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miércoles, enero 01, 2020

Será larga la noche



En la Colombia actual, la del "posconflicto" (o sea, después de los acuerdos de paz con las FARC en 2016), un enfrentamiento entre dos grupos muy fuertemente armados despierta el interés de un fiscal y una periodista, que deciden investigar. Se desencadena así una trama que nos lleva a saber que la batalla se debió a un ajuste de cuentas entre dos pastores evangélicos.

Gamboa pone sobre la mesa algunos temas interesantes. Ya mencioné el "posconflicto". También está, desde luego, el 'boom' de las iglesias evangélicas, que parece haber diversificado sus actividades (por decirlo de algún modo) infiltrándose en las cúpulas políticas no sólo de Colombia sino de toda América Latina. Sin embargo, estos asuntos se desarrollan poco y quedan sólo como una escenografía atractiva, pero mal aprovechada. 


En una entrevista con la BBC Gamboa afirma que ésta es más bien una novela de personajes. Que no importan tanto los hechos, sino quiénes los llevan a cabo. Me parece que si esa fue su apuesta, nos queda debiendo. Los personajes en torno a los que gira la historia (la periodista Julieta, el fiscal Jutsiñamuy y los dos pastores enfrentados) están bien construidos, pero ninguno llega a ser memorable. Las historias personales de los dos pastores, de hecho, dejan muy pronto de ser atractivas para convertirse en un hatajo de lugares comunes (orfandad, lucha contra varios obstáculos, traición, etc.) desarrollados muy a fuerza para justificar el enfrentamiento que detona la novela. 


Una de las mayores dificultades que enfrenta un autor de novela negra es llegar al final de su obra con coherencia, que la trama siga teniendo sentido... que no se te haga bolas el engrudo, pues. Gamboa, aunque es un autor curtido, no logra salir bien librado de esta misión. En el último tercio se le desmorona una trama razonablemente interesante y recurre a acciones absolutamente inverosímiles (una agente secreta con demasiada buena suerte resuelve todo en dos patadas), para darle los últimos empujones a la resolución del conflicto.  


Será larga la noche es una obra mediana, entretenida, epidérmica. Apenas digna para matar el tiempo en vacaciones. 


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Será larga la noche, de Santiago Gamboa, está editado por Alfaguara (2019). La versión electrónica (Kindle) cuesta $169. En México, la edición impresa estará disponible en febrero.

lunes, mayo 14, 2018

Tres libros para enseñar mejor


Aprovecho la llegada del Día del Maestro para recomendarles tres lecturas que han marcado una diferencia notable en mi forma de asumir la actividad a la que desde hace once años dedico mi vida: la educación. Si son padres y/o profesores les aseguro que estas obras les abrirán caminos a destinos desconocidos, pero que necesitan conocer.  
Lecciones de los maestros, de George Steiner (2004)
George Steiner (París, 1929), legendario profesor de literatura comparada y uno de los intelectuales más importantes del último medio siglo hace un recorrido de lo que significa ser maestro desde Sócrates hasta nuestros días, pasando por Jesús, Dante, Nietzsche y la tradición confucianista. ¿Por qué un profesor decide serlo? Y, como alumno, ¿qué sentido tiene asistir a clases en la era Google y Wikipedia? Responde el profesor Steiner: “Ningún medio mecánico, por expedito que sea; ningún materialismo, por triunfante que sea, pueden erradicar el amanecer que experimentamos cuando hemos comprendido a un Maestro. Esta alegría no logra en modo alguno aliviar la muerte. Pero nos hace enfurecernos por el desperdicio que supone porque llega un momento, siempre inevitable, en el que ya no hay tiempo para otra clase”.
Este libro me fue recomendado por Eduardo Díaz, alumno de la primera generación a la que di clases. Desde entonces he leído mucho sobre pedagogía, pero nada con la densidad filosófica desde la que Steiner aborda el tema.
Crear o morir, de Andrés Oppenheimer (2014)
No es precisamente un libro sobre educación, sino sobre innovación. Fue el primero que me puso clara la triste y enfadosa realidad de que en nuestro sistema educativo aniquilamos el sentido de riesgo que implica aprender en serio. Con este libro me di cuenta de lo acostrumbrados que estamos a “formar alumnos” para pasar pruebas que muy poco tienen qué ver con la vida real y cómo los condenamos a la mediocridad al convertirlos en timoratos que buscan certeza y estabilidad prácticamente sin haber vivido. Nos llenamos la boca cacareando las personalidades de Jobs, Gates, Zuckerberg y Branson… pero a la hora buena los formamos con el molde del Godín bien remunerado.
Este libro me lo recomendó también un exalumno, Diego Lara, una tarde que acudió a mi oficina para relatarme una crisis vocacional que atravesaba entonces. “Siento que no estoy aprendiendo nada en la universidad, que estoy perdiendo el tiempo”, me dijo. Leí el libro y lo entendí perfectamente.
Los bárbaros, de Alessandro Baricco (2009)
Este libro llegó a mis manos gracias a mi colega Claudia Magos. En él, Baricco analiza con muy altos vuelos literarios la brecha abierta entre jóvenes y adultos. Habla de la facilidad con la que los segundos calificamos a los primeros despectivamente (de “bárbaros”, en su acepción de "incivilizados", poco menos que salvajes). Pero sobre todo habla de lo mucho que perdemos cuando nos conformamos con esas etiquetas fáciles. Cuando escribió el libro, Baricco rebasaba ya la cincuentena, pero no se conformó con el cliché fácil de cargar contra la generación de Snapchat e Instagram. En vez de eso, intentó algo más digno de un profesor y padre inteligente (y bastante más difícil): comprenderlos. Su texto no concluye con la certeza falsa de "entender a los jóvenes", sino con la valiosa invitación a intentar hacerlo. Es un ensayo brillante y, desde mi perspectiva, nitroglicerina pura para muchas ideas dañinas pero muy cómodas que siguen vivitas y coleando entre profesores y padres de familia.  

domingo, abril 15, 2018

Descubriendo a Neil Gaiman



Neil Gaiman es uno de esos autores de los que he escuchado mucho, pero sé muy poco. Sé que es autor de una novela gráfica muy celebrada (The Sandman), también creador de novelas infantiles muy exitosas (Coraline) y de otras obras para adultos también muy bien tratadas por público y crítica (American Gods, en la que está basada la serie de Amazon).  

Este es, sin embargo, el primer libro que leo de él. Fue mi intento de acercarme no sólo a este célebre autor inglés, sino también a la mitología nórdica. 

El resultado fue bueno. Lo que nos ofrece Gaiman es una revisita a la mitología nórdica (que, nos cuenta, le fascina desde niño) que obtuvo de diversas fuentes. "Estuve trabajando mucho tiempo con numerosas traducciones de la Edda en prosa, de Snorri Sturludson, y de los versos de la Edda poética --palabras de hace más de novecientos años--, para decidir qué historias quería contar y cómo narrarlas, y combinar diferentes versiones de los mitos en prosa y en verso". 

No son estos mitos, desde luego, invenciones de Gaiman, sino reversiones suyas, pensadas para un público no conocedor. Conocemos así algunos detalles de la camarilla de dioses encabezados por Odín que, pese a su propensión a la voluptuosidad asumió desde el principio que la sabiduría no llega sin sacrificio (en su caso, el de un ojo). Están, desde luego, Loki y Thor (que se parece poco al de las películas de Marvel) y el lobo Fenrir y su protector Tyr (una de las historias más conmovedoras que he leído recientemente), y la explicación de por qué los salmones nadan contra corriente (ese Loki era un loquillo). 

Disfruté mucho esta lectura, por el doble hecho (ya mencionado) de que me acercó a un autor del que seguramente leeré más, y a una cultura que asumo lejana y estrafalaria, violenta y desconcertante. Adjetivos todos muy positivos cuando se habla de mitos y leyendas.   
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Mitos nórdicos, de Neil Gaiman, está editado bajo el sello editorial DESTINO. La edición impresa cuesta $248 (Gandhi); la digital $189 (Amazon Kindle).     

viernes, noviembre 25, 2016

Tres libros del invierno 2016

La chica del tren (Paula Hawkins)




Una de las novelas de moda; la película llega en octubre. Hawkins nos presenta una historia muy en la línea de Perdida (Flynn, 2012), contada desde distintos puntos de vista, ninguno de los cuales resulta precisamente confiable. La trama se construye a partir del asesinato de una joven mujer cuya vida --al menos en apariencia-- es perfecta. La chica del tren del título sería testigo clave del asesinato... si no fuera porque es alcohólica y tiene un conflicto de interés en el crimen. La novela es muy entretenida, pero no deja de ser un libro de verano para leer en el avión (o el tren, jeje). 

Editorial: Planeta
Precios (MXP): 278 impreso | 139 digital.

Despertad al Diplodocus (José Antonio Marina)




Desde hace años el filósofo español José Antonio Marina ha dedicado parte de su esfuerzo a estudiar el desarrollo del talento y la inteligencia. A la educación, pues. Este libro es un llamado a una revolución que cambie el paradigma educativo centrado en el aprendizaje nemotécnico y la burocracia escolar.  
La mayoría de los casos del libro están basados en experiencias españolas, pero muy bien pueden aplicarse a la realidad mexicana. Indispensable para ponerse al día en términos de los cambios que exige la pedagogía contemporánea. 

Editorial: Ariel
Precio (MXP): 169 digital. No se encuentra a la venta en edición impresa. 

Piensa como un artista (Will Gompertz)




Si lo tuyo es el arte, o cualquier otra actividad relacionada con la creatividad, esta lectura es ineludible. Will Gompertz, director de Arte de la BBC y exdirector de comunicación de la Tate Gallery, revisa varios casos de artistas (de Miguel Ángel a Damien Hirst). La redacción es lúcida y fresca. Los ejemplos están centrados en las artes plásticas, pero funcionan maravillosamente para argumentar en favor de la enseñanza del arte como medio para desarrollar una de las cualidades más valiosas de las próximas generaciones: la creatividad. Incluye ilustraciones a color de muy alta calidad. 

Editorial: Taurus
Precios (MXP): 199 impreso | 159 digital 

domingo, mayo 03, 2015

Leer a Galeano, leer a Grass


Por Alicia Barrientos MacGregor

Entrar a la universidad significó muchos cambios, más de los que yo creía. Venía de un contexto tradicional, pequeñoburgués, dirían los marxistas. No tenía idea de que en el Cono Sur se libraba una guerra sucia, donde los jóvenes desaparecían de un día para otro y se desintegraban las familias. Esas circunstancias, que ignoraba,  vinieron a marcarme desde el primer semestre de la carrera. Profesores exiliados de sus países sudamericanos me hicieron comprender que el mundo no era tan color de rosa. Recuerdo especialmente a Óscar Zapata de Teoría pedagógica y a Hugo Gramajo de Seminario de Teatro, los dos argentinos, así como a Enrique Fierro de Literatura Latinoamericana, uruguayo bastante soberbio por su amistad con Paz (sí, con Octavio) que no me enseñó mucho. Fue Óscar Zapata quien nos dejó leer Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano. Le urgía que nos concientizáramos para tener una perspectiva crítica y revolucionaria. La mayoría de mis profesores fueron de izquierda, algunos bastante marxistas, pero lo que siempre agradeceré de ellos fue su rigor metodológico, la enorme cantidad de lecturas que me obligaron a leer y la disciplina de dudar de todo aquello que no estuviera bien fundamentado. No he leído mucho más de ese tipo de lecturas, pero debo aceptar que me marcaron y que fueron muy formativas en ese momento.

Mi madre, que leía de todo a pesar de tener una formación inconclusa de química farmacobióloga, me dio a conocer a Günter Grass. Ella venía de una familia de ocho hermanos, donde por lo menos cinco eran lectores voraces. Los abuelos también lo fueron. En la casa de mis padres siempre hubo libros, más que juguetes. Supongo que el gusto de mi madre por Grass vino por la referencia a la II Guerra Mundial y la convivencia en la escuela con judíos askenazi, sobre todo polacos. Uno de mis tíos coleccionó todos los periódicos que hablaban de la guerra, hasta que que un día la abuela no pudo más y se los tiró. Pero no sólo el referente histórico fue importante, sino también el humor, el terrible humor de Grass, negro, ácido; la pérdida de la inocencia para convertirse en algo burlón, transgresor. Hay partes en las novelas de Grass que son políticamente incorrectas en extremo, por lo cual ha causado más de una polémica. Es el encontrar los sabores fuertes de una Europa no edulcorada por Estados Unidos, donde todo pretende ser light, suave, anodino, insípido. Aunque a veces se llegue a "degustar" un caldo de inmundicias como tuvo que hacerlo el increíble Oskar Matzerath, la literatura de Grass no es para gustos delicados, pero lleva a profundizar en el carácter más hondo del ser humano.
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La autora es licenciada en Lengua y Literatura Españolas por la UNAM, profesora de Literatura y coordinadora académica del programa del Bachillerato Internacional en la Prepa del Tec de Monterrey Campus Estado de México.

miércoles, marzo 25, 2015

HHhH



A Carmen Torres, con gratitud inmensa.

Hace algunos años tuve el gusto de viajar a Praga invitado por una amiga (la Carmen a quien dedico este post). Ella y su esposo (Pepe) han sido los mejores anfitriones que he tenido y uno de los lugares que me llevaron a visitar fue Lidice. Cuando me comunicaron su plan me dio un poco de grima. No me entusiasmó demasiado pasar medio día de los pocos que estuve en su hermoso país en un parque, por mucha historia que éste contara. 

A los pocos minutos de estar ahí, me di cuenta de lo tonto que había sido. Escribí:

"Hoy Lidice es un parque hermoso del que no se debe elogiar su belleza. Un lugar por el que no se puede caminar con la cabeza erguida. Hay una pesadez que obliga a bajar la mirada. Es vergüenza y compasión. No eran sólo nazis y checos. Fuimos todos.
Lo más terrible es cuando uno reflexiona sobre el asesinato sistemático de un pueblo, la orden de borrar un lugar del mapa y las personas que obedecieron con el gusto del deber cumplido.
Uno se pregunta por qué.

Y la única respuesta es el silencio". 

Para quienes no estén familiarizados con lo que ocurrió ahí, sepan que el 27 de mayo de 1942, dos rebeldes (uno checo y otro eslovaco) asesinaron en Praga a Reinhardt Heydrich, uno de los predilectos de Hitler, y a quien se había encargado la germanización de Bohemia y Moravia. Cuando el dictador se enteró, ordenó una investigación que arrojó, equivocadamente, la pista de que los asesinos eran oriundos de Lidice, un poblado a 25 minutos de la capital. Sin importar la poca veracidad de esa información, y urgido de dar un manotazo de autoridad, Hitler ordenó arrasar con el lugar hasta los cimientos. Las órdenes del führer se cumplieron con inhumana diligencia. Además de fusilar a todos los hombres y echar a las mujeres y niños a un tren que los enviará a campos de concentración, "se profana el cementerio, se asolan los huertos, se incendian los edificios y se vierte sal en la tierra para asegurarse de que nada crecerá en ella. Unas aplanadoras aplastan las ruinas. No debe quedar ningún rastro, ni siquiera el espacio que ocupó el pueblo". (Binet, 354) 

Mención aparte merecen los rebeldes asesinos de Heydrich, que se ocultan durante varios días en una iglesia y, cuando son delatados, resisten durante horas a más de 800 integrantes de las SS y la Gestapo, que deben intentar ahogarlos (literalmente: inundando el lugar en el que se esconden) para poder dominarlos. 

Esta historia la narra de manera formidable Laurent Binet en su libro HHhH, híbrido de novela, ensayo y cuaderno de notas, que le mereció en 2009 el Premio Goncourt de Primera Novela y los elogios más vehementes de público y crítica que leído en mucho tiempo. Muestra de ello es la reseña que Mario Vargas Llosa publicó en 2011 a propósito de esta obra que hoy les recomiendo sin ambigüedad alguna. Es —para decirlo pronto— un libro cuya lectura recordarán toda la vida.  

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Para saber más: Pueden ver aquí una entrevista que RTVE le hizo a Binet a propósito de la publicación de HHhH en España (2011).

lunes, marzo 23, 2015

Las condiciones de la actitud creativa, según Erich Fromm



1. Capacidad de asombro

Los niños conservan todavía esta aptitud. Todos sus afanes consisten en intentar orientarse en un mundo nuevo, en captar las cosas siempre nuevas que aprenden a experimentar. Se asombran, se sorprenden, se maravillan y, gracias a ello, su reacción es creativa. Sin embargo, en cuanto se incorporan al proceso educativo, suelen perder esa capacidad. Sienten que deben saberlo todo y que, por lo tanto, es un signo de ignorancia sorprenderse o asombrarse ante algo.

2. Capacidad de concentración.

Una rara cualidad en la cultura occidental. Estamos permanentemente ocupados, pero sin concentración. Mientras desarrollamos una determinada actividad, ya estamos pensando en lo que haremos a continuación. Si es posible nos dedicamos simultáneamente a varias actividades. Hacemos cinco cosas a la vez, lo cual significa que no hacemos nada, puesto que no desarrollamos ninguna actividad con todas nuestras capacidades. 

3. La experiencia del yo.

La palabra yo y demás formas de primera persona forman parte de las últimas expresiones que aprende el niño en el desarrollo de su capacidad lingüística, pero en cuanto las adquiere las utiliza sin parar. Al expresar una opinión, por ejemplo, decimos: "Creo" en esto o aquello. Si se analiza la opinión, sin embargo, se descubre que la persona sólo expresa lo que le enseñaron sus padres cuando era niño. Está sujeto a la ilusión de que es él quien piensa eso, cuando en realidad sería más correcto decir: "Esto se piensa en mí". Es la misma fantasía que tendría el tocadiscos si dijera: "Estoy tocando una sinfonía de Mozart", cuando sabemos que somos nosotros quienes ponemos el disco en el tocadiscos y que éste se limita a reproducir lo que está grabado ahí. 

4. Capacidad de aceptar el conflicto.

Esta idea contrasta con el clima de opinión actual, en el que se intenta evitar el conflicto en la medida de lo posible. Toda la educación moderna tiende a evitar al niño la experiencia del conflicto. Existe una superstición general de que los conflictos son dañinos y de que, por tanto, es mejor evitarlos. Lo verdadero es justamente lo contrario. Los conflictos son el origen del sentimiento de asombro, del desarrollo de la fortaleza, de lo que antes se denominaba "carácter". Si se evitan los conflictos, uno se convierte en una máquina bien engrasada, donde todo afecto se nivela de inmediato, donde se automatizan todos los deseos, donde se homogenizan todos los sentimientos. 

5. La voluntad de nacer todos los días.

Todo acto de nacimiento requiere la valentía de renunciar a algo, de salir del útero, de abandonar el pecho, de separarse del regazo, de soltar la mano, de perder todas las certezas y apoyarse en una única cosa: la capacidad de ser consciente y reaccionar, es decir, la propia creatividad. Ser creativo significa considerar la trayectoria vital como un proceso de nacimiento constante, sin concebir ninguna fase de la vida como final. Lo más común es morir sin haber nacido plenamente. La creatividad significa nacer antes de morir. 

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Fromm, E. (2007). La vida auténtica. Barcelona: Paidós.

domingo, enero 18, 2015

¡Que vienen los bárbaros!

Para Claudia Magos, con amor, mutatis mutandis. 



Hay algo admirable y conmovedor en la actitud que Alessandro Baricco adopta en este libro. Baricco, periodista y literato italiano, pertenece a la generación que, en su mayor parte, define su relación con los adolescentes y jóvenes de ahora como una batalla. Para que lean, para que escuchen buena música, para que respeten y aprendan del pasado, etcétera. Una generación cabreada con sus hijos y nietos, empeñada en convencerse de que antes la educación era mejor, la moral verdadera y el futuro, claro y prometedor. Baricco es de esa generación, pues. Pero no se instala en el cliché facilón de cargar contra los chicos del iPhone y la tablet o de acusarlos de estultos porque usan Wikipedia. No, Baricco intenta algo más digno de un tipo con tres dedos de frente, y bastante más difícil: comprenderlos. Y explicarlos. A ellos, a los bárbaros. Ejemplo:

La relación con el pasado no es un principio estético, no es una forma de elegancia: es la respuesta  a un hambre. El pasado no existe: es  un material del presente. Probablemente será verdad, piensa el bárbaro, eso de que el asado al barolo es mejor que esta horrorosa hamburguesa: pero yo tengo hambre aquí y ahora, y si tengo que ir hasta las Langas para comer esa gloria, voy a llegar muerto allí. Sobre todo desde que el camino para las Langas se ha convertido en un viaje larguísimo, selectivo, sofisticado, elitista y un auténtico coñazo. De manera que aquí me quedo. Y me como mi hamburguesa, escuchando en mi iPod Las estaciones de Vivaldi, en versión rock, leyendo al mismo tiempo un manga japonés, y sobre todo invirtiendo diez minutos, diez, así salgo de nuevo a la calle, y ya no tengo hambre, y el mundo está ahí, para ser atravesado. Es una postura discutible. Pero es una postura: no es ninguna locura. (p. 172)


El libro concluye con un epílogo de vuelos líricos titulado "La Gran Muralla", que el autor anuncia desde el principio de su obra y que, claro, fue redactado durante su viaje a la China emergente como economía dominante del planeta. 

No puedo dejar de recomendar un libro con el que mi marcatextos tuvo una relación impúdica, y que tantos signos de admiración y "wow" tiene en sus márgenes. Tremendo ensayo: provocador y potente, deja mucho qué pensar. Y, sobre todo, mucho qué hacer.

lunes, diciembre 01, 2014

Generación APP


Una de las más recurrentes inquietudes de quienes trabajamos con y para adolescentes reside en el tan cacareado hecho de que pertenecen a una generación distinta a la nuestra, es decir, a la primera generación cien por ciento digital en el sentido de que, nacidos en los últimos años del siglo pasado, no conocieron (al menos no conscientemente) el mundo antes de internet, facebook, smartphones y demás maravillas de la vida en línea. 

La inquietud aumenta cuando constatamos que psicólogos, sociólogos y pedagogos, entre otros especialistas de la educación, emiten opiniones discordantes (y a veces francamente contradictorias) al reflexionar sobre las características de la generación (o las generaciones, según se vea) que ahora está en las aulas. Ejemplo: Dan Tapscott en su libro La era digital (McGraw Hill, 2009) no tiene reparo en ensalzar las cualidades de los adolescentes de hoy: "Como la primera generación global de todos los tiempos, los Net Geners son más listos, más rápidos y más tolerantes a la diversidad que sus precursores" (Tapscott, 6). El autor, asesor de negocios en Canadá, enuncia ocho características de los nacidos de mediados de los '90 en adelante: 
  1. Aprecian la libertad y la libertad de elección.
  2. Desean personalizar las cosas, hacerlas por sí mismos.
  3. Son colaboradores naturales que disfrutan de una conversación, pero no de un sermón.
  4. Lo escrutarán a usted y a su organización.
  5. Insistirán en la integridad.
  6. Querrán divertirse, incluso en el trabajo y en la escuela.
  7. La velocidad es normal.
  8. La innovación es parte de la vida.
Un año después, en 2010, Nicholas Carr publicó Superficiales. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? (Taurus, 2010). Como lo señala el título de su obra, Carr no analiza específicamente a la actual generación de adolescentes, sino que dedica su atención a los efectos de nuestra vida en línea. No es muy optimista al respecto. Un ejemplo:
Una sola página web puede contener fragmentos de texto, video y audio, una variada gama de herramientas de navegación, diversos anuncios y varias pequeñas aplicaciones de software o widgets, que se ejecutan en sus propias ventanas. Todos sabemos cómo puede llegar a distraernos esta cacofonía de estímulos. Pero nos lo tomamos a broma. Un nuevo mensaje de correo electrónico anuncia su llegada cuando ojeábamos los titulares más recientes de un periódico digital. Unos segundos más tarde, nuestro lector RSS nos informa de que uno de nuestros blogueros favoritos ha publicado un nuevo post. Unos momentos después nuestro teléfono móvil reproduce la melodía que indica la entrada de un mensaje de texto. Al mismo tiempo, una alerta de Facebook o Twitter parpadea en la pantalla. (Carr, 116)   
Puede que el tono de Carr sea levemente catastrofista, pero estoy seguro de que la mayoría puede identificarse con esos momentos de sobre-estimulación que, a decir del autor, no llevan a algo bueno.

Al tren del estudio de los cambios que la tecnología ha propiciado en la forma en que aprendemos se ha subido Howard Gardner con su obra Generación APP (Paidós, 2014) en la que define a este grupo de edad en los siguientes términos:
Nuestra teoría es que los jóvenes de ahora no sólo crecen rodeados de aplicaciones, sino que además han llegado a entender el mundo como un conjunto de aplicaciones, a ver sus vidas como una serie de aplicaciones ordenadas o quizás, en muchos casos, como una única aplicación que se prolonga en el tiempo y les acompaña de la cuna a la tumba. (Gardner, 15)
La opinión de Gardner sobre el asunto es acaso más relevante que la de los autores antes mencionados si consideramos que lleva más de tres décadas dedicado a la psicología cognitiva: fue él quien en 1983 cimbró el mundo educativo con su teoría de las inteligencias múltiples, que dio al traste con el modelo de educación estandarizado (y, tristemente, todavía en uso en la mayor parte de las escuelas del mundo). 

En Generación APP Gardner nos queda a deber una posición clara al respecto. No es esto necesariamente malo. Antes lo contrario: Gardner toma una distancia prudente ante la velocidad de los cambios suscitados por la tecnología en el ámbito educativo y concluye, inteligentemente, que estos cambios pueden resultar tanto positivos como negativos dependiendo de los factores que los acompañen (personalidad del alumno, la escuela en la que estudien, los valores familiares, etc.). En sus palabras
Los medios digitales pueden ejercer un efecto liberador sobre los jóvenes ya predispuestos a experimentar e imaginar, mientras que congelarían a la creciente proporción de jóvenes que prefieren seguir el camino de la mínima resistencia. (Gardner, 152)
Afortunadamente en este tema estamos muy lejos de escuchar la última palabra. Entretanto, Generación APP es una lectura altamente recomendable para padres de familia, profesores y en general cualquier persona interesada en cómo aprendemos.  

lunes, marzo 17, 2014

Leer. Despertar.

Hace un rato encontré en Spotify el soundtrack de The Power of One (Avildsen, 1992). Tenía años de no escucharlo. Ésa es una película que me cambió la vida. Ignoro si es buena o mala, sé que su impacto fue devastador en mi existencia preadolescente.


La vi con mi padre en un cine que ya no existe (el Agustín Lara, donde ahora hay un Office Depot) y tengo el recuerdo de haber llorado al terminar de verla. No la he vuelto a ver desde entonces. 
Más allá de la anécdota personal, y del debate acerca de si la película es buena o no, me gustaría compartir con ustedes por qué fue importante para mí: me abrió los ojos a la crueldad y el dolor humano. La trama gira en torno a la vida de un niño blanco que crece en la Sudáfrica del apartheid años antes de la II Guerra Mundial. Ahí toma como maestro de boxeo (y, hasta cierto punto, de vida) a un hombre negro. Pueden imaginar algunos de los giros dramáticos que depara esa pareja de protagonistas. Creo que nunca había sido consciente de una verdad que no me ha abandonado desde entonces: el Mal (así, con mayúscula) es el común denominador de las acciones humanas. Retomo una recientísima lectura que acabo de terminar: el libro Lecturas sobre la lectura, de Alberto Manguel (2011):
Como nos enseña nuestra lectura, la historia es el relato de una larga noche de injusticia: la Alemania de Hitler, la Rusia de Stalin, la Sudáfrica del apartheid, la Rumania de Ceausescu, la China de la Plaza Tiananmen, los Estados Unidos del senador McCarthy, la Cuba de Castro, el Chile de Pinochet, el Paraguay de Stroessner, y una lista interminable de otros más que conforman el mapa de nuestro tiempo. Parece como que vivimos en sociedades déspotas o justo al margen. Nunca estamos a salvo, ni siquiera en nuestras pequeñas democracias. Al pensar en lo poco que tomó para que ciudadanos franceses de bien abuchearan los convoyes de niños judíos metidos como ganado en camiones, o para que canadienses educados apedrearan a mujeres y ancianos en la reservación de Oka cuando los indígenas protestaron por la construcción de un campo de golf, no tenemos derecho a sentirnos a salvo. (Manguel, 379)
Manguel vuelve sobre la misma idea un poco más adelante en ese volumen de ensayos que, huelga decir, les recomiendo ampliamente:
Sólo nosotros vivimos conscientes de que vivimos y, por medio de un código de palabras medio compartido, somos capaces de reflexionar sobre nuestras acciones, sean éstas contradictorias o inexplicables. Sanamos y ayudamos, nos sacrificamos y expresamos preocupación y compasión, creamos artificios maravillosos y artefactos milagrosos para entender mejor el mundo y a nosotros mismos. Y al mismo tiempo, construimos nuestras vidas sobre supersticiones, acumulamos sin otro propósito que la avaricia, causamos dolor deliberado a otras criaturas, envenenamos el agua y el aire que necesitamos para vivir, y finalmente llevamos nuestro planeta al borde de la destrucción. Todo esto lo hacemos con plena consciencia de nuestras acciones, como si estuviéramos sumergidos en un sueño en el que hacemos lo que sabemos que no debíamos y nos abstenemos de hacer lo que deberíamos. (Manguel, 405-406)  
No soy tan ingenuo como para asumir que conozco el momento o los motivos que determinan si estamos de un lado o del otro, si somos buenos o malos. Constantemente cruzamos esa frontera sin un patrón establecido. Todos somos capaces de la abyección más perversa y de la más sublime bondad. Y por ello, porque cruzamos alegre y pesarosamente a la vez esa línea esgrimiendo nuestro libre albedrío como suficiente razón para ello, pienso que Manguel tiene razón: no tenemos derecho a sentirnos a salvo. Así las cosas, lo menos que podemos hacer es mantenernos atentos, conscientes. Despiertos.  

martes, marzo 11, 2014

Si pudiera vivir nuevamente...

Les apuesto doble contra sencillo a que se han topado con alguien que cita el poema "Si pudiera vivir nuevamente mi vida" diciendo que es de Jorge Luis Borges. A mí, en más de una ocasión, me han recitado aquellos versos y, cuando me dicen que son de Borges (un escritor al que saben que respeto), mis interlocutores me obligan a reservarme mis comentarios respecto a la cursilería de ese texto. Hasta ahora. Acabo de encontrar las siguientes líneas en el libro Lecturas sobre la lectura, de Alberto Manguel (Océano, 2011), que me ha resultado un auténtico desfacedor de este entuerto:

En 1989, la revista mexicana Plural, fundada por el poeta Octavio Paz, publicó un poema titulado "Instantes", supuestamente escrito por Borges el año de su muerte. Lo precedía un comentario de un tal Mauricio Ciechanower, quien señalaba que era una "pieza preñada de un poder de síntesis magistral". El poema es una reflexión tonta y acaramelada que no estaría fuera de lugar en una tarjeta de felicitación. Dice:

Si pudiera vivir nuevamente mi vida...
En la próxima cometería más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría mas.
Sería más tonto de lo que he sido,
de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico.
Correría mas riesgos, haría más viajes,
contemplaría más atardeceres,
subiría más montañas, nadaría más ríos.
Iría a más lugares a donde nunca he ido,
comería más helados y menos habas,
tendría más problemas reales y menos imaginarios.
Yo fui de esas personas que vivió sensata
y prolíficamente cada minuto de su vida;
claro que tuve alegrias.
Pero si pudiera volver atrás trataría
de tener solamente buenos momentos.
Por si no lo saben, de eso esta hecha la vida,
solo de momentos.
¡No! no te pierdas el ahora.
Yo era uno de esos que nunca iban a ninguna parte
sin un termómetro, una bolsa de agua caliente,
un paraguas y un paracaídas.
Si pudiera volver a vivir 
comenzaría a andar descalzo
a principios de la primavera y
seguiría así hasta concluir el otoño.
Daría más vueltas en calesita;
contemplaría más amaneceres
y jugaría con los niños,
si tuviera otra vida por delante...
Pero ya ven,
tengo 85 años y se que me estoy muriendo...

Tres años después, los versos aparecieron traducidos por Alastair Reid, quien antes había hecho traducciones estupendas de varias piezas de Borges, en el Queen's Quarterly. Nadie objetó.
Luego, el 9 de mayo de 1999, el crítico Francisco Peregil publicó en el diario El País de Madrid la siguiente revelación: "La verdadera autora del apócrifo es una desconocida poetisa norteamericana llamada Nadine Stair, que lo publicó en 1978, ocho años antes de que Borges muriera, en Ginebra, a los 86 años". El texto (como una ampulosa pieza de prosa poética) apareció en la revista Family Circus de Louisville, Kentucky el 27 de marzo de 1978, y desde entonces ha aparecido, en una serie de versiones diferentes, en todo tipo de lugares, desde Selecciones hasta impreso en camisetas. 

domingo, julio 21, 2013

Tolle, lege

(Agradezco a Claudia Huerta la recomendación del video que ilustra esta entrada)
Hace algunos días concluí la lectura de La buena y la mala educación. Ejemplos internacionales, de la profesora sueca Inger Enkvist. Hay mucho qué comentar al respecto, pero me gustaría dedicar esta entrada del blog a la columna vertebral del libro: la importancia del dominio de la lengua materna que ha propiciarse durante la educación escolarizada.
Vale la pena recordar el dato de que México es el último lugar en la prueba PISA que aplica la OCDE cada tres años. En 2009, cuando el examen se concentró en comprensión lectora, los resultados fueron alarmantes: 40.1% de los adolescentes que presentaron la prueba se ubicaron en un nivel de comprensión insuficiente para acceder a estudios superiores y desarrollar las actividades que exige la vida en sociedad. 
Es muy triste leer ese dato, “darle el golpe”, pero es peor lo que viene después: la reflexión en torno a ese fracaso. Porque es muy fácil llenarse la boca culpando al sindicato, a los maestros, al gobierno, a los videojuegos, a las nuevas tecnologías y a un montón de chivos expiatorios más. Lo difícil es aceptar el otro dato: que en México leemos 2.9 libros al año. El plural (leemos) nos incluye a los adultos que educamos a los adolescentes que cada tres años presentan la prueba PISA. ¿Cómo les reclamamos a los jóvenes cuando en muchos casos nosotros mismos no hemos desarrollado el hábito de la lectura? Y es que en casa los padres tampoco leen: en el 55% de los hogares mexicanos hay menos de 10 libros no escolares; sólo el 2% tiene más de 100 libros en casa. Pero, ¡tranquilos!, por fortuna tenemos a los profesores, faros de luz que leen mucho y recomiendan estupendas lecturas a sus alumnos… ¿O no? Pues no. Entre adultos los profesores leen menos que el promedio nacional, es decir, 2.6 libros al año. Y si los profesores no leemos, ¿con qué cara entramos a un salón para invitar a nuestros alumnos a leer (en caso, claro, de que los invitemos y no los forcemos a hacerlo)?
Lo interesante es que, como dice Enkvist en su libro: "Sólo una pequeña parte del aprendizaje de la lengua se hace en las clases de lengua y literatura. La parte más importante del desarrollo del lenguaje tiene lugar durante el estudio y el uso del lenguaje en otras materias, mientras se lucha con las tareas escolares en casa y durante la lectura que realizan los alumnos durante su tiempo de ocio". (Enkvist, 178-179)
En otras palabras: el desarrollo de habilidades de comprensión de lectura no es facultad exclusiva de los profesores de Español. Sin importar la materia que impartan, todos los profesores son corresponsables en esta tarea. Es una pena, en este contexto, que la mayoría de los profesores lean tan poco. Y que de hecho esgriman la excusa de siempre para explicar esa deficiencia: "No tengo tiempo". En el ámbito académico, más que en cualquier otro, la lectura es un deber, no un lujo; una responsabilidad, no un hobby; una pasión, no un entretenimiento. 
Hace unos días Samuel Gitler, matemático miembro de El Colegio Nacional y de la Academia Mexicana de las Ciencias, declaró la necesidad de concentrar la atención en el desarrollo del hábito de lectura: "Basta que la gente aprenda a leer en español; ello será ganancia. Las matemáticas deben venir después". Gitler se refiere a la dificultad que observa en sus alumnos al momento de enfrentarse a problemas mal redactados incluso por especialistas. Y es que es tan obvio que a veces lo olvidamos: todas las materias deberían impartirse en una lengua que el estudiante, presumiblemente, debe dominar: su lengua materna. Si no la domina, tendrá problemas para comprender no sólo los versos de Neruda, sino también las lecciones de Historia y los problemas de matemáticas (que requieren de la lengua para ser expresadas). 
Creemos que dominamos la lengua española porque llevamos hablándola toda nuestra vida, pero el dominio no se limita al uso instrumental para efectos de comunicación. "Recibir una lengua en herencia es algo enorme, porque nos permite situarnos metafóricamente a hombros de nuestros antepasados (...) La lengua es un instrumento para entender el mundo y para expresarse, pero no es un saber natural en el ser humano; es un producto cultural y sólo llega a ser nuestro si aceptamos el trabajo de aprender a conocerla". (Enkvist 218-219).
No, la tragedia no está en los adolescentes que presentan la prueba PISA cada tres años; está en los adultos que no han asumido la responsabilidad de transmitir correctamente el legado de la lengua española a esos jóvenes. Basta revisar los mensajes que recibimos todos los días (vía mail, Twitter, Facebook...) para darnos cuenta de que el dominio es ilusorio: profesionistas que no acentúan mayúsculas (¡o no acentúan!), líderes incapaces de redactar o leer con corrección una cuartilla completa y adultos que responden sin rubor "Ninguno" cuando se les pregunta qué libro están leyendo... Tal es el verdadero problema. Lo demás es consecuencia de éste.  
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Enkvist, I. (2011). La buena y la mala educación. Ejemplos internacionales. Madrid: Encuentro. 

martes, junio 04, 2013

Auschwitz en Santa Fe

Fotograma de Tiempos modernos (Chaplin, 1936)

(Segunda de dos partes)
Hace unos días, a raíz de la lectura de Miedo absoluto, inicié un intercambio epistolar (eso es, en los tiempos que corren, vía correo electrónico) con el autor de ese libro, José Luis Trueba Lara, quien muy amablemente respondió a las preguntas que hice sobre su obra. Conforme avanzábamos en esos intercambiamos me di cuenta, no sin alegría, de que la posición de Trueba Lara no está exenta de esperanza. No es esto lo que se deduce del final de su libro, en el que el suicidio se perfila como la única solución real de los empleados/prisioneros para escapar de los campos de exterminio/empresas. Desasosiego es una palabra demasiado suave para definir la sensación que deja el libro al terminarlo; más preciso sería decir ruptura o resquebrajamiento. Pero no todo está perdido... o al menos eso parece. Transcribo a continuación dicho intercambio. 
Teniendo en cuenta que por lo que sé eres o fuiste profesor universitario, después de leer el libro y sobre todo el primer capítulo que se refiere a la formación en aulas de los alumnos/clientes, ¿qué sentido tiene el trabajo de un profesor en el contexto que planteas?
Soy profesor universitario y espero seguir siéndolo hasta que el cuerpo aguante; las razones para serlo son simples, sencillas: me gusta encontrarme con mis alumnos, me encanta conversar con ellos (creo que mis clases sólo son eso: conversaciones sobre temas específicos), me fascina la libertad que respiro y tengo en el campus. Soy un profesor universitario feliz y orgulloso, tal vez por eso me molestan y me endiablan algunas cosas que pasan. Que hoy tenemos problemas en todo el sistema universitario, es un hecho; pero también creo que esas dificultades no son eternas: el saber puede sobrevivirlos y, aunque a veces enfrente días nublados, como ya los ha enfrentado en otros lugares y tiempos, al final brillará sin problemas.
Considero que la educación es la “bala de plata” que nos permite a algunos mantener una esperanza (pálida y endeble, pero esperanza al fin) respecto al futuro. Pienso que a través de ella (de la educación) los profesores realizamos todos los días actos de resistencia  social, intelectual, política y económica cuando procuramos en nuestros alumnos el desarrollo de un pensamiento crítico, la consciencia de su entorno y el avivamiento (contra el adormecimiento) de su sentido ético. Creo en ello cada vez que planeo una clase y la imparto. ¿Estás de acuerdo con esa perspectiva? ¿No? ¿Por qué?
Aquí la respuesta es un poco más compleja: ¿la educación de cuál alumno? Creo que los profesores tenemos distintos tipos de alumnos: algunos sólo nos acompañan para prepararse para el trabajo, eso está muy bien, pero no esperemos de ellos investigadores ni filósofos, sino gente productiva y capaz; otros, en cambio, están ahí para aprender, para desafiar al conocimiento y, unos más, lamentablemente, no tienen la más remota idea de qué hacen ahí (pienso, por ejemplo, en los expertos en cafetería y antros). Cada uno de estos alumnos tiene una “bala de plata” distinta: los primeros quieren aprender a hacer cosas, a hacer suya la mentalidad empresarial y, en este sentido, creo que la universidad —tal y como es— les ofrece buenas armas; los segundos quieren adentrarse en el saber y a ellos —inexorablemente— siempre les quedamos cortos la mayoría de los profesores y la universidad casi siempre estará en deuda con su inteligencia; los últimos, bueno, qué le vamos a hacer... ellos nos quedan debiendo a todos: a la universidad, a sus profes, a sus padres, a la sociedad que en muchos casos invirtió en su formación. Creo que la educación sí es una “bala de plata”, pero inexorablemente tiene distintos calibres y a cada uno le corresponde el que quiere tener.
En esta misma línea, ¿qué opinión te merecen los esfuerzos hechos por diversas instituciones –públicas y privadas– para subirse al barco de la innovación educativa?
Te confieso que la idea de modernizar la enseñanza me asusta un poco y no me convence del todo: creo que las famosísimas TICs no tienen la capacidad de sustituir a la conversación, a las preguntas y las respuestas, al encuentro con lo humano. Yo sigo siendo un profesor del pasado, y eso no me causa mucho pesar, pues lo importante no es que los alumnos tengan una clase del siglo XXI, sino que se atrevan a pensar. Por supuesto que estas palabras no significan que la tecnología debe ser abolida de las aulas, creo en las diferencias: y si yo converso en mis clases, también puede haber un profe hipertecnologizado que logre los mismos resultados.
Creo que el asunto no es muy grave —o por lo menos es menos grave de lo que parece—. Me explico con un ejemplo: en muchas universidades de alta tecnología, los muchachos que estudian medicina aprenden a operar con maniquís robotizados, esto parece muy padre, da una impresionante señal de desarrollo tecnológico y, sobre todo, es muy apantallante; sin embargo, aquí valdría la pena hacerse una pregunta: ¿el rector de esa universidad se dejaría operar del apéndice por un médico que sólo ha trabajado con estos maniquís? Creo que la respuesta es obvia: este tipo de enseñanza pronto se morderá la cola y volverá el sentido común. Los bárbaros —por tecnologizados que estén— siempre terminan aceptando la cultura, la enseñanza de a deveras, pues de otra manera perecerían por malas operaciones del apéndice. No nos preocupemos por las tablets, los power points, la multimedia, los foros de debate y las maravillas llenas de transistores... son flores de un día; al final, la tradición volverá a imponerse por un par de razones: sólo ella puede transmitir la herencia de a deveras y sólo ella —aunque suene extraño— es revolucionaria: hoy, el buen Aristóteles es mucho más atrevido que los novísimos profetas, y lo mismo podría decirse de todos aquellos grandes que no tuvieron la desgracia de tener una tableta.
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Miedo absoluto, de José Luis Trueba Lara, está editado en México por Taurus. El precio de lista es de 269 pesos.