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lunes, diciembre 07, 2020

Elogio de "The Office"


Todos los que hayamos pasado algún tiempo trabajando en una oficina podemos relacionarnos con este programa: hemos conocido (o hemos sido) el que mata el tiempo resolviendo crucigramas y sale corriendo a la hora de la salida, el que no tiene idea de cómo llegó a ese lugar de trabajo, pero ya lleva demasiados años ahí y no sabe hacer otra cosa, el que afirma que está en esa oficina temporalmente porque está desarrollando proyectos alternativos mucho más interesantes...

Pero más allá de esos lugares comunes, que son el motor de la serie, los productores del show y sus guionistas lograron detonar reflexiones de mayor calado. Creo que eso es lo más valioso de The Office: puedes simplemente pasar un tiempo divertido viendo cómo esos Godinez celebran otro cumpleaños en la sala de juntas (previa planeación de un comité especialmente nombrado para ello, en el que desde luego se encuentran dos compañeras que se caen mal), pero también puedes dar paso a las preguntas que plantea la serie, un capítulo tras otro: qué características tiene un jefe valioso, cuáles son las razones correctas para quedarte en un empleo, qué señales te exigen salir de ahí lo antes posible)...

Desde luego que tiene sus falencias: las últimas dos, tres temporadas son notablemente menos sólidas que las primeras (mucho de eso debido a la salida de Steve Carrell del show, y al muy poco encanto que James Spader aportó como sustituto), pero a poco más de diez años de la emisión de su último episodio, la serie se mantiene vigente gracias a esa soberbia colección de personajes entrañables puestos en situaciones en las que todos hemos estado alguna vez. 

Dicen que la vida de oficina tal como la vemos en este programa dejará de ser así muy pronto. Antes de la pandemia y el teletrabajo ya se hablaba de empresas con oficinas sin paredes y muchas amenidades para los empleados. A mí incluso me ha tocado visitar alguna con sala de descanso para leer (cualquier cosa que no sea de trabajo, me dijeron) y en la que, si lo deseas, puedes echar la siesta sin miedo a perder tu bono de productividad. Quizá entonces The Office quede como un testimonio de aquellos centros de trabajo en los que se reunían personas en algo similar a corrales con el cumplimiento de indicadores de eficiencia como su única misión... siempre que ella ocurriera entre 9 y 5 y definitivamente no en la hora de comida. 

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Las nueve temporadas de The Office se encuentran disponibles en Amazon Prime. 

domingo, enero 06, 2019

El lado oscuro del "Primer Mundo"

Gunter Wallraff (1942) es periodista de investigación desde 1966. En Alemania, su país natal, es una pequeña celebridad debido a su estrategia para obtener información: se disfraza y se infiltra durante semanas o meses en empresas, colectivos y sindicatos. Es muy famoso su reportaje Cabeza de turco, publicado en 1985, en el que retrató las condiciones de trabajo de los inmigrantes indocumentados en la Alemania de mediados de los '80.

En este libro Wallraff presenta algunos reportajes más recientes, aunque no todos están basados en su método de "infiltración", pues varios son investigaciones que él mismo realizó con base en testimonios que le hicieron llegar. El trabajo de Wallraff mantiene un enfoque social que en ningún momento oculta: quiere demostrar cómo una economía como la alemana (la más importante de la Unión Europea) ha fallado al momento de equilibrar la balanza social y, por el contrario, ha aumentado la injusticia y empeorado las condiciones de trabajo de millones de personas. Desde el título anuncia que estos reportajes surgen de la convivencia con los "perdedores del mejor de los mundos", es decir, los de abajo en la escala social en uno de los países más prósperos del planeta. 

Sin duda las piezas mejor logradas son aquellas en las que el autor participó activamente (como infiltrado). Muy notables son los primeros dos trabajos del libro: en uno se disfraza de negro y así recorre varios lugares de Alemania: la xenofobia galopante de casi todas las personas con las que se encuentra es verdaderamente aterradora; en otro se disfraza de indigente y así se lanza a la calle para vivir un invierno (un infierno) poniendo a prueba la asistencia social alemana, que se demuestra hiperburocrática y casi totalmente indolente ante las personas sin hogar.

Basado en testimonios y documentos obtenidos a través de terceras personas, Wallraff presenta trabajos también valiosos sobre la precariedad de los empleados ("socios") que trabajan en Starbucks y el acoso laboral (mobbing) en algunas empresas (públicas y privadas) de alto nivel.    

La lectura del libro es muy desconcertante en cualquier contexto, pero en México resulta escandaloso preguntarse: "Si eso pasa en Alemania, ¿cómo será aquí?" Por ejemplo: el autor alemán se dice indignado porque una cuarta parte de la población económicamente activa de su país percibe un salario bajo. ¿Qué pensaría del caso mexicano, donde según cifras oficiales (Coneval) el 50% gana sólo entre uno y tres salarios mínimos (entre 2 y 6 mil pesos) al mes? Si Wallraff se queja del despiadado acoso laboral de algunas empresas contra sus empleados "problemáticos" y consideramos que Alemania es sexto lugar en el Índice Global de Estado de Derecho, ¿qué podemos suponer que ocurre en México, 92 en la misma tabla?

La conclusión de Wallraff no es nada halagüeña: en Alemania, dice, "la injusticia ha aumentado y las condiciones de vida no se han vuelto más humanas, sino todo lo contrario". Si así están las cosas en el "mejor de los mundos"... ¿cómo estamos en los "suburbios"?
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Con los perdedores del mejor de los mundos, de Günter Wallraff, está editado por Anagrama (2010). La edición impresa cuesta $390 en Gandhi ($300 en Amazon con envío gratuito si tienen suscripción Prime). No hay versión electrónica. 

jueves, noviembre 22, 2018

Elogio del valemadrismo


Hasta hace relativamente poco tiempo, siempre había considerado "importantes" a las personas demasiado ocupadas. Aquellas que se tardan mucho tiempo en responder un mensaje (y te contestan disculpándose de haber estado tan ocupados), que siempre tienen prisa (y casi siempre llegan tarde) y tienen que revisar su agenda para confirmar si pueden tomar café alguna tarde. En nuestros tiempos, no tener tiempo libre o tenerlo poco, parece un símbolo de estatus: "Si está tan ocupado seguro es porque le va bien, porque es exitoso, y (obviamente) gana mucho dinero".

No sé cómo sea en otros ámbitos, pero al menos en los que me muevo, lo "ideal" (ojo con las comillas) parece ser tener agenda llena, y no terminar algo cuando ya tienes en tu lista de pendientes otra pila de tareas que urgen. Sólo este año tres compañeros de trabajo han sido diagnosticados con problemas de salud por estrés laboral y al menos dos más (incluido yo) dejaron sus puestos directivos agobiados por una carga de trabajo que hace tiempo dejó de ser exigente y se convirtió en absurda (la evaluación de mi desempeño en el actual ciclo escolar se hará sobre la base de, al menos, 27 rubros). Byung-Chul Han ha escrito bastante al respecto (sobre todo en La sociedad del cansancio, 2010) donde establece: "Lo que enferma no es el exceso de responsabilidad e iniciativa, sino el rendimiento como nuevo mandato de la sociedad de trabajo".

Sin tanta densidad filosófica presenta Mark Manson su primer libro, El sutil arte de que te importe un carajo (HarperCollins, 2017), en el que reflexiona sobre la importancia de reducir, no aumentar, la cantidad de cosas que importan. "El problema de la gente que anda por la vida dándole importancia a todo y a todos es que llega un punto en que se comieron toda la bolsa de palomitas y no les queda nada realmente valioso a qué darle importancia". Aderezado con algunas anécdotas personales y algo de budismo elemental, Manson logra dar en el clavo de la reflexiones necesarias pero tan frecuentemente evadidas en nuestros tiempos: ¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Para agradar a quién? ¿De quién fue la idea original de estudiar esto o trabajar en aquello? ¿A quién conviene que tengamos tanto miedo de equivocarnos, y que prefiramos "malo conocido que bueno por conocer"? ¿Por qué nos da tanto miedo decir "no" a algún trabajo, proyecto o persona? 

La conclusión de Manson es también obvia, pero no sencilla. En realidad no invita a que todo nos importe un carajo, sino a redefinir los valores de nuestra vida, que seamos nosotros los que elijamos qué problemas enfrentar, y mientras menos mejor. Asignarse problemas verdaderamente importantes (desde nuestro punto de vista) y que lo demás valga --como dice mi abuela-- una pura y dos con sal (o sea, nada). Desde esta perspectiva lo aberrante no es tener "demasiado tiempo libre" sino una agenda tan saturada que no se cuente con tiempo para hacer lo que realmente nos satisface. Y asumir (sin culpa) que muchas veces eso es profundamente "improductivo" y prácticamente imposible de medir cuantitativamente: salir con los amigos, correr un maratón, armar un rompecabezas, volver a escribir en su blog... Lo que ustedes decidan. 
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El sutil arte de que te importe un carajo, de Mark Manson, está editado por HarperCollins México. La edición impresa cuesta $234 (en Gandhi), la digital (en Kindle), $89. 

lunes, septiembre 24, 2018

De cómo un robot puede ser tu próximo compañero de trabajo


Hace algunos años un exalumno me recomendó Crear o morir, de Andrés Oppenheimer. No puedo decir que el autor o el tema (la innovación empresarial o tecnológica) me interesaran especialmente en aquel entonces, pero sus comentarios del libro fueron tan entusiastas que decidí leerlo. El resultado fue muy enriquecedor pues, aparte de enterarme de algunos de los adelantos tecnológicos más importantes de entonces (impresoras 3D, drones), le puso nombre y apellido al miedo atávico que tenemos al fracaso en América Latina (y que compartimos con varias culturas asiáticas). Escribí sobre eso en una entrada anterior de este blog

El nuevo libro de Oppenheimer, parte de un estudio de la Universidad de Oxford que afirmaba en 2013 que el 47% de los trabajos existentes en ese momento estarían en peligro o de plano desaparecidos hacia el 2025. Esto debido al acelerado proceso de automatización de muchos empleos. El autor señala que no se trata de la robotización que desde hace varias décadas se vive en las fábricas (y que continuará en los años por venir), y que afectaba a empleos casi 100% mecánicos. Los empleos de los que hablan los investigadores de Oxford pasan por los periodistas, los asesores financieros, los abogados, los médicos e incluso, sí señor, los profesores. 

La conclusión (previsible sólo hasta cierto punto) es que probablemente no haya razones para pensar tan a pies juntillas que la mitad del mundo estará desempleado en diez años, pero (y esto es lo más importante) definitivamente muchos de esos empleos que hoy consideramos estables y más o menos seguros exigirán de nosotros una transformación que pocos profesionales se están tomando en serio. Sobre todo en América Latina, dice Oppenheimer, seguimos confiados en que el "toque humano" nunca pasará de moda sin darnos cuenta de que en el día a día incluso esos "humanistas" prefieren usar máquinas o apps que de hecho ya retiraron a una o varias personas del mercado laboral (v.g. las máquinas que cobran el estacionamiento o las apps que nos evitan hacer fila en el banco).

Aunque por momentos la prosa de Oppenheimer es reiterativa, esta lectura vale la pena para asomarse a un mundo probable y desconcertante en el que será muy complicado encontrar empleo. La competencia ya no serán nuestros compañeros humanos, sino los robots y computadoras que hasta hace poco eran simples herramientas. La evidencia nos muestra que muy pronto harán casi todo. Y lo harán bien.    
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¡Sálvese quien pueda!, de Andrés Oppenheimer, está editado por Debate. La versión impresa cuesta $349, la digital $169. 

miércoles, septiembre 13, 2017

¡Hasta pronto, generación IB 2017!

Estimados Padres de Familia.
Queridos colegas.
Inolvidables alumnos del Bachillerato Internacional, generación 2017.
En una de las novelas que leímos, comentamos y analizamos, Vida de Pi, de Yann Martel. Revisamos algunas características básicas de la novela de viaje. Comentamos, según recuerdo, que los protagonistas de estas historias se enfrentan a condiciones adversas que deben vencer para lograr llegar a su destino. Dijimos también que en una buena novela de este género el protagonista siempre cambia, se transforma, conoce algo de sí mismo que le permite cerrar una etapa e iniciar otra.
La metáfora del viaje, desde luego, funciona a la perfección para definir el momento en el que se encuentran ahora. Han terminado un recorrido pleno de miedos y confusiones, de misterios y acertijos que parecían imposibles de resolver. En su camino han encontrado aliados y enemigos; desconocidos que les tendieron la mano y amigos que a la hora de la verdad se quebraron y dejaron de serlo. Pero también, y sobre todo, si fueron lo suficientemente afortunados en estos años, crecieron y se conocieron un poco mejor. Descubrieron habilidades que no sabían que tenían y cayeron en cuenta de que algunas áreas que creían dominar en realidad les deparaban todavía muchas sorpresas. Aprendieron y cambiaron. Se transformaron, como los personajes de las mejores novelas de aventuras.
Ahora llevan ya varias semanas de otro viaje. Uno más largo, más complicado, más retador y, espero, también más motivante. Estoy seguro de que la mayoría llegará a buen puerto, aunque probablemente será uno distinto al que prevén en este momento. Otros pocos cambiarán de barco y muy pocos, espero sinceramente que ninguno, naufragará. Pero la vida es así, y sigue siendo maravillosa.
Lo importante es que están iniciando otro viaje, y es en esta metáfora en la que deseo detenerme un momento. En la metáfora del viajero. Noten que he dicho viajero y no turista. En uno de sus últimos textos, el filósofo y sociólogo polaco Zygmunt Bauman afirmó que uno de los problemas más graves de nuestra época consiste en que los seres humanos hemos dejado de ser viajeros y nos hemos convertido en turistas de nuestras vidas. Bauman decía que los viajeros son muy parecidos a los peregrinos, en el sentido de que los mueve una búsqueda profunda, trascendente, muchas veces lenta y que exige paciencia y pasión. Los turistas, por el contrario, pocas veces se detienen más allá del tiempo necesario para tomar una selfie. No importa que frente a sí tengan una obra maestra, o un paisaje que a otro le quitaría el aliento. Lo único que desea el turista es capturar una imagen para alimentar su historia de Snapchat.
En un sentido muy similar escribe el filósofo francés Michel Onfray en su libro Teoría del viaje. Dice que al viajero auténtico lo caracteriza “el gusto por el movimiento, la pasión por el cambio, el deseo ferviente de movilidad y la furia de la independencia”. Noten por favor que estas palabras entrañan una disyuntiva fundamental: somos nómadas o sedentarios, dice Onfray, aficionados al flujo, a los transportes, a los desplazamientos o apasionados por el estatismo, el inmovilismo y las raíces. Los primeros aman la ruta, larga e interminable, sinuosa y zigzagueante; los segundos disfrutan de la madriguera, oscura y profunda, húmeda y misteriosa.
Asumiré esta tarde que pertenecen al primer grupo, al de los viajeros, simplemente porque su edad lo exige y porque no se necesita revisar sus vidas exhaustivamente para darse cuenta de que se están moviendo, de que siguen cambiando, de que la transformación no ha cesado.
Y a ustedes, viajeros de la generación IB de la PrepaTec Esmeralda 2017, deseo recordarles hoy las palabras de un poeta griego que escribió unos versos sublimes refiriéndose al más famoso de los viajeros: Ulises. Les recuerdo que, después de diez años en la guerra de Troya, Ulises tardó diez años en su viaje de regreso a casa, la isla de Ítaca. En ese camino se enfrentó a Poseidón, a cíclopes, gigantes caníbales y, desde luego, también a las sirenas. Durante el trayecto perdió a todos sus amigos. Y cuando por fin llegó a casa, dicen los versos de Homero, no pudo evitar un gesto de decepción al encontrar una isla pequeña y empobrecida, muy lejana de la próspera e imponente ciudad que él idealizaba tras veinte años fuera de casa.
Otro gran poeta griego, Constantino Cavafis, recuperó esa idea y consideró que Ulises se había equivocado al decepcionarse de Ítaca cuando regresó a casa. Porque, después de todo, la simple idea de Ítaca, la idea de un hogar, de una familia, de un lugar en el que pudiera sentirse cómodo, esa idea, lanzó a Ulises al mar para llevar a cabo un viaje repleto de aventuras y conocimiento. Por eso, decía Cavafis, Ulises debía estar agradecido con Ítaca, con esa idea que le motivó a iniciar un viaje que ningún otro mortal había emprendido antes.
Esta tarde yo les recomiendo lo mismo que Cavafis a Ulises. Ya inmersos en este maravilloso viaje que son sus vidas, deseen que el camino sea largo. Tengan una meta clara, pero no apresuren el paso.
Mejor que dure muchos años,
y ya anciano recales en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que te dé riquezas Ítaca.
Ítaca te dio el viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene más que darte.
Y si pobre la encuentras, Ítaca no te engañó.
Así, sabio como te hiciste, con tanta experiencia,
comprenderás ya qué significan las Ítacas.
Sean viajeros, no turistas. Nutran su historia en Snapchat, pero dense tiempo para encontrar trascendencia. Asuman que la vida es sinónimo de misterio y no permitan que esa verdad los asuste. Busquen estabilidad, pero asuman que ningún cambio importante se ha logrado simplemente esperando que ocurra. Y disfruten, desde luego. Tienen motivos de sobra para asumir que el viaje será placentero. Y si no lo es, si las aguas se enturbian o algún vendaval amenaza su barca, recuerden que tienen en nosotros, sus padres y profesores, a navegantes experimentados dispuestos a lanzarles un salvavidas.
Muchas gracias por habernos permitido compartir estos años con ustedes. Ha sido una aventura extraordinaria. Les deseo el mejor de los éxitos.

martes, junio 04, 2013

Auschwitz en Santa Fe

Fotograma de Tiempos modernos (Chaplin, 1936)

(Segunda de dos partes)
Hace unos días, a raíz de la lectura de Miedo absoluto, inicié un intercambio epistolar (eso es, en los tiempos que corren, vía correo electrónico) con el autor de ese libro, José Luis Trueba Lara, quien muy amablemente respondió a las preguntas que hice sobre su obra. Conforme avanzábamos en esos intercambiamos me di cuenta, no sin alegría, de que la posición de Trueba Lara no está exenta de esperanza. No es esto lo que se deduce del final de su libro, en el que el suicidio se perfila como la única solución real de los empleados/prisioneros para escapar de los campos de exterminio/empresas. Desasosiego es una palabra demasiado suave para definir la sensación que deja el libro al terminarlo; más preciso sería decir ruptura o resquebrajamiento. Pero no todo está perdido... o al menos eso parece. Transcribo a continuación dicho intercambio. 
Teniendo en cuenta que por lo que sé eres o fuiste profesor universitario, después de leer el libro y sobre todo el primer capítulo que se refiere a la formación en aulas de los alumnos/clientes, ¿qué sentido tiene el trabajo de un profesor en el contexto que planteas?
Soy profesor universitario y espero seguir siéndolo hasta que el cuerpo aguante; las razones para serlo son simples, sencillas: me gusta encontrarme con mis alumnos, me encanta conversar con ellos (creo que mis clases sólo son eso: conversaciones sobre temas específicos), me fascina la libertad que respiro y tengo en el campus. Soy un profesor universitario feliz y orgulloso, tal vez por eso me molestan y me endiablan algunas cosas que pasan. Que hoy tenemos problemas en todo el sistema universitario, es un hecho; pero también creo que esas dificultades no son eternas: el saber puede sobrevivirlos y, aunque a veces enfrente días nublados, como ya los ha enfrentado en otros lugares y tiempos, al final brillará sin problemas.
Considero que la educación es la “bala de plata” que nos permite a algunos mantener una esperanza (pálida y endeble, pero esperanza al fin) respecto al futuro. Pienso que a través de ella (de la educación) los profesores realizamos todos los días actos de resistencia  social, intelectual, política y económica cuando procuramos en nuestros alumnos el desarrollo de un pensamiento crítico, la consciencia de su entorno y el avivamiento (contra el adormecimiento) de su sentido ético. Creo en ello cada vez que planeo una clase y la imparto. ¿Estás de acuerdo con esa perspectiva? ¿No? ¿Por qué?
Aquí la respuesta es un poco más compleja: ¿la educación de cuál alumno? Creo que los profesores tenemos distintos tipos de alumnos: algunos sólo nos acompañan para prepararse para el trabajo, eso está muy bien, pero no esperemos de ellos investigadores ni filósofos, sino gente productiva y capaz; otros, en cambio, están ahí para aprender, para desafiar al conocimiento y, unos más, lamentablemente, no tienen la más remota idea de qué hacen ahí (pienso, por ejemplo, en los expertos en cafetería y antros). Cada uno de estos alumnos tiene una “bala de plata” distinta: los primeros quieren aprender a hacer cosas, a hacer suya la mentalidad empresarial y, en este sentido, creo que la universidad —tal y como es— les ofrece buenas armas; los segundos quieren adentrarse en el saber y a ellos —inexorablemente— siempre les quedamos cortos la mayoría de los profesores y la universidad casi siempre estará en deuda con su inteligencia; los últimos, bueno, qué le vamos a hacer... ellos nos quedan debiendo a todos: a la universidad, a sus profes, a sus padres, a la sociedad que en muchos casos invirtió en su formación. Creo que la educación sí es una “bala de plata”, pero inexorablemente tiene distintos calibres y a cada uno le corresponde el que quiere tener.
En esta misma línea, ¿qué opinión te merecen los esfuerzos hechos por diversas instituciones –públicas y privadas– para subirse al barco de la innovación educativa?
Te confieso que la idea de modernizar la enseñanza me asusta un poco y no me convence del todo: creo que las famosísimas TICs no tienen la capacidad de sustituir a la conversación, a las preguntas y las respuestas, al encuentro con lo humano. Yo sigo siendo un profesor del pasado, y eso no me causa mucho pesar, pues lo importante no es que los alumnos tengan una clase del siglo XXI, sino que se atrevan a pensar. Por supuesto que estas palabras no significan que la tecnología debe ser abolida de las aulas, creo en las diferencias: y si yo converso en mis clases, también puede haber un profe hipertecnologizado que logre los mismos resultados.
Creo que el asunto no es muy grave —o por lo menos es menos grave de lo que parece—. Me explico con un ejemplo: en muchas universidades de alta tecnología, los muchachos que estudian medicina aprenden a operar con maniquís robotizados, esto parece muy padre, da una impresionante señal de desarrollo tecnológico y, sobre todo, es muy apantallante; sin embargo, aquí valdría la pena hacerse una pregunta: ¿el rector de esa universidad se dejaría operar del apéndice por un médico que sólo ha trabajado con estos maniquís? Creo que la respuesta es obvia: este tipo de enseñanza pronto se morderá la cola y volverá el sentido común. Los bárbaros —por tecnologizados que estén— siempre terminan aceptando la cultura, la enseñanza de a deveras, pues de otra manera perecerían por malas operaciones del apéndice. No nos preocupemos por las tablets, los power points, la multimedia, los foros de debate y las maravillas llenas de transistores... son flores de un día; al final, la tradición volverá a imponerse por un par de razones: sólo ella puede transmitir la herencia de a deveras y sólo ella —aunque suene extraño— es revolucionaria: hoy, el buen Aristóteles es mucho más atrevido que los novísimos profetas, y lo mismo podría decirse de todos aquellos grandes que no tuvieron la desgracia de tener una tableta.
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Miedo absoluto, de José Luis Trueba Lara, está editado en México por Taurus. El precio de lista es de 269 pesos.

lunes, mayo 27, 2013

Auschwitz en Santa Fe


(Primera de dos partes)
Dice Michela Marzano en su estupendo libro Programados para triunfar (Tusquets, 2011) que en latín el verbo tripaliare, del que proviene la palabra “trabajo”, significa “torturar”. Nadie trabaja para sufrir (al menos conscientemente), y sin embargo para la mucha gente el trabajo es un suplicio del que se escapa sólo momentáneamente los fines de semana y durante las vacaciones. Algo nos ha salido muy mal como especie cuando el trabajo, que según Engels propició nuestra evolución del mono al hombre, se ha convertido en una actividad enajenante que muy pocos disfrutan.
Sobre esta idea gira Miedo absoluto, libro escrito por José Luis Trueba Lara y editado por Taurus que terminé de leer recientemente. Me pareció un texto desasosegante, casi diría perturbador. El subtítulo es más que elocuente: “La oficina como campo de concentración y la empresa como forma de exterminio”. En términos generales describe cómo los jóvenes son preparados para formar parte de un sistema que aniquila su voluntad, adormece su ética y los convierte en engranes de una maquinaria muy eficaz cuyo único objetivo es la productividad de la empresa en cuestión.
Habla de un mundo de pesadilla pero que para muchos es una realidad cotidiana: contratantes que hacen estudios socioeconómicos a sus posibles empleados, espacios de trabajo donde se prohíben objetos personales a la vista,  ambientes en los que la intimidación e incluso la humillación por parte de los jefes es moneda corriente… Debo confesar que a mí al principio todo me sonaba exagerado, pero un par de amigos que trabajan en grandes corporativos (uno nacional, otro extranjero) me confirmaron esas aberraciones. “En las corporaciones muy pronto te das cuenta de que nadie es tu amigo. Cada quien trabaja para sí mismo”, me dijo una amiga que trabaja para una trasnacional. Otro amigo me relató cómo se realizó un estudio socioeconómico a su familia cuando su hermano inició el proceso de selección en la gigantesca firma mexicana para la que hoy trabaja. Trueba Lara no exagera. Y lo que dice en Miedo absoluto está bien documentado: prueba de ello son las 14 páginas de bibliografía que avalan su publicación.
Es cierto que el símil que hace entre los campos de concentración y las oficinas contemporáneas puede resultar excesivo, forzado. No acabo de cuadrar que, como propone, la empresa sea una forma de exterminio. Me explico: No puede dudarse de que en los campos de concentración había una voluntad consciente de aniquilar una parte de la especie humana que el nacionalsocialismo consideraba no sólo incómoda sino inferior y prescindible (no del todo humana, de hecho). Esto no ocurre en las empresas, cuyo interés no es el exterminio de sectores sociales o grupos étnicos "indeseables" sino la perpetuación de un sistema basado en el lucro que a su vez encuentra asideros en la que el autor llama “sabiduría de quincalla” y en un adormecimiento ético cada vez más pronunciado. De ahí a que en los grandes corporativos del mundo se busque el exterminio me parece que hay mucha distancia.
Al respecto, Trueba Lara me comentó vía mail: “Comparar a los campos de exterminio con las empresas puede parecer excesivo, forzado, como tú me lo dices; sin embargo, creo que es necesario tomar esta comparación con cierta calma: el origen de esta idea es simple, “sólo sobreviven los peores”, dice Primo Levi (cito de memoria), y esa idea fue la que normó mi camino: en el campo de exterminio y en las empresas que estudié, sólo sobrevivieron los peores. Además, ambos comparten la idea de la vigilancia, las metas inalcanzables, el sacrificio que busca calmar a los dioses iracundos, el sin sentido de la actividad y, sobre todo, la necesidad de deshumanizar a sus pobladores para lograr sus fines: la producción y el exterminio en un caso, la riqueza y el exterminio moral en el otro.”
Es imposible obviar la pertinencia de un libro como Miedo absoluto, en el que se presentan argumentos suficientes para generar un necesario debate social y sobre todo una indispensable reflexión personal en torno al sentido que le damos a nuestro trabajo. Sin importar nuestra edad o entorno socioeconómico, todos trabajamos o queremos trabajar. Y sin embargo soslayamos peligrosamente una cuestión fundamental al respecto: por qué y para qué trabajamos.
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¿Perded toda esperanza? En la próxima entrega José Luis Trueba Lara reflexiona sobre si tiene o no sentido el trabajo más allá del campo de concentración.