viernes, enero 26, 2007

Como todas las apuestas arriesgadas, Rythms del mundo tiene grandes aciertos, pero también pifias monumentales.
El disco, para quien no lo conozca, es un crossover de canciones de rock y pop muy populares en inglés interpretadas por cantantes cubanos del Buena Vista Social Club.
Así "Clocks" de Coldplay suena la mar de bien (el piano inicial permite la muy afortunada transición de ritmos), "Dancing Shoes", de los Arctic Monkeys y "She Will Be Loved" de Maroon 5 resultan estupendamente producidas. Los problemas inician cuando se traducen las letras al español. "Killing me Softly", con Omara Portuondo suena aceptablemente bien. Pintoresca, diríase. Lo mismo puede decirse de "As Time Goes By", de Omara con Ibrahim Ferrer.
Pero "Fragilidad" de Sting recuerda al risible Bon Jovi cantando "Cama de rosas" y "I Still Haven't Found What I'm Lookin' For" de U2 suena más falsa que una moneda de tres pesos, con la voz de Bono superpuesta con un efecto casi de ultratumba que no tiene nada que ver con la interpretación de Coco Freeman en español.
Rythms del mundo es un disco irregular, pero vale la pena. Cantar en español lo que originalmente se escribió en inglés resulta problemático y a veces fallido. Pero cantar en inglés lo que fue escrito en inglés con variaciones en la base musical puede resultar muy enriquecedor... Después de todo, la música sí es un lenguaje universal. Son las mismas siete notas en cualquier idioma. No ocurre lo mismo con las palabras.
Puristas, absténganse: 'pue que no les guste escuchar a Franz Ferdinand en español. Si, por el contrario, se les antoja la combinación de rock/pop con piquete de ron cubano, ¡disfrútenlo!

miércoles, enero 24, 2007

Me imagino a Ryszard Kapuscinski como uno de esos abuelos sabios que, de tan sabios, resultan un tanto chocantes.
Hace algún tiempo leí Los cínicos no sirven para este oficio, un libro en el que Kapuscinski reflexiona sobre el periodismo y los periodistas en un tono entre patriarcal y predicador, aleccionando a los jóvenes periodistas sobre la importancia de ser buenas personas (porque sólo las buenas personas se interesan por conocer a los demás) y tener una actitud no sólo ética sino también moral ante el ejercicio cotidiano de informar a la gente.
Sobra decir que Kapuscinski era un periodista formado en la antigua escuela. No concebía informar a la gente sin estar en el lugar de los hechos; desconfiaba de Internet tanto que no la usaba; y estaba convencido de que los periodistas debían ser cultos muy por encima de la media, porque deben conocer a fondo aquellos temas sobre los que escriben (y no sólo recurrir al googlazo para enterarse dónde queda un país o quién es tal persona).
Y, como los abuelos sabios, Kapuscinski tenía razón en todo, desde luego.
Pero sus lecciones se contraponen en muchos sentidos con el periodismo del siglo XXI, donde la inmediatez manda y la precisión escasea. Ya no digamos la cultura de y entre los periodistas o la ética y la moral que, en los mejores casos, se quedan guardados en el cajón donde acumula polvo el Manual de Estilo.
Se nos fue un grande, sin duda. Será difícil que las nuevas generaciones lo aprecien. Mucho más que lo imiten. Pero cabe la esperanza. Claro que cabe. ¡Si no, no habríamos aprendido nada del maestro Ryszard Kapuscinski!


martes, enero 23, 2007

Oscar: Se Habla Español

El próximo 25 de febrero la Academia deberá ponerle sarape a las estatuillas. Y comprar mucho tequila para el post-show, porque este año tres películas mexicanas lograron ¡16 nominaciones en 11 categorías distintas! Serían más si contáramos (y deberíamos) las que logró Apocalytpto, que se grabó en México, está hablada en maya y en la que participaron decenas de mexicanos...
Es justo hacer la acotación de que no son, en sentido estricto, películas mexicanas. Tanto Babel como El Laberinto del Fauno y Children of Men no son producciones mexicanas, pero todas fueron dirigidas por directores nacionales. ¡Un logro para un país que no produce más de 10 películas al año! ¡Para un país en el que el presupuesto de una película mediana en Estados Unidos significa la inversión que se hace en todas las películas mexicanas en un año!
Alejandro González Iñárritu, Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón, et al... ¡vayan a por todas el 25 de febrero!
Antes era una fiesta lograr una nominación... ahora con 16 la pregunta no es si ganaremos un Oscar... ¡sino cuántos ganaremos!
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Todas las nominaciones en http://oscar.com/nominees/

lunes, enero 22, 2007

Son tus perjúmenes, mujer

Jean Baptiste Grenouille (Ben Whishaw) hace perfumes como malos martinis... agitados y batidos sin sentido alguno de la estética y el buen gusto. No le gustarían a Bond. Pero los perfumes que hace son soberbios; divinos, se diría, pues goza del mejor olfato que alguien haya tenido jamás. Un talento nato que lo lleva a obsesionarse por fabricar un perfume con la esencia de las mujeres a las que --amoral como todo antihéroe-- trata con veneración sólo por la utilidad que obtendrá de ellas.
El director Tom Tykwer potencia los dos únicos sentidos a los que el cine puede apelar directamente, vista y oído, para filmar una película que trata sobre el olfato. Los colores vívidos o sórdidos; la luz beatítifica o lúgubre y la sobresaliente partitura de Reinhold Heil y Johnny Klimek llevan al espectador a sentir lo que el director desea, ya sea repugnancia o belleza.
Esos elementos técnicos, sumados a las actuaciones de Winshaw (excelente), Dustin Hoffman, Alan Rickman y la bellísima Rachel Hurd-Wood, logran redondear una alegoría cinematográfica del imperio de los sentidos sobre la razón humana... y sus consecuencias.
El final es incongruente, por el acto moral de un personaje que durante toda la película se muestra incapaz de distinguir entre bondad y malicia... y sí hay un par de momentos que podrían no pasar el rasero de la verosimilitud. Pero en general la película puede calificarse sin reservas como buena. Vale la pena.

viernes, enero 19, 2007

El primer trago de cerveza

Es el único que vale la pena. Los siguientes, cada vez más largos, más anodinos, sólo te dejan una sensación de pastosidad tibia, de abundancia despilfarradora. Tal vez en el último resurge, con la desilusión de terminar, una apariencia de nervio...

¡En cambio, el primer trago! ¿Trago? Empieza mucho antes de la garganta. En los labios aflora ya ese oro burbujeante, frescor amplificado por la espuma, y lentamente en el paladar un placer tamizado de amargor. ¡Qué largo parece el primer trago! Se bebe de un tirón, con avidez falsamente instintiva. En realidad todo está escrito: la cantidad, ese ni poco ni mucho que constituye el único ideal; el bienestar inmediato rematado por un suspiro, un chasquido de lengua o, tan importante como éstos, un silencio; la engañosa sensación de un goce que se abre al infinito... Al mismo tiempo, somos conscientes de que lo mejor ha pasado. Posamos el vaso, e incluso lo alejamos un poco, formando un bloque con el cuadradito de cartón secante. Saboreamos el color; falsa miel, sol frío. Siguiendo todo un ritual de sabiduría y espera, nos gustaría gobernar el milagro que acaba de producirse y de desvanecerse a un tiempo. En la pared del vaso leemos con satisfacción el nombre concreto de la cerveza que habíamos pedido. Continente y contenido pueden interrogarse, contestarse en un diálogo especular que no tarda en interrumpirse. Nos gustaría conservar el secreto del oro puro, y encerrarlo en fórmulas. Pero ante esa mesita blanca salpicada de sol, el decepcionado alquimista tan sólo salva las apariencias, y bebe cada vez más cerveza disfrutando cada vez menos. Es un placer amargo: bebemos para olvidar el primer trago.
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De El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida, de Philippe Delerm (Tusquets, 1998)