Presentando En mangas de camisa: el nuevo blog de ergozoom. La pretensión es sencilla: transmitir el ánimo relajado de la tarde de domingo mediante una charla ligera pero inteligente basada en digresiones culturales aderezadas con música que refresque el alma. Algo que dé gusto escuchar, para terminar la semana y empezar otra.
Empezamos con crítica a la nueva novela de Vargas Llosa, comentario sobre la exposición El arte de la músicay recomendación del nuevo disco de Ocean's Acoustic. Aderezan el primer episodio deliciosas canciones de Alabama Shakes y Navii.
Creo que no me equivoco al considerar el debate de hoy, último día de La Ciudad de las Ideas, el mejor que he visto en cuatro años de asistir a este festival. El tema fue la legalización de las drogas (no sólo la marihuana). Entre los panelistas se encontraban a favor tres expresidentes (de México, Vicente Fox; de Colombia, César Gaviria y de Suiza, Ruth Dreifuss) y un empresario (Ricardo Salinas Pliego). En contra los académicos Kevin Sabet (Universidad de Florida) y Mark Kleiman (UCLA); Viridiana Ríos (directora del colectivo México, ¿cómo vamos?)y Antonio Mazzitelli, representante en México de la Oficina contra las Drogas y el Delito de la ONU (UNODC). Muy pronto se llegó al acuerdo de que el verdadero tema no es si legalizar o no las drogas (hubo consenso en el sentido de que ése parece ser un hecho inevitable) sino en cómo hay que hacerlo. Sabet desarrolló un argumento brillante respecto a que cuando drogas como la marihuana y la cocaína sean legalizadas, se consolidará una industria muy poderosa, similar a los "carteles" del alcohol y el tabaco que invierten miles de millones de dólares al año para cabildear en todo el planeta leyes e impuestos que los beneficien (o no los perjudiquen tanto). Viridiana Ríos resaltó que la legalización de las drogas no necesariamente implica la disminución de la violencia en países como el nuestro, pues ésta tiene otras causas que hay que atender (como la falta de movilidad social que arroja a los pobres más jóvenes a manos de los narcotraficantes). Por el otro lado, el expresidente Gaviria se mostró muy vehemente en su argumento de exigir a los EU el fin de la guerra contra las drogas y Salinas Pliego se mostró absurdamente reduccionista al pronunciarse por regalar las drogas (para no fomentar la industria arriba citada) y tratar a los enfermos con dinero público. Vicente Fox fue bien recibido, pero hacia la mitad del encuentro fue abucheado cuando afirmó que "no era tan fácil" plantar cara a un presidente estadounidense para exigir acabar la guerra contra las drogas. Fue un debate muy bien llevado por Andrés Roemer, inteligente y agudo en sus cuestionamientos a los dos lados, y que puso de manifiesto la necesidad de este tipo de actividades en la vida pública. A mí me queda cada vez más claro que es indispensable enseñar a debatir desde temprana edad: presentar y desarrollar argumentos, refutarlos, escuchar al otro, respetar la diversidad y, sobre todo, llegar a acuerdos se logra sólo con personas que entienden que el concepto de inteligencia incluye reconocer que no se tiene la razón absoluta y que las mejores decisiones se toman cuando se incluyen elementos de nuestros oponentes. Por cuestiones de tiempo y espacio no puedo desarrollar a fondo todos los argumentos presentados en este debate, pero sé que pronto se transmitirá por TV: les invito a que le den seguimiento y lo vean, pues vale mucho la pena independientemente de la posición que hayan tomado respecto a este tema.
No quiero dejar de mencionar el maravilloso el cierre musical a cargo de Angélique Kidjo. Aquí una actuación suya en el Festival de Jazz de Montréal hace algunos años, acompañada del gran Carlos Santana:
Ha sido una gran Ciudad de las Ideas. Prometo hacer un balance general de ella mañana. Por ahora me despido para aprovechar mi última noche en esta hermosa ciudad.
--- Cajón de sastre: Notable la conferencia sobre liderazgo que ya casi al final del día presentó Ronald Heifetz: hay que seguirle la pista a este profesor de Harvard. // Confirmé la principal ventaja de Uber respecto a los taxis: su transparente regulación de precios: del hotel a la sede del evento Uber me ha cobrado aproximadamente 80 pesos. Hoy tomé un taxi de regreso y me cobró 150. Un timo que el chofer justificó malcarado diciendo que "cada quien tiene sus tarifas".
Una de las más recurrentes inquietudes de quienes trabajamos con y para adolescentes reside en el tan cacareado hecho de que pertenecen a una generación distinta a la nuestra, es decir, a la primera generación cien por ciento digital en el sentido de que, nacidos en los últimos años del siglo pasado, no conocieron (al menos no conscientemente) el mundo antes de internet, facebook, smartphones y demás maravillas de la vida en línea.
La inquietud aumenta cuando constatamos que psicólogos, sociólogos y pedagogos, entre otros especialistas de la educación, emiten opiniones discordantes (y a veces francamente contradictorias) al reflexionar sobre las características de la generación (o las generaciones, según se vea) que ahora está en las aulas. Ejemplo: Dan Tapscott en su libro La era digital (McGraw Hill, 2009) no tiene reparo en ensalzar las cualidades de los adolescentes de hoy: "Como la primera generación global de todos los tiempos, los Net Geners son más listos, más rápidos y más tolerantes a la diversidad que sus precursores" (Tapscott, 6). El autor, asesor de negocios en Canadá, enuncia ocho características de los nacidos de mediados de los '90 en adelante:
Aprecian la libertad y la libertad de elección.
Desean personalizar las cosas, hacerlas por sí mismos.
Son colaboradores naturales que disfrutan de una conversación, pero no de un sermón.
Lo escrutarán a usted y a su organización.
Insistirán en la integridad.
Querrán divertirse, incluso en el trabajo y en la escuela.
La velocidad es normal.
La innovación es parte de la vida.
Un año después, en 2010, Nicholas Carr publicó Superficiales. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? (Taurus, 2010). Como lo señala el título de su obra, Carr no analiza específicamente a la actual generación de adolescentes, sino que dedica su atención a los efectos de nuestra vida en línea. No es muy optimista al respecto. Un ejemplo:
Una sola página web puede contener fragmentos de texto, video y audio, una variada gama de herramientas de navegación, diversos anuncios y varias pequeñas aplicaciones de software o widgets, que se ejecutan en sus propias ventanas. Todos sabemos cómo puede llegar a distraernos esta cacofonía de estímulos. Pero nos lo tomamos a broma. Un nuevo mensaje de correo electrónico anuncia su llegada cuando ojeábamos los titulares más recientes de un periódico digital. Unos segundos más tarde, nuestro lector RSS nos informa de que uno de nuestros blogueros favoritos ha publicado un nuevo post. Unos momentos después nuestro teléfono móvil reproduce la melodía que indica la entrada de un mensaje de texto. Al mismo tiempo, una alerta de Facebook o Twitter parpadea en la pantalla. (Carr, 116)
Puede que el tono de Carr sea levemente catastrofista, pero estoy seguro de que la mayoría puede identificarse con esos momentos de sobre-estimulación que, a decir del autor, no llevan a algo bueno. Al tren del estudio de los cambios que la tecnología ha propiciado en la forma en que aprendemos se ha subido Howard Gardner con su obra Generación APP (Paidós, 2014) en la que define a este grupo de edad en los siguientes términos:
Nuestra teoría es que los jóvenes de ahora no sólo crecen rodeados de aplicaciones, sino que además han llegado a entender el mundo como un conjunto de aplicaciones, a ver sus vidas como una serie de aplicaciones ordenadas o quizás, en muchos casos, como una única aplicación que se prolonga en el tiempo y les acompaña de la cuna a la tumba. (Gardner, 15)
La opinión de Gardner sobre el asunto es acaso más relevante que la de los autores antes mencionados si consideramos que lleva más de tres décadas dedicado a la psicología cognitiva: fue él quien en 1983 cimbró el mundo educativo con su teoría de las inteligencias múltiples, que dio al traste con el modelo de educación estandarizado (y, tristemente, todavía en uso en la mayor parte de las escuelas del mundo). En Generación APP Gardner nos queda a deber una posición clara al respecto. No es esto necesariamente malo. Antes lo contrario: Gardner toma una distancia prudente ante la velocidad de los cambios suscitados por la tecnología en el ámbito educativo y concluye, inteligentemente, que estos cambios pueden resultar tanto positivos como negativos dependiendo de los factores que los acompañen (personalidad del alumno, la escuela en la que estudien, los valores familiares, etc.). En sus palabras
Los medios digitales pueden ejercer un efecto liberador sobre los jóvenes ya predispuestos a experimentar e imaginar, mientras que congelarían a la creciente proporción de jóvenes que prefieren seguir el camino de la mínima resistencia. (Gardner, 152)
Afortunadamente en este tema estamos muy lejos de escuchar la última palabra. Entretanto, Generación APP es una lectura altamente recomendable para padres de familia, profesores y en general cualquier persona interesada en cómo aprendemos.
De vez en cuando surgen ideas que luego se convierten en modas. Ideas supuestamente
basadas en hechos científicos; revolucionarias y encantadoras para personas que
buscan soluciones fáciles y no precisamente baratas. Son las versiones
sofisticadas de los quitamanchas mágicos o los milagrosos marcadores de
abdominales que se anuncian cada madrugada por TV.
A esta categoría pertenece el mito llamado efecto
Mozart.
Durante buena parte de la década de los ’90 se
propagó el virus en forma de mantra New Age: escuchando Mozart los niños
se hacen más inteligentes. Nunca hubo elementos científicos que respaldaran
esta creencia: lo más cercano que se tuvo fue un estudio publicado en la
revista Nature en 1993, que afirmaba que escuchar una sonata del vienés
redundaba en mejor rendimiento académico entre alumnos universitarios. Esto
suena a una verdad de Perogrullo: que uno mejore su ánimo escuchando a Mozart no parece requerir de estudios avanzados en neurología,
sino más bien de una razonable de sentido común… Pero hasta la fecha sigo escuchando con relativa frecuencia gente que argumenta el "poder curativo" de la música de Mozart.
El caso es que bastó ese artículo en Nature (ojo: basado
en un estudio realizado entre universitarios, ¡no bebés!)para que una
legión de madres, mercadólogos, pediatras, psiquiatras infantiles y etcéteras
se lanzaran a la compra, grabación y recomendación de discos de Mozart. “¡Es
increíble el efecto que la música tuvo en mi bebé: de pronto empezó a calmarse
y adormecerse!”… Testimoniales como ése abundan en las páginas web destinadas a
difundir el “milagroso” efecto de las notas mozartianas. Aquí un ejemplo de ellas.
No hay un solo estudio serio que haya explorado
el efecto Mozart en niños nonatos, recién nacidos o muy pequeños. Ni uno
solo. De hecho, y para zanjar pronto la cuestión, hace pocos años la Universidad de Viena dio a conocer una investigación llevada a cabo entre 300
individuos de diversas edades. ¿El resultado? “Recomiendo a todo el mundo que
escuche música de Mozart; pero la expectativa de que con ello van a mejorar sus
capacidades cognitivas no se va a cumplir”, señaló el investigador Jakob
Pietsching, del Instituto de Investigación Básica en Psicología de la universidad. ¿Conclusión? Escuchar Mozart es una experiencia religiosa, pero no
hace el milagro de desarrollar la inteligencia.
Sandra Aamodt y Sam Wang abordaron también la
cuestión en su libro Entra en tu cerebro(Ediciones B, 2008).
Concluyeron que ni la música de Mozart (ni la de ningún otro compositor de su
talante) desarrolla la inteligencia de los niños; lo que sí lo logra es que
esos niños produzcan música, es decir, que toquen algún instrumento desde
temprana edad, lo cual redunda en innegables beneficios cognitivos, pero muy
lejos de los efectos curativos que algunos propagan.
¿Por qué necesitamos creer en mentiras
bienintencionadas como ésta? Mi teoría es que cuando no entendemos algo
preferimos una explicación fácil (aunque sea falsa e incluso ridícula) a una
complicada pero verdadera. Sería maravilloso aumentar varios puntos de nuestro
coeficiente intelectual sólo conectándonos al iPod pero por fortuna nuestro
cerebro es demasiado inteligente (o por lo menos suficientemente
complejo) como para eludir remedios milagrosos ya sea para bajar de peso o
aprobar un examen en la universidad. Ciertamente hay formas de desarrollar
nuestra inteligencia, pero ninguna de ellas favorece la pereza intelectual que
supone echarse a hacer la meme… aunque sea escuchando a Mozart como música de
fondo.