me explico: No espero tanto un final feliz del tipo cuento de hadas. No soy tan ingenuo como para pedir que Frank Underwood se convierta al budismo zen o algo parecido. Lo que me cabrea al ver la serie (que es sensacional) es ese tufillo apologético respecto a la pareja protagónica que busca el poder pase lo que pase, cueste lo que cueste y deban pasar por encima de quien deban pasar. Me incomoda la idea de que la serie funcione como apología del mal, que se ensalce la personalidad de un megalomaniaco con rasgos psicóticos y que de esta suerte no sean pocos quienes admiren a un personaje que no tiene escrúpulos para lograr sus objetivos. (Más o menos lo mismo pienso/siento cuando converso sobre algún personaje político mexicano y se me plantea como argumento que "nadie le quita lo inteligente", como si ese rasgo atenuara su maldad o su corrupción). 

Me dicen que las cosas son así. Que la vida es así. Sobre todo, que la política es así. Que la desconexión de la realidad (¿mi psicosis?) radica precisamente en no querer aceptarlo. 

De alguien más he escuchado aquello de que "lo que te choca te checa", y que si Frank Underwood me resulta tan antipático ello se debe a que "algo de él debes tener". (Más sobre eso cuando inicie terapia) 

Lo cierto es que no puedo negarle varios méritos a la serie. Y aquí va mi parte esquizoide. (¿Recuerdan que en el primer párrafo dije que era sensacional?) La producción es impecable; la banda sonora, vibrante; las actuaciones, imponentes; y los guiones, brillantes. Debo decirles, entonces, que me encuentro ya enganchado para ver la tercera temporada, que se estrena este viernes.  

Nota al futuro: la segunda temporada termina en un punto muy alto. Implica un reto mayúsculo mantenerla en ese nivel: ya hemos visto cómo otras series pierden fuelle justo cuando alcanzan esa cota (como ejemplo reciente pienso en Homeland). Pero los guionistas han mostrado un talento notable. Uno de sus rasgos geniales de la segunda temporada fue darle a Frank lo que quería, pero a un precio demasiado alto... Quizá entonces haya esperanza de que, si la serie no termina con un final feliz, al menos lo haga con uno justo. Y entonces mis pueriles y psicóticas ambiciones se vean cubiertas. Al tiempo.

PS. Como referente de otra serie de TV también exitosa, y también centrada en la vida política estadounidense, pero en las antípodas de House of Cards, habría que revisar The West Wing: imposible no pensar en el presidente Bartlett al menos como una posibilidad de lo que ocurriría en la Casa Blanca si fuera habitada por gente buena
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Para leer más
Is House of Cards TV? Análisis del fenómeno en The Atlantic (firma Spencer Kornhaber)
House of Cards doesn't care what you think, un texto sobre cómo se produce la serie, publicado en The New Yorker

2 comentarios:

Alex Molina dijo...

De acuerdo en cuanto a la gran producción de la serie, de la cual también me declaro aficionado. En cuanto a la intriga del destino de los protagonistas y sobre todo de Frank, el final feliz de las historias de villanos siempre apuntan a que reciban su merecido, pero ¿lo harán en HoC?. Mientras se resuelve el final habrá que disfrutar el camino. Saludos.

Pepe González M. dijo...

Totalmente de acuerdo, Álex. Pero el ánimo rompedor de Netflix puede obrar en beneficio de un final así: rompedor de los esquemas. No digo que vaya a ser malo, pero sí me intriga cómo harán crecer la serie sin afectar su calidad dramática. ¡Un abrazo!