jueves, octubre 14, 2010

Marsalis: Another Day at the Office

Justicia es decir que el concierto de anoche fue extraordinario.

También lo es decir que no fue por las razones esperadas.

Anoche el Auditorio Nacional lució tres cuartas partes de sus localidades para recibir a Wynton Marsalis, leyenda viva del jazz contemporáneo y uno de los mejores trompetistas de su generación, a la cabeza de la Lincoln Center Jazz Orchestra.

No fue un concierto común de este grupo excepcional. El programa estuvo sustentado en música latinoamericana y como invitados especiales se contaron Chano Domínguez (piano/España), Paquito D'Rivera (clarinete/Cuba), Antonio Sánchez (batería/México), Diego Urcola (trompeta/Argentina), Edmar Castañeda (arpa/Colombia), Óscar Stagnaro (bajo/Perú). Completaron el cuadro el bailarín de tap Jared Grimes, Daniel Navarro, bailaor flamenco, Blas Córdoba, cantaor flamenco y Manuel Masaedo, percusionista flamenco.

Me he dado tiempo y espacio para mencionar a los invitados especiales porque fueron precisamente ellos quienes hicieron de la noche de ayer una inolvidable. Marsalis y su orquesta cumplieron sobradamente, ni duda cabe, pero no alcanzaron ni por asomo la emotividad que mostraron sus invitados.

Fue significativo que durante casi una hora (de las poco más de dos que duró el concierto) los invitados quedaron solos sobre el escenario, en la parte izquierda del mismo, en notable ausencia de la Lincoln Center Jazz Orchestra. Fue como dejar a su suerte en la sala de casa a los amigos que has invitado a para pasar una noche de sangre y fuego.

En otras palabras: lo mejor del concierto residió en lo que no fue Marsalis. Wynton tomó lugar en lo alto del estrado donde se acomodaron sus muchachos y desde allí organizaba, decía, pasaba las hojas de sus partituras, indicaba la entrada de cierto músico... Parecía el operador de una máquina bien aceitada supervisando que todo se mantuviera en orden: un día más en la oficina para un músico excepcional empoltronado al frente de una de las orquestas de jazz más prestigiadas del mundo.

En la parte estrictamente musical, no me quedan más que elogios. Y bastantes. La calidez humana de Paquito D'Rivera fue transmitida por cables de alta tensión a su clarinete, que constituyó sin duda el alma de las interpretaciones de "Yo vendo unos ojos negros" y "Libertango". Chano Rodríguez dio cátedra de lo que significa ser apasionado por el piano con su suite "De Cádiz a Nueva Orléans". El duelo entre Grimes y Navarro sobre el tablado del Auditorio nos hizo sentir a muchos que hacer música es casi absurdo después de la emoción que produce un buen baile. Edmar Castañeda le dio un nuevo significado al sonido del arpa (y su apasionada, casi diría erótica forma de tratar a su instrumento)...

Hace unos días comentaba con un amigo la necesidad que parecemos tener los seres humanos de toparnos de vez en cuando en presencia de Dios: momentos que nos corroboren que hay algo más que le dé sentido a nuestras existencias. Algunos, como él, encuentran la respuesta en alguna religión. Otros, como yo, constatamos esas presencias reales en instantes como algunos vividos anoche. Fue la música, la bonhomía de D´Rivera, el cachondeo de Castañeda con su Sra. Arpa, las cuatro manos de Rodríguez y Nimmer al piano, la compañía de un amigo entrañable... Sí: si conjugar todo ello es posible, ¡la vida es digna de ser vivida!

4 comentarios:

Isabel Bazán dijo...

Hola
Yo vi el concierto hoy en la explanada de Bellas Artes y quiero preguntarte si recuerdas el nombre de quien hizo el arreglo de "Bésame mucho" A mí me sonaba como Chris Pince Shaw (En realidad escuché "Prinshaw"), pero no lo sé.
Me gustó tu nota y si, ese concierto hace uqe la vida sea digan de vivirse

wastedcherry dijo...

Estoy de acuerdo que los invitados se robaron la noche con su talento, pero no creo que para Marsalis sea otro día en la oficina. Tal vez parezca así, porque desgraciadamente en México estamos acostumbrados a las estrellitas, a esas luminarias que gustan de opacar a todos en todo momento. Marsalis fue el encomendado de reunir a todas estas figuras maravillosas y les permitió brillar en todos su esplendor. Ciertamente, es un excelente músico, pero ante todo es una persona equilibrada que no necesita de andar blufeando. Su trabajo en la orquesta no ha sido aceitar engranes sino el descubrir la relevancia de otros ritmos y aprender de ellos. Qué lástima que sólo apreciemos el espectáculo.

Pepe dijo...

Isabel: no anoté el nombre del arreglista :-( Me dijeron que el concierto en Bellas Artes fue idéntico al del Auditorio una noche antes... nomás que el frío caló hondo al final del mismo. Saludos, y gracias por tu comentario.

Pepe dijo...

wastedcherry: Poniéndome en los zapatos de Marsalis (I wish!) yo no hubiera podido enfrentar con tanta parsimonia la energía del concierto. Quizá él está acostumbrado y lo toma con calma, pero yo no pude evitar levantarme a aplaudir y gritar "¡Bravo!" varias veces... Tienes razón: él fue el responsable de esa magnífica conjunción de talentos, pero a mí me habría gustado más proyección de su parte: saber que él estaba sintiendo algo cercano a lo que yo. Caprichitos míos, quizá. Minucias de un tipo al que sí, le encantan los buenos espectáculos. Saludos y gracias por comentar.