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jueves, noviembre 22, 2018

Elogio del valemadrismo


Hasta hace relativamente poco tiempo, siempre había considerado "importantes" a las personas demasiado ocupadas. Aquellas que se tardan mucho tiempo en responder un mensaje (y te contestan disculpándose de haber estado tan ocupados), que siempre tienen prisa (y casi siempre llegan tarde) y tienen que revisar su agenda para confirmar si pueden tomar café alguna tarde. En nuestros tiempos, no tener tiempo libre o tenerlo poco, parece un símbolo de estatus: "Si está tan ocupado seguro es porque le va bien, porque es exitoso, y (obviamente) gana mucho dinero".

No sé cómo sea en otros ámbitos, pero al menos en los que me muevo, lo "ideal" (ojo con las comillas) parece ser tener agenda llena, y no terminar algo cuando ya tienes en tu lista de pendientes otra pila de tareas que urgen. Sólo este año tres compañeros de trabajo han sido diagnosticados con problemas de salud por estrés laboral y al menos dos más (incluido yo) dejaron sus puestos directivos agobiados por una carga de trabajo que hace tiempo dejó de ser exigente y se convirtió en absurda (la evaluación de mi desempeño en el actual ciclo escolar se hará sobre la base de, al menos, 27 rubros). Byung-Chul Han ha escrito bastante al respecto (sobre todo en La sociedad del cansancio, 2010) donde establece: "Lo que enferma no es el exceso de responsabilidad e iniciativa, sino el rendimiento como nuevo mandato de la sociedad de trabajo".

Sin tanta densidad filosófica presenta Mark Manson su primer libro, El sutil arte de que te importe un carajo (HarperCollins, 2017), en el que reflexiona sobre la importancia de reducir, no aumentar, la cantidad de cosas que importan. "El problema de la gente que anda por la vida dándole importancia a todo y a todos es que llega un punto en que se comieron toda la bolsa de palomitas y no les queda nada realmente valioso a qué darle importancia". Aderezado con algunas anécdotas personales y algo de budismo elemental, Manson logra dar en el clavo de la reflexiones necesarias pero tan frecuentemente evadidas en nuestros tiempos: ¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Para agradar a quién? ¿De quién fue la idea original de estudiar esto o trabajar en aquello? ¿A quién conviene que tengamos tanto miedo de equivocarnos, y que prefiramos "malo conocido que bueno por conocer"? ¿Por qué nos da tanto miedo decir "no" a algún trabajo, proyecto o persona? 

La conclusión de Manson es también obvia, pero no sencilla. En realidad no invita a que todo nos importe un carajo, sino a redefinir los valores de nuestra vida, que seamos nosotros los que elijamos qué problemas enfrentar, y mientras menos mejor. Asignarse problemas verdaderamente importantes (desde nuestro punto de vista) y que lo demás valga --como dice mi abuela-- una pura y dos con sal (o sea, nada). Desde esta perspectiva lo aberrante no es tener "demasiado tiempo libre" sino una agenda tan saturada que no se cuente con tiempo para hacer lo que realmente nos satisface. Y asumir (sin culpa) que muchas veces eso es profundamente "improductivo" y prácticamente imposible de medir cuantitativamente: salir con los amigos, correr un maratón, armar un rompecabezas, volver a escribir en su blog... Lo que ustedes decidan. 
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El sutil arte de que te importe un carajo, de Mark Manson, está editado por HarperCollins México. La edición impresa cuesta $234 (en Gandhi), la digital (en Kindle), $89. 

lunes, septiembre 24, 2018

De cómo un robot puede ser tu próximo compañero de trabajo


Hace algunos años un exalumno me recomendó Crear o morir, de Andrés Oppenheimer. No puedo decir que el autor o el tema (la innovación empresarial o tecnológica) me interesaran especialmente en aquel entonces, pero sus comentarios del libro fueron tan entusiastas que decidí leerlo. El resultado fue muy enriquecedor pues, aparte de enterarme de algunos de los adelantos tecnológicos más importantes de entonces (impresoras 3D, drones), le puso nombre y apellido al miedo atávico que tenemos al fracaso en América Latina (y que compartimos con varias culturas asiáticas). Escribí sobre eso en una entrada anterior de este blog

El nuevo libro de Oppenheimer, parte de un estudio de la Universidad de Oxford que afirmaba en 2013 que el 47% de los trabajos existentes en ese momento estarían en peligro o de plano desaparecidos hacia el 2025. Esto debido al acelerado proceso de automatización de muchos empleos. El autor señala que no se trata de la robotización que desde hace varias décadas se vive en las fábricas (y que continuará en los años por venir), y que afectaba a empleos casi 100% mecánicos. Los empleos de los que hablan los investigadores de Oxford pasan por los periodistas, los asesores financieros, los abogados, los médicos e incluso, sí señor, los profesores. 

La conclusión (previsible sólo hasta cierto punto) es que probablemente no haya razones para pensar tan a pies juntillas que la mitad del mundo estará desempleado en diez años, pero (y esto es lo más importante) definitivamente muchos de esos empleos que hoy consideramos estables y más o menos seguros exigirán de nosotros una transformación que pocos profesionales se están tomando en serio. Sobre todo en América Latina, dice Oppenheimer, seguimos confiados en que el "toque humano" nunca pasará de moda sin darnos cuenta de que en el día a día incluso esos "humanistas" prefieren usar máquinas o apps que de hecho ya retiraron a una o varias personas del mercado laboral (v.g. las máquinas que cobran el estacionamiento o las apps que nos evitan hacer fila en el banco).

Aunque por momentos la prosa de Oppenheimer es reiterativa, esta lectura vale la pena para asomarse a un mundo probable y desconcertante en el que será muy complicado encontrar empleo. La competencia ya no serán nuestros compañeros humanos, sino los robots y computadoras que hasta hace poco eran simples herramientas. La evidencia nos muestra que muy pronto harán casi todo. Y lo harán bien.    
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¡Sálvese quien pueda!, de Andrés Oppenheimer, está editado por Debate. La versión impresa cuesta $349, la digital $169. 

lunes, julio 18, 2016

#EnMangasDeCamisa 09

Esta semana, aplicamos un bálsamo poético a los muy desafortunados acontecimientos recientes (Bangladesh, Bagdad, Estambul, Dallas, Niza, de nuevo Estambul, Luisiana...)

También invito a hacer de la desconexión digital un acto no exclusivo de las vacaciones, sino un hábito de vida en aras de nuestra salud mental y emocional (ojo al ejemplo de Francia).  

Las ideas musicales son de Michael Jackson (a propósito de una lista de los 20 discos más vendidos recientemente redefinida por El País), Damon Albarn (que le canta a un elefantito) y el gran George Harrison. 

Como siempre, bienvenidos sus comentarios y sugerencias... y muchas gracias por compartir. ¡Disfruten mucho... y siempre en mangas de camisa! :-D

domingo, julio 03, 2016

#EnMangasDeCamisa 08

Esta semana recomendación gastronómica en mangas de camisa: visité el restaurante Órale Arepa; les cuento qué me pareció.

También una reflexión sobre el éxito y el fracaso a propósito del retiro de Lionel Messi de la albiceleste y la carta que una profesora le escribió pidiéndole reconsiderar su decisión. También a propósito de ello hago mención de una entrevista que Borja Hermoso le hizo recientemente al gran  George Steiner

Las ideas musicales son de Los amigos invisibles ("Dun Dun"), Pearl Jam ("Whishlist") y Sigur Rós ("Hoppípolla"). 

Como siempre, bienvenidos sus comentarios y sugerencias... y muchas gracias por compartir. ¡Disfruten mucho... y siempre en mangas de camisa! :-D

jueves, enero 09, 2014

Abuela, ¡salte de mi Facebook!

En menos de una semana me he topado con tres textos que hablan de lo mismo: la geriatrización de Facebook. El término es del caricaturista Bernardo Fernández (Bef; en Twitter @monorama), quien lo enunció en Twitter. Denota claramente una realidad que afecta a una de las empresas más polémicas de tiempos recientes: Facebook, fundada en 2004, reporta más de mil millones de usuarios en 110 idiomas que le significan ingresos anuales por más de tres mil millones de dólares. Su presidente y dueño, Mark Zuckerberg, es paradigma del hombre de negocios posmoderno: joven, ateo y millonario antes de los treinta. La historia del origen de esta empresa es bien conocida. David Fincher la contó en el cine en The Social Network (2010).


En su texto Gabriela Warkentin (@warkentin) menciona algunos datos duros: el promedio de edad de los usuarios de Facebook es de 40.5 años, y su grupo de edad más activo se encuentra entre los 45 y los 50. El título que eligió es significativo: Mamá, ¡salte de mi Facebook! Pero yerra en un aspecto: no son sólo los papás de los adolescentes y jóvenes quienes pasan buena parte de sus tardes "stalkeando" a sus hijos... es la generación de los abuelos la que está marcando la tendencia en esa red social. Esta nota de EFE pone un par de clavos más al ataúd de Facebook como red social juvenil por antonomasia: en 2013 los usuarios mayores de 60 años aumentaron en 10%, mientras el número de usuarios de entre 18 y 29 años cayó 2%. 

Finalmente, Jaime Rubio escribió para GQ España nueve razones por las cuales muy pronto Facebook será una moda retro o vintage. El texto no tiene desperdicio. Pone el dedo sobre la llaga: lo que los adolescentes y jóvenes buscan son espacios propios, donde puedan expresarse de manera libre y sin la mirada inquisidora de padres y profesores.

La primera cuenta que tuve en Facebook me la abrió un alumno en 2008. No la usaba mucho. El exhibicionismo que movía a los usuarios me espantaba. Esta situación propició que la empresa afinara sus filtros de seguridad y aprendiéramos a limitar el acceso a nuestras publicaciones. Abrí una segunda cuenta en 2010, y desde entonces el cambio es notable: he visto cada vez menos participación de alumnos y ex-alumnos y más de contemporáneos míos (e incluso gente mayor) que suben a la red, encantados, el tipo de fotografías que yo veía de adolescentes hace cuatro o cinco años: fiestas, comidas, invitaciones a eventos, selfies, etc.

La puntilla llegó cuando los papás empezaron a enviar solicitudes de amistad a sus hijos (!) y los profesores empezamos a subir recordatorios de la tarea de mañana. Desde ese momento fue inevitable que los jóvenes migraran a otras redes mencionadas en los textos referidos: Twitter (microblogging), Instagram (fotos), Snapchat (fotos también, pero que se borran unos segundos después de enviadas) o Whatsapp (chat). Redes en las que, de momento, los adultos no hemos invadido y en las que los jóvenes pueden moverse con una libertad que poco se ve en Facebook.

El futuro es incierto y, por la misma razón, fascinante. Hace sólo diez años este debate era impensable. Lo de moda eran los mensajitos SMS y el Messenger; todavía existía gente con bípers. Hoy corren ríos de tinta y dinero intentando dilucidar cómo serán los próximos años de estas empresas que basan su estrategia en tablets smartphones y, sobre todo, cómo alterarán o no la manera que tenemos de procurar atención y afecto de las personas que nos rodean. 

Vienen tiempos interesantes. Qué fortuna vivir en estos días. 

martes, diciembre 03, 2013

Prueba PISA 2012

Fuente: ElPais.com

No son buenas noticias para México. Es lo que hay. La inversión en educación en México no es baja (según datos del Banco Mundial, ronda el 5.3% del PIB; Singapur, segundo lugar a nivel mundial invierte el 3.3%). Se han dedicado ingentes cantidades de dinero en tecnología (Enciclomedia, Habilidades Digitales para Todos). Entonces, ¿dónde está el problema? 

Las primeras conclusiones apuntan a los maestros. En México, el 90% de los recursos destinados al rubro educativo se concentran en el pago de nómina a profesores manejados sin transparencia por el sindicato más numeroso de América Latina, el SNTE, y cuya cúpula es un jugoso negocio económico y político que, tras el encarcelamiento de su longeva dirigente el año pasado, hoy vive una situación ambigua, por decir lo menos. 

(No parece casual que precisamente hoy Transparencia Internacional diera a conocer que México no ha mejorado en cuanto al combate a la corrupción se refiere).

Mientras tanto, los gobernadores se reúnen hoy con el Presidente, quien (dicen los que saben) les exigirá respaldo a la reforma educativa recientemente aprobada. Falta ver si le hacen caso: algunos, como Gabino Cué (Oaxaca) han hecho ojo de hormiga y han decidido negociar "en corto" con el SNTE (o la CNTE, según corresponda) en sus estados. Una fracción del sindicato disidente (la CNTE) se mantiene atrincherado en calles de la capital del país. Y el secretario de Educación, Emilio Chuyaffet, asegura que el gobierno priísta que ayer cumplió un año no se establecerá metas respecto a la prueba PISA. "La única meta es la de mejorar la calidad y acrecentar la cobertura de la educación en México". Lo mismo pudo haber dicho su antecesor en el cargo hace 10, 20 o 50 años.        

Mientras tanto, claro, el mundo no se detiene. Y el rezago educativo del país se mide ya en décadas. 

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Para saber más: La nota de los resultados del informe PISA 2012 será muy comentada hoy en medios de comunicación diversos. Aquí dos ligas sólo para abrir boca. Tal como la reporta el diario Reforma en México. Y cómo lo hace el español El País desde Madrid

jueves, noviembre 14, 2013

Larga vida al panda


Hace algunos días me topé con este texto en el que Adam Gopnik, crítico de arte de The New Yorker, se pregunta sobre la relevancia de estudiar y enseñar literatura. La cuestión me sonó conocida, y no tardé en recordar que hace más de una década, cuando estudiaba (precisamente) una licenciatura en Letras, fui invitado a participar en el Primer (y último) Encuentro de Facultades de Letras con el objetivo de responder a las preguntas ¿Para qué y por qué estudiar Literatura? He releído la respuesta que esbocé entonces y, aunque encuentro un poco chocante la primera parte, sigo de acuerdo en lo esencial. El texto fue publicado originalmente en octubre de 2002 en Mediaciones, revista de la sociedad de alumnos de la Universidad del Claustro de Sor Juana.
Larga vida al panda 
A mis amigos del Claustro, con afecto y gratitud.

Lo he intentado en los últimos días pero, por más que me esfuerzo, no puedo imaginar un encuentro de Facultades de Medicina organizado en torno a la pregunta ¿Por qué estudiar Medicina?, ni otro de Administradores que lo haga en torno a ¿Para qué administrar empresas? ¿Por qué nosotros sí lo hacemos? Supongo que ellos asumen de manera natural su existencia, su necesidad de existir. Imagino que a ellos simplemente no les pasa por la cabeza organizar un Encuentro para tratar esos temas porque reconocen fácilmente los favores que le hacen cotidianamente al mundo. ¿Por qué nosotros no? Es como presentarnos disculpándonos por la carrera elegida; es, además, un acto innecesario, porque se trata de una decisión personal, e injusto porque la duda en este caso abarata algo que sigue siendo caro. Muy caro. Y abaratarlo nosotros mismos, para quienes nos debería ser más caro aún, me parece peor. De cualquier modo, la pregunta está sobre la mesa y responderla me ha resultado un buen ejercicio de autorreflexión que deseo compartir con ustedes, por muy fuera de lugar que la cuestión me parezca.
Entonces, ¿por qué estudiar Literatura? Estudio Literatura por tres razones: porque me gusta, porque es necesario y ¿por qué no? Suena simple. Y lo es. Curiosamente, mientras trabajaba este texto, llegó a mis manos otro de George Steiner, el discurso que pronunció tras recibir el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de La Sapienza, hace poco más de dos años. Steiner dirigió su perorata a los nóveles alumnos de Humanidades y la tituló “Malos consejos”. Haciendo una última revisión de esta ponencia me di cuenta de que sus malos consejos y mis razones para estudiar Literatura son de alguna manera similares, aunque no necesariamente compatibles. El texto que hoy expongo es a la vez una respuesta a la pregunta planteada por los organizadores de esta mesa, un ejercicio de autorreflexión y una vuelta de tuerca a los malos consejos de Steiner.
Porque me gusta 
El primer consejo que Steiner nos da a los estudiantes de Humanidades es no negociar nuestras pasiones. Caería en un lugar común al decir que yo no podría vivir sin Literatura, pero voy a correr el riesgo porque no tengo otra forma de decirlo: no puedo vivir sin Literatura. Puedo, sí, dejar de ir a estadios de fútbol e incluso ausentarme de las salas de cine durante prolongados de tiempo, pero no puedo pasar varios días sin leer y sin escribir. Creo que, puesto así, mi gusto por las Letras bien puede considerarse una pasión. Pero de ahí a no negociarla (y nunca, como aconseja Steiner), eso no.
Aunque, aclaro, primero debería aclarar lo que entiendo por negociar. En el medio literario, y en el sentido en el que creo que Steiner escribió su discurso, negociar se entiende en su acepción de comercio. De entrada no le encuentro a eso algo malo (si no, que arroje la primera piedra aquel autor que escribe para no ser leído, es decir, -eufemismos aparte- para no vender sus libros) pero comprendo bien el prejuicio que despierta el comerciar con las Letras, con nuestra pasión: hay por ahí un teorema, que muchas veces, como toda lógica, resulta correcto pero no verdadero, que da por hecho que la calidad del trabajo literario es inversamente proporcional a la cantidad de dinero que se gana haciéndolo. No me detendré en este punto porque el que me interesa es el otro sentido de la palabra negocio, pero dejaré claro lo que pienso al respecto: pienso que el teorema es cierto por lo menos las mismas veces que resulta equivocado.
La otra acepción del término negociar es pactar. Es decir, hay una manera de hacer que las dos partes ganen; hay una manera de que los buenos escritores sigan escribiendo al firmar un contrato con las grandes editoriales para que éstas, a su vez, no dediquen su catálogo exclusivamente a éxitos de dudosa calidad literaria. La ecuación en este sentido resulta bastante más complicada de llevar a cabo, pero es tan posible que ocurre en más casos de los que nos imaginamos. El punto es que sí se pueden negociar las pasiones, quizá incluso se deben negociar, sin que esto signifique, como ya es común pensar, un acto mercenario por parte del artista y otro rapaz por parte del editor. Algo que no se negocia, en este sentido, no puede evolucionar; una idea que no se intercambia no tiene futuro; una pasión encerrada en sí misma no llegará a ser algo más que un capricho. Por eso, porque me gusta la Literatura, porque es la pasión de mi vida, la negocio y la comparto; la pacto y la intercambio: porque amo lo que hago y deseo seguir haciéndolo.
Porque es necesario
Mi segunda razón para estudiar Literatura es eminentemente social: creo que es necesario para el entorno en el que vivo. En este caso Steiner y yo vamos de la mano: él nos propone ser conscientes de la fragilidad política y social de nuestra pasión. Yo pienso además que la Literatura es necesaria porque sin ella la búsqueda de la Verdad resultaría demasiado aburrida: la Filosofía no sabe cuidarse sola.
Pero hay otros motivos: aparte de la Verdad, la Literatura da sentido a otros valores e incluso a las más descaradas mentiras. Mucho más aún: aparte de la Verdad y la Belleza, la Literatura ha sido capaz de crear otro par de motores del Hombre: la Libertad y el Amor. Sin Literatura, la Libertad seguiría siendo asumida como la entienden las vacas y nos bastaría con pacer en el campo. Gracias a las Letras es todo lo demás: es el Quijote peleando contra molinos de viento, Jean Valjean aferrándose a su posibilidad de ser feliz y Alberto Caeiro escapando de la metafísica. Y, sobre todo, lo último: el Amor, un acto que la ciencia no podrá explicar jamás (no, al menos, convincentemente) porque trasciende las reacciones químicas y los impulsos eléctricos: es un hecho de Letras; el amor son los versos del Gilgamesh, son el Cantar de los Cantares, Romeo y Julieta y Madame Bovary; el amor es algo que las Letras le han hecho al mundo y que deben seguir haciéndole. Y esto conlleva, sin duda, implicaciones políticas y sociales de las que es mejor estar conscientes (como apunta Steiner) porque, de no ser así, lo que sigue es la barbarie. Y ya hemos hecho bastante como para no seguir haciendo un poco más.
¿Por qué no?
El tercer mal consejo de Steiner es no abaratar la Literatura. Afirma que ninguno de sus colegas matemáticos, físicos o químicos en Cambridge se avergüenza de decirle a un candidato a graduarse que no está lo suficientemente preparado como para seguir adelante. En cambio nosotros, los humanistas, cada vez pedimos menos. Les hemos dicho a todos: vengan, vengan, todo es muy sencillo, no se desanimen.
Incluso me parece que ha ocurrido algo peor: ante el poco éxito de la venta de garaje en que convertimos a las Humanidades, muchos humanistas han empezado a creer que en verdad vale muy poco la pena dedicarse a lo que se dedican. Es significativo el hecho de que algunos profesores de Literatura sigan presentándose ante sus alumnos con una advertencia que más bien parece maldición: en el mundo real, afirman, es imposible vivir de las Letras, pero qué bueno que todavía hay gente como ustedes, con vocación de mártires, que estudien Literatura. ¿De dónde ese pesimismo? ¿Desde cuándo empezamos a creernos el cuento de que hay motivos reales para pensar en no estudiar Literatura? Un cuento que, además, inventamos nosotros mismos, porque fuera del medio literario nadie ve con tanto recelo la actividad de leer y escribir como nosotros. La televisión, la radio, el cine, las agencias de publicidad, la política: todas esas actividades requieren hoy más que nunca de más y mejores lectores y escritores, de ideas nuevas que convulsionen el pensamiento de millones. Pagando, por qué no decirlo, también millones por ese trabajo. Pero volvemos al círculo vicioso descrito arriba: el prejuicio de oficio obliga a pensar que trabajar para los mass media es una actividad frívola y contaminadora del arte verdadero, puro, inmaculado. Para consuelo de quienes así piensen, siempre quedarán buenas editoriales y publicaciones periódicas especializadas que den cabida a su trabajo (que, esperemos, no sólo sea marginal sino también bueno). Pero si algunos de nosotros no nos decidimos a luchar en otras trincheras, no nos asombremos de que otros cuya pasión no sea la Literatura lo hagan. Y mucho menos nos lamentemos de que no lo hagan tan bien como podríamos hacerlo nosotros. Si en estos frentes no hacemos Literatura quienes la amamos, lo harán otros quizá menos dignos pero seguramente más audaces y usurparán las funciones de esa pasión por la que todos los que estamos aquí vivimos. Es cierto: la Literatura ha sido desde siempre una actividad marginal, elitista, pero ¿quién dice que ésa es su única condición posible, sobre todo teniendo en cuenta las oportunidades que el mundo presenta para su evolución en otros terrenos?
“Si hay más como tú que deciden no participar en el juego, a la gente como yo le resultará más fácil ganar”, dice un yuppie en la celebérrima Generación X de Douglas Coupland. El problema, creo yo, es que los literatos llevamos mucho tiempo haciéndonos a la idea de no participar en el juego: nos estamos conformando con encajar en el estereotipo, con ratificar el cliché y arrellanarnos en el cómodo sillón forrado de prejuicios cuya procedencia es mayoritariamente literaria y no tanto social. Estamos a punto de convertirnos en el panda de las Humanidades: marginados ya en exclusivísimos y cada vez menos centros de investigación, a pesar de tener a la mano todas las facilidades de desarrollo posibles y, sin embargo, negándonos a la procreación. Parecemos decididos a la muerte lenta, cómoda, digna, pero sobre todo segura y para evitarla nos limitamos a apelar a la lástima del mundo entero. Nos estamos resignando. Y el mundo empieza a creer que estamos muertos.
Entonces, ¿por qué estudiar Literatura? Porque me gusta, como ya quedó bien claro. Porque la considero una actividad necesaria, no de ahora, de siempre. Y porque pienso que este es un momento estupendo para demostrar al mundo, a la ciudad, a cualquier persona que la Literatura vale la pena, hace feliz y se paga bien. Las pruebas están al alcance de cualquiera con un poco de talento, mucha disposición a trabajar duro y un par de oportunidades, como en cualquier otra carrera. Porque, también como en cualquier otra carrera, la Literatura no necesita justificar su existencia, sino demostrarla como, de una u otra forma, todos lo hacemos al estar aquí. Afortunadamente. Estar aquí me demuestra, nos demuestra, les demuestra que el panda todavía está vivo, que le gusta jugar y lanzarse por la resbaladilla. Y que, mientras a nosotros nos siga fascinando escribir y encantando leer, hay esperanza todavía.
D.F., México, noviembre de 2001

domingo, julio 21, 2013

Tolle, lege

(Agradezco a Claudia Huerta la recomendación del video que ilustra esta entrada)
Hace algunos días concluí la lectura de La buena y la mala educación. Ejemplos internacionales, de la profesora sueca Inger Enkvist. Hay mucho qué comentar al respecto, pero me gustaría dedicar esta entrada del blog a la columna vertebral del libro: la importancia del dominio de la lengua materna que ha propiciarse durante la educación escolarizada.
Vale la pena recordar el dato de que México es el último lugar en la prueba PISA que aplica la OCDE cada tres años. En 2009, cuando el examen se concentró en comprensión lectora, los resultados fueron alarmantes: 40.1% de los adolescentes que presentaron la prueba se ubicaron en un nivel de comprensión insuficiente para acceder a estudios superiores y desarrollar las actividades que exige la vida en sociedad. 
Es muy triste leer ese dato, “darle el golpe”, pero es peor lo que viene después: la reflexión en torno a ese fracaso. Porque es muy fácil llenarse la boca culpando al sindicato, a los maestros, al gobierno, a los videojuegos, a las nuevas tecnologías y a un montón de chivos expiatorios más. Lo difícil es aceptar el otro dato: que en México leemos 2.9 libros al año. El plural (leemos) nos incluye a los adultos que educamos a los adolescentes que cada tres años presentan la prueba PISA. ¿Cómo les reclamamos a los jóvenes cuando en muchos casos nosotros mismos no hemos desarrollado el hábito de la lectura? Y es que en casa los padres tampoco leen: en el 55% de los hogares mexicanos hay menos de 10 libros no escolares; sólo el 2% tiene más de 100 libros en casa. Pero, ¡tranquilos!, por fortuna tenemos a los profesores, faros de luz que leen mucho y recomiendan estupendas lecturas a sus alumnos… ¿O no? Pues no. Entre adultos los profesores leen menos que el promedio nacional, es decir, 2.6 libros al año. Y si los profesores no leemos, ¿con qué cara entramos a un salón para invitar a nuestros alumnos a leer (en caso, claro, de que los invitemos y no los forcemos a hacerlo)?
Lo interesante es que, como dice Enkvist en su libro: "Sólo una pequeña parte del aprendizaje de la lengua se hace en las clases de lengua y literatura. La parte más importante del desarrollo del lenguaje tiene lugar durante el estudio y el uso del lenguaje en otras materias, mientras se lucha con las tareas escolares en casa y durante la lectura que realizan los alumnos durante su tiempo de ocio". (Enkvist, 178-179)
En otras palabras: el desarrollo de habilidades de comprensión de lectura no es facultad exclusiva de los profesores de Español. Sin importar la materia que impartan, todos los profesores son corresponsables en esta tarea. Es una pena, en este contexto, que la mayoría de los profesores lean tan poco. Y que de hecho esgriman la excusa de siempre para explicar esa deficiencia: "No tengo tiempo". En el ámbito académico, más que en cualquier otro, la lectura es un deber, no un lujo; una responsabilidad, no un hobby; una pasión, no un entretenimiento. 
Hace unos días Samuel Gitler, matemático miembro de El Colegio Nacional y de la Academia Mexicana de las Ciencias, declaró la necesidad de concentrar la atención en el desarrollo del hábito de lectura: "Basta que la gente aprenda a leer en español; ello será ganancia. Las matemáticas deben venir después". Gitler se refiere a la dificultad que observa en sus alumnos al momento de enfrentarse a problemas mal redactados incluso por especialistas. Y es que es tan obvio que a veces lo olvidamos: todas las materias deberían impartirse en una lengua que el estudiante, presumiblemente, debe dominar: su lengua materna. Si no la domina, tendrá problemas para comprender no sólo los versos de Neruda, sino también las lecciones de Historia y los problemas de matemáticas (que requieren de la lengua para ser expresadas). 
Creemos que dominamos la lengua española porque llevamos hablándola toda nuestra vida, pero el dominio no se limita al uso instrumental para efectos de comunicación. "Recibir una lengua en herencia es algo enorme, porque nos permite situarnos metafóricamente a hombros de nuestros antepasados (...) La lengua es un instrumento para entender el mundo y para expresarse, pero no es un saber natural en el ser humano; es un producto cultural y sólo llega a ser nuestro si aceptamos el trabajo de aprender a conocerla". (Enkvist 218-219).
No, la tragedia no está en los adolescentes que presentan la prueba PISA cada tres años; está en los adultos que no han asumido la responsabilidad de transmitir correctamente el legado de la lengua española a esos jóvenes. Basta revisar los mensajes que recibimos todos los días (vía mail, Twitter, Facebook...) para darnos cuenta de que el dominio es ilusorio: profesionistas que no acentúan mayúsculas (¡o no acentúan!), líderes incapaces de redactar o leer con corrección una cuartilla completa y adultos que responden sin rubor "Ninguno" cuando se les pregunta qué libro están leyendo... Tal es el verdadero problema. Lo demás es consecuencia de éste.  
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Enkvist, I. (2011). La buena y la mala educación. Ejemplos internacionales. Madrid: Encuentro. 

martes, junio 25, 2013

Mandela


Ayer, dos días después de que se informara el “estado crítico” de Nelson Mandela, empecé a leer el libro La buena y la mala educación, de Inger Enkvist. En él, la autora inicia desarrollando el concepto de crisis alrededor del cual se ha construido el discurso de los indignados (sobre todo en Europa, pero actualmente lo vemos en Brasil y Turquía). “Es verdad, dice Enkvist, que la plutocracia es responsable, y mucho, de la situación en la que nos encontramos. Pero no es verdad que no existan otras razones por las que la crisis se haya agravado.” Y apunta: “Lo que nos falta es un ideal que se eleve por encima del terreno baldío de la mera compra-venta, de las estrictas leyes del intercambio y del tanto vales”. Cuando leí estas últimas palabras me vino de inmediato a la mente la imagen de Mandela.
¿Saben qué es lo que más me desconcierta? Que muchos de nosotros no sabemos quién es. Y desde luego –supuesta esa ignorancia– aún menos entendemos por qué debería interesarnos saber quién es. Posiblemente hace unos días, sin el buzz mediático de su delicada salud (próximo a cumplir 95 años), pocos podríamos afirmar si estaba vivo o muerto.
No es este el espacio para repasar la vida y obra de este magnífico ser humano (hay libros y películas que cumplen bastante mejor esa función), pero sí me gustaría reflexionar en torno a la relevancia que tiene (o debería tener) una figura como la de Mandela en nuestros tiempos. Es importante conocerlo porque la suya es la historia de un hombre bueno que triunfó. En un país que hasta 1989 reservaba zonas de la playa para uso exclusivo de los blancos, Mandela se rebeló y en 1962 fue encarcelado acusado de sabotaje (en realidad, simplemente, luchaba contra el apartheid). Pasó 27 años en prisión, sufriendo todo tipo de vejaciones durante su encierro. Fue liberado en 1990 en medio de una turbulencia política que desmadejó al apartheid y amenazó con una guerra civil. En ese contexto Mandela se erigió como factor de unidad social y encauzó a Sudáfrica hacia el desarrollo económico. Su genio político fue reconocido mediante la concesión del Premio Nobel de la Paz en 1993 y la presidencia del país entre 1994 y 1999.
Y logró todo esto siendo bueno. Después de 27 años de injusta reclusión no se dejó dominar por el deseo de venganza (aún cuando pudo haber incendiado Sudáfrica con un par de decisiones que nadie habría podido reprocharle) y en vez de ello se dedicó a reconstruir un país que hoy despunta entre los llamados “en vías de desarrollo”. 
Triunfó porque prefirió ver el bien en las personas a las que el 99% de la gente habría de considerado imposibles de redimir. Si Naciones Unidas decretó que el apartheid era un crimen contra la humanidad, ¿qué mayores criminales que el ministro de Justicia del apartheid, el jefe militar supremo del apartheid, el jefe de Estado del apartheid? Sin embargo, Mandela apuntó directamente a la semilla oculta que albergaba a sus “ángeles buenos” y supo sacar la bondad que yace en el fondo de todas las personas. (…) Con su empeño en despertar e incitar lo que había de mejor en ellos y en todos los sudafricanos blancos, les ofreció un regalo de valor incalculable: hizo que pudieran sentirse mejores personas. (Carlin 316-17)      
Mandela morirá pronto y se levantará mucho polvo. Esta nota de El País da cuenta de su familia dividida, peleando incluso por las vajillas de la casa de Madiba (nombre de tribu de Mandela). El escándalo será mayúsculo. No nos dejemos distraer y recuperemos el valor de este hombre inigualable; recordemos que los buenos también existen… y ganan. Ganan contundentemente. Cuando el periodista inglés John Carlin le preguntó a Desmond Tutu cuál era el valor más perdurable de Mandela, el reverendo respondió: “Es fácil. Un amigo me dio la respuesta cuando me dijo: ‘Lo mejor de todo lo bueno que ha ocurrido es que puede volver a ocurrir’”.
Que así sea. 
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Para saber más: Muy recomendable entrada en el blog "África no es un país", del diario español El País. Se titula "Mandela, profundamente humano" y la firma José Naranjo. 
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Carlin, J. (2009). El factor humano. Nelson Mandela y el partido que salvó a una nación. México: Seix Barral.
Enkvist, I. (2011). La buena y la mala educación. Ejemplos internacionales. Madrid: Encuentro.  

miércoles, marzo 27, 2013

MOOCs: el debate por venir


Ojalá vivas tiempos interesantes, dice un proverbio chino. Y qué duda cabe de que los nuestros son tiempos interesantes: es ya un lugar común decir que en las últimas décadas la civilización humana ha logrado avances que no se habían podido ver en milenios. Sobre todo en lo que se refiere a ciencia y tecnología, es indiscutible que vivimos en mundos completamente distintos si comparamos nuestro presente con las dos o tres generaciones que nos preceden. Ejemplo: mis abuelos escuchaban música en fonógrafo; mis padres lo hicieron en LP’s y cassettes, yo viví el boom de los discos compactos, y los niños de ahora descargan su música en formato MP3.
Sin embargo, hay un rubro que --pese a los innegables avances tecnológicos de tiempos recientes-- no había visto cambios significativos en su forma de operar ni en su manera de asumirse ante la sociedad: me refiero a la educación. Todavía hoy, después de casi dos décadas de internet, computadoras portátiles y pizarrones multimedia la forma de impartir una clase sigue siendo esencialmente la misma que la de hace 500 años: el profesor dicta cátedra frente a su grupo, que recibe pasivamente el conocimiento del magister.
Sí, en las aulas medievales también encontrábamos al pupilo dormilón de la última fila.

Independientemente de los cambios de enfoque (aprendizaje basado en proyectos, problemas, competencias, etc.) la inmensa mayoría de los profesores seguimos teniendo como base la cátedra impartida desde un púlpito: que en vez de garabatos en el pizarrón usemos Power Point no implica ningún cambio sustancial en la forma de impartir clases. Hasta ahora.
Ya en una ocasión anterior tuve la oportunidad de explicar lo que son los MOOCs. De entonces a la fecha la moda se ha reforzado: Coursera llegó a los tres millones de usuarios y ha dado los primeros pasos hacia la monetización: ya ofrece “certificados verificados” por una cuota que oscila entre los 30 y los 100 dólares, dependiendo el curso. Tiene ya 62 universidades asociadas, incluidas la UNAM con tres cursos y el ITESM (con seis). 
Los retos son mayúsculos para los profesores que ahora más que nunca deben justifcar que sus alumnos paguen una colegiatura y se ciñan a la riguidez de un modelo de clases presenciales. Los adolescentes y jóvenes de ahora se preguntan (o se preguntarán pronto) qué valor tiene una cátedra de 90 minutos por la que pagan equis cantidad de dinero y para la que deben presentarse forzosamente en un salón de clases si Coursera o EdX ofrecen las mismas materias con profesores de Harvard o Yale gratis, a cualquier hora y en cualquier lugar. 
En los pasillos del Tec de Monterrey, en juntas con profesores, en cursos de capacitación y reuniones con conocidos no dejo de escuchar las mismas palabras cuando se habla del tema: este es el futuro de la educación. En redes sociales encuentro a colegas, consultores, empresarios y aficionados al tema que desbordan entusiasmo al afirmar que la educación en línea, gratuita, masiva y democrática llegó para quedarse. También he escuchado y leído lo contrario: que son una moda pasajera, que aligeran y pervierten el sentido educativo y que nada nunca sustituirá el valor de una clase presencial.  
Independientemente del argumento pedagógico (se aprende mejor con un profesor presente, entre gente con quien se comparte y enriquece el conocimiento) encontramos ya en el centro del debate un argumento económico expresado por el profesor Michael A. Cusumano del MIT: es claramente insostenible el modelo de los MOOCs gratuitos. Ponerle precio cero a la educación puede propiciar una crisis similar a la que sufren actualmente los periódicos o las revistas que a fines de los '90 ofrecieron sus contenidos a cambio de nada: una vez que ofreces algo gratis es muy complicado ponerle precio y convencer al usuario/consumidor de que vale la pena pagar por ello.
Y sumamos el factor social. En un artículo reciente, el semanario especializado Inside Higher Education reveló información del contrato que Coursera firma con sus universidades asociadas. El compromiso es ofrecer cursos exclusivamente de universidades avaladas por la Asociación de Universidades Norteamericanas (AAU por sus siglas en inglés) o por universidades que, si no son estadounidenses, comprueben que se encuentran entre las cinco mejor ranqueadas en su país. La AUU tiene registradas 62 universidades en Estados Unidos y Canadá, dos países en los que hay más de 4000 universidades y colleges que de facto no entran en los planes de Coursera y que muy probablemente tampoco cuenten con los recursos e infraestructura para iniciar una empresa de esa envergadura, aunque sí tengan profesores y programas competitivos a nivel global.   
Según cálculos del profesor Cusumano, este modelo de negocio dejaría fuera de los MOOCs a dos terceras partes de las universidades en el mundo y concentraría el mercado de la educación masiva en línea en un puñado de mega-universidades que controlarían la oferta de cursos a impartir (gratuitos o no).  
A diferencia de otros ámbitos, en los que algo parecido al darwinismo empresarial justificaría marginar a jugadores medianos o pequeños, cuando hablamos de educación vale la pena reflexionar si reducir la variedad implica aumentar la calidad; si cuando hablamos de generación y conservación del conocimiento lo "más apto" es también lo mejor... Y si nosotros preferiríamos, puestos a escoger, un programa presencial a uno en línea... 
El futuro de la educación está en juego, y la partida no ha hecho sino empezar. Son tiempos interesantes, ¡sin duda alguna!