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martes, junio 04, 2013

Auschwitz en Santa Fe

Fotograma de Tiempos modernos (Chaplin, 1936)

(Segunda de dos partes)
Hace unos días, a raíz de la lectura de Miedo absoluto, inicié un intercambio epistolar (eso es, en los tiempos que corren, vía correo electrónico) con el autor de ese libro, José Luis Trueba Lara, quien muy amablemente respondió a las preguntas que hice sobre su obra. Conforme avanzábamos en esos intercambiamos me di cuenta, no sin alegría, de que la posición de Trueba Lara no está exenta de esperanza. No es esto lo que se deduce del final de su libro, en el que el suicidio se perfila como la única solución real de los empleados/prisioneros para escapar de los campos de exterminio/empresas. Desasosiego es una palabra demasiado suave para definir la sensación que deja el libro al terminarlo; más preciso sería decir ruptura o resquebrajamiento. Pero no todo está perdido... o al menos eso parece. Transcribo a continuación dicho intercambio. 
Teniendo en cuenta que por lo que sé eres o fuiste profesor universitario, después de leer el libro y sobre todo el primer capítulo que se refiere a la formación en aulas de los alumnos/clientes, ¿qué sentido tiene el trabajo de un profesor en el contexto que planteas?
Soy profesor universitario y espero seguir siéndolo hasta que el cuerpo aguante; las razones para serlo son simples, sencillas: me gusta encontrarme con mis alumnos, me encanta conversar con ellos (creo que mis clases sólo son eso: conversaciones sobre temas específicos), me fascina la libertad que respiro y tengo en el campus. Soy un profesor universitario feliz y orgulloso, tal vez por eso me molestan y me endiablan algunas cosas que pasan. Que hoy tenemos problemas en todo el sistema universitario, es un hecho; pero también creo que esas dificultades no son eternas: el saber puede sobrevivirlos y, aunque a veces enfrente días nublados, como ya los ha enfrentado en otros lugares y tiempos, al final brillará sin problemas.
Considero que la educación es la “bala de plata” que nos permite a algunos mantener una esperanza (pálida y endeble, pero esperanza al fin) respecto al futuro. Pienso que a través de ella (de la educación) los profesores realizamos todos los días actos de resistencia  social, intelectual, política y económica cuando procuramos en nuestros alumnos el desarrollo de un pensamiento crítico, la consciencia de su entorno y el avivamiento (contra el adormecimiento) de su sentido ético. Creo en ello cada vez que planeo una clase y la imparto. ¿Estás de acuerdo con esa perspectiva? ¿No? ¿Por qué?
Aquí la respuesta es un poco más compleja: ¿la educación de cuál alumno? Creo que los profesores tenemos distintos tipos de alumnos: algunos sólo nos acompañan para prepararse para el trabajo, eso está muy bien, pero no esperemos de ellos investigadores ni filósofos, sino gente productiva y capaz; otros, en cambio, están ahí para aprender, para desafiar al conocimiento y, unos más, lamentablemente, no tienen la más remota idea de qué hacen ahí (pienso, por ejemplo, en los expertos en cafetería y antros). Cada uno de estos alumnos tiene una “bala de plata” distinta: los primeros quieren aprender a hacer cosas, a hacer suya la mentalidad empresarial y, en este sentido, creo que la universidad —tal y como es— les ofrece buenas armas; los segundos quieren adentrarse en el saber y a ellos —inexorablemente— siempre les quedamos cortos la mayoría de los profesores y la universidad casi siempre estará en deuda con su inteligencia; los últimos, bueno, qué le vamos a hacer... ellos nos quedan debiendo a todos: a la universidad, a sus profes, a sus padres, a la sociedad que en muchos casos invirtió en su formación. Creo que la educación sí es una “bala de plata”, pero inexorablemente tiene distintos calibres y a cada uno le corresponde el que quiere tener.
En esta misma línea, ¿qué opinión te merecen los esfuerzos hechos por diversas instituciones –públicas y privadas– para subirse al barco de la innovación educativa?
Te confieso que la idea de modernizar la enseñanza me asusta un poco y no me convence del todo: creo que las famosísimas TICs no tienen la capacidad de sustituir a la conversación, a las preguntas y las respuestas, al encuentro con lo humano. Yo sigo siendo un profesor del pasado, y eso no me causa mucho pesar, pues lo importante no es que los alumnos tengan una clase del siglo XXI, sino que se atrevan a pensar. Por supuesto que estas palabras no significan que la tecnología debe ser abolida de las aulas, creo en las diferencias: y si yo converso en mis clases, también puede haber un profe hipertecnologizado que logre los mismos resultados.
Creo que el asunto no es muy grave —o por lo menos es menos grave de lo que parece—. Me explico con un ejemplo: en muchas universidades de alta tecnología, los muchachos que estudian medicina aprenden a operar con maniquís robotizados, esto parece muy padre, da una impresionante señal de desarrollo tecnológico y, sobre todo, es muy apantallante; sin embargo, aquí valdría la pena hacerse una pregunta: ¿el rector de esa universidad se dejaría operar del apéndice por un médico que sólo ha trabajado con estos maniquís? Creo que la respuesta es obvia: este tipo de enseñanza pronto se morderá la cola y volverá el sentido común. Los bárbaros —por tecnologizados que estén— siempre terminan aceptando la cultura, la enseñanza de a deveras, pues de otra manera perecerían por malas operaciones del apéndice. No nos preocupemos por las tablets, los power points, la multimedia, los foros de debate y las maravillas llenas de transistores... son flores de un día; al final, la tradición volverá a imponerse por un par de razones: sólo ella puede transmitir la herencia de a deveras y sólo ella —aunque suene extraño— es revolucionaria: hoy, el buen Aristóteles es mucho más atrevido que los novísimos profetas, y lo mismo podría decirse de todos aquellos grandes que no tuvieron la desgracia de tener una tableta.
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Miedo absoluto, de José Luis Trueba Lara, está editado en México por Taurus. El precio de lista es de 269 pesos.

lunes, mayo 27, 2013

Auschwitz en Santa Fe


(Primera de dos partes)
Dice Michela Marzano en su estupendo libro Programados para triunfar (Tusquets, 2011) que en latín el verbo tripaliare, del que proviene la palabra “trabajo”, significa “torturar”. Nadie trabaja para sufrir (al menos conscientemente), y sin embargo para la mucha gente el trabajo es un suplicio del que se escapa sólo momentáneamente los fines de semana y durante las vacaciones. Algo nos ha salido muy mal como especie cuando el trabajo, que según Engels propició nuestra evolución del mono al hombre, se ha convertido en una actividad enajenante que muy pocos disfrutan.
Sobre esta idea gira Miedo absoluto, libro escrito por José Luis Trueba Lara y editado por Taurus que terminé de leer recientemente. Me pareció un texto desasosegante, casi diría perturbador. El subtítulo es más que elocuente: “La oficina como campo de concentración y la empresa como forma de exterminio”. En términos generales describe cómo los jóvenes son preparados para formar parte de un sistema que aniquila su voluntad, adormece su ética y los convierte en engranes de una maquinaria muy eficaz cuyo único objetivo es la productividad de la empresa en cuestión.
Habla de un mundo de pesadilla pero que para muchos es una realidad cotidiana: contratantes que hacen estudios socioeconómicos a sus posibles empleados, espacios de trabajo donde se prohíben objetos personales a la vista,  ambientes en los que la intimidación e incluso la humillación por parte de los jefes es moneda corriente… Debo confesar que a mí al principio todo me sonaba exagerado, pero un par de amigos que trabajan en grandes corporativos (uno nacional, otro extranjero) me confirmaron esas aberraciones. “En las corporaciones muy pronto te das cuenta de que nadie es tu amigo. Cada quien trabaja para sí mismo”, me dijo una amiga que trabaja para una trasnacional. Otro amigo me relató cómo se realizó un estudio socioeconómico a su familia cuando su hermano inició el proceso de selección en la gigantesca firma mexicana para la que hoy trabaja. Trueba Lara no exagera. Y lo que dice en Miedo absoluto está bien documentado: prueba de ello son las 14 páginas de bibliografía que avalan su publicación.
Es cierto que el símil que hace entre los campos de concentración y las oficinas contemporáneas puede resultar excesivo, forzado. No acabo de cuadrar que, como propone, la empresa sea una forma de exterminio. Me explico: No puede dudarse de que en los campos de concentración había una voluntad consciente de aniquilar una parte de la especie humana que el nacionalsocialismo consideraba no sólo incómoda sino inferior y prescindible (no del todo humana, de hecho). Esto no ocurre en las empresas, cuyo interés no es el exterminio de sectores sociales o grupos étnicos "indeseables" sino la perpetuación de un sistema basado en el lucro que a su vez encuentra asideros en la que el autor llama “sabiduría de quincalla” y en un adormecimiento ético cada vez más pronunciado. De ahí a que en los grandes corporativos del mundo se busque el exterminio me parece que hay mucha distancia.
Al respecto, Trueba Lara me comentó vía mail: “Comparar a los campos de exterminio con las empresas puede parecer excesivo, forzado, como tú me lo dices; sin embargo, creo que es necesario tomar esta comparación con cierta calma: el origen de esta idea es simple, “sólo sobreviven los peores”, dice Primo Levi (cito de memoria), y esa idea fue la que normó mi camino: en el campo de exterminio y en las empresas que estudié, sólo sobrevivieron los peores. Además, ambos comparten la idea de la vigilancia, las metas inalcanzables, el sacrificio que busca calmar a los dioses iracundos, el sin sentido de la actividad y, sobre todo, la necesidad de deshumanizar a sus pobladores para lograr sus fines: la producción y el exterminio en un caso, la riqueza y el exterminio moral en el otro.”
Es imposible obviar la pertinencia de un libro como Miedo absoluto, en el que se presentan argumentos suficientes para generar un necesario debate social y sobre todo una indispensable reflexión personal en torno al sentido que le damos a nuestro trabajo. Sin importar nuestra edad o entorno socioeconómico, todos trabajamos o queremos trabajar. Y sin embargo soslayamos peligrosamente una cuestión fundamental al respecto: por qué y para qué trabajamos.
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¿Perded toda esperanza? En la próxima entrega José Luis Trueba Lara reflexiona sobre si tiene o no sentido el trabajo más allá del campo de concentración.