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domingo, octubre 22, 2017

#EnMangasDeCamisa 23

Se acercan Halloween y Día de Muertos y estamos listos para celebrar ambas fechas como se debe: ¡en mangas de camisa! Aprovecho para recomendarles la revisión de It (Eso) en cualquiera de sus dos versiones cinematográficas y sobre todo echarle un vistazo al libro, pues comparto la opinión de José Homero en el sentido de que la historia escrita por Stephen King es mucho más compleja y valiosa de lo que parece a simple vista.  

Las ideas musicales son "Time Warp" de la setenterísima The Rocky Horror Picture Show y  "Todo va a estar bien", una muy divertida (y optimista) canción de Meme (Emmanuel del Real). 

También está el nombre de la persona ganadora del pase doble para ver a Chumel Torres En Vivo en el Tec CEM el próximo 17 de noviembre cortesía de ZEDAL

Como siempre, ¡muchas gracias por su complicidad! Y más aún por comentar y compartir. 

jueves, octubre 13, 2016

Vías alternas hacia Bob Dylan


Hace algunos años colaboré en la revista Chilango, invitado por Alejandro Fuentes. Uno de los textos que publiqué fue un acercamiento a Dylan a propósito de un concierto que dio en el Pepsi Center WTC en 2012. La idea era acercarse a Dylan sin su música de por medio. Confío en que les parecerá valiosa esa perspectiva. El texto es de mediados de 2012. 

I'm Not There (DVD, 2007)

Una de las películas más audaces de la década anterior es una biografía cinematográfico-musical de Dylan. Todd Haynes, quien luego filmaría la magnífica teleserie Mildred Pierce para HBO, dirigió a Cate Blanchett, Heath Ledger, Christian Bale y Richard Gere (entre otros), cada uno ofreciendo una faceta distinta del cantante estadounidense. Destacan, además, la edición, la fotografía y, desde luego, la banda sonora en un producto que combina realidad y ficción en una cinta delirante y exquisita. 

Bob Dylan: Artist's Choice (CD, 2008)

Una joya del sello Hear Music. El proyecto Artist's Choice consiste en solicitar a distintos artistas que seleccionen música para recomendar a su público a través de esta colección, para la que Dylan eligió 16 canciones absolutamente bizarras, pero no inesperadas de un artista que bien merece ese calificativo. Encontramos desde algo más o menos previsible en la voz de Billie Holliday (“I Hear Music”) hasta un corrido en español interpretado por Flaco Jiménez con Toby Torres y José Morante. El booklet incluye una breve pero claridosa explicación del artista sobre cada una de las piezas. El disco resulta altamente recomendable para conocer el “Lado B” de Dylan: el de la música que más disfruta escuchar cuando no está haciendo la propia.

Aire de Dylan (novela, 2012)

Sería un error leer este libro esperando una biografía de Dylan. Es una novela acerca de un escritor fracasado que conoce a un adolescente parecido a Dylan que, a su vez, quiere fracasar. Es una de las novelas más arriesgadas de Enrique Vila-Matas, considerado desde hace años uno de los escritores más innovadores e inteligentes de las letras españolas. Y es también, desde luego, un homenaje al músico que, según Vila-Matas, “es el paradigma del artista moderno, el que ha buscado siempre nuevos caminos, el que ha hecho siempre lo que más le apetecía en ese momento. Y el que reúne más personalidades en una sola”.

Crónicas (autobiografía, 2005)

Cada año, en vísperas de que la Academia Sueca dé a conocer al ganador del Nobel de Literatura, el nombre de Bob Dylan se cuela entre periodistas, críticos y villamelones como uno de los favoritos para recibir el premio. Las razones no son exclusivamente musicales: Dylan tiene una valiosa obra literaria más allá del lirismo que ofrecen sus mejores canciones. Ejemplo de ello es este libro, lo más cercano que tenemos a una autobiografía del artista de Minnesota. Imperdible para los fans de sus discos, que descubrirán en sus textos la invención de uno de los más grandes artistas de nuestro tiempo. 

lunes, mayo 09, 2016

En mangas de camisa 01

Presentando En mangas de camisa: el nuevo blog de ergozoom. La pretensión es sencilla: transmitir el ánimo relajado de la tarde de domingo mediante una charla ligera pero inteligente basada en digresiones culturales aderezadas con música que refresque el alma. Algo que dé gusto escuchar, para terminar la semana y empezar otra. 

Empezamos con crítica a la nueva novela de Vargas Llosa, comentario sobre la exposición El arte de la música y recomendación del nuevo disco de Ocean's Acoustic. Aderezan el primer episodio deliciosas canciones de Alabama Shakes y Navii

Escuchen con calma, y disfruten. :-)

miércoles, septiembre 11, 2013

¡Suena México!

Estamos a unos cuantos días de la fiesta grande de México y me han llamado la atención algunos mensajes vertidos en redes sociales, como el siguiente del escritor Óscar de la Borbolla, que llama la atención sobre la falta de espíritu tricolor en las fechas que corren:
Con los profesores en la plancha del Zócalo amenazando la fiesta, la reforma fiscal en ciernes y la Selección Mexicana a punto de no participar en un Mundial por primera vez en 24 años, no parece que esté el horno para pastelitos de guayaba ni el molcajete para guacamole.

De todos modos considero imperdonable no aprovechar la oportunidad para recordar y compartir con ustedes el orgullo de ser mexicano no precisamente gracias a sino a pesar de los conflictos sociales, los futbolistas (y directivos) de pacotilla y los gobernantes ineptos que este hermoso país ha de tolerar. 

En esta ocasión mi propuesta es musical. Mi sustituto de banderita en el coche es esta selección de piezas que definen a mi país en su variedad y alegría; sonidos para escuchar con agua de horchata; letras para cantar con birria o pozole de por medio. Razones para festejar que nos ha tocado nacer y vivir en una tierra generosa de sonrisas y fértil de hombres y mujeres buenos.    

Disto mucho de ser especialista en la materia, pero me arriesgaré a sugerir esta lista de piezas señeras de la cultura mexicana, interpretadas por algunos de los mejores músicos que hemos tenido. Seguramente les parecerá incompleta: aprovechemos esa circunstancia para entrar en contacto y enriquecer la lista con música que consideremos digna de compartir en el ámbito de nuestra fiesta mexicana. 


martes, julio 30, 2013

¿A qué suena ergozoom?

La finalidad era encapsular las letras (la materia prima de ergozoom) entre notas musicales. De esta manera surgió la idea de presentar citas de personajes cuya presencia es frecuente en ergozoom, incorporándolos como elementos musicales. Dar voz a los ya leídos: Marcel Duchamp, Jean Piaget, Octavio Paz y Alan Watts.
Sobre este último (Watts) es importante destacar que de él surge el motivo melódico principal, la célula de la música. Alan Watts pronuncia: “What makes you itch?” Ante la rítmica y las notas que sugiere la voz del filósofo, la música se apropia del discurso al repetir la misma pregunta: “What makes you itch?” de manera musical: haciendo, deshaciendo, desasiendo, definiendo, redefiniendo.
Otro elemento que debía estar presente es el diálogo, virtud que acompaña las entradas de los textos, “un sistema de vasos comunicantes” como decía Paz, en el que las ideas hablan unas con otras, se contraponen, debaten, se quitan la palabra, platican.
De esta forma se tomó la decisión de componer para un cuarteto de cuerdas, una formación musical compacta pero de grandes dotes comunicativas. A ellas (a las voces y a las cuerdas) se agregó un instrumento más: el piano. La entrada de éste significa un nuevo momento, un comienzo pero un fin a la vez, el que cede la palabra y el que va hilando sutilmente a cada uno de los thinkers.
Con un cuarteto de cuerdas, un piano y cuatro gigantes intelectuales se construyó la pieza musical. Haciendo honor a cada persona y a sus palabras, la música hace un recorrido de lo que ha sido, es y será ergozoom.
- José Luis Esquivel, compositor.

sábado, marzo 16, 2013

¿Artistas éticos?


Fue en mi primer semestre de Filosofía (carrera que dejé trunca) cuando escuché hablar por primera vez de la condición trágica de los humanistas. No recuerdo muy bien el contexto, pero sí el mensaje que subyacía en la conversación: los filósofos somos (bueno, son) seres incomprendidos que realizan su labor a pesar de y contra el estigma social que les es intrínseco.
Un par de años después, cuando estudiaba Literatura, un compañero informó al grupo su decisión de abandonar la carrera. Otro lo justificó diciendo: “Es que él sí es hombre de acción”... ¿O sea que los otros, los que nos quedábamos no éramos hombres de acción?
Recientemente vi Réquiem por un imperio (Taking Sides, 2001) película que desgrana una parte de la vida del excéntrico y genial director de orquesta Wilhelm Furtwängler, específicamente el periodo posterior a la guerra, en el que fue acusado de apoyar al régimen nazi. (Furtwängler fue director de la Berliner Philarmoniker entre 1922 y 1945 y luego entre 1952 y 1954.) 
En la cinta se suceden tres largas entrevistas con un Mayor Arnold, estadounidense de ignorancia galopante pero también muy inteligente cuya explícita misión es hacer caer a Furtwängler en contradicciones suficientes como para probar su apoyo al nacionalsocialismo.
Contra lo que podría pensarse, no se trata de una película a favor de la música y, en general, de la actividad artística. Sorprendentemente es un trabajo en el que Furtwängler no sólo es asediado por el militar astuto sino que resulta literalmente vapuleado por ese personaje que inquiere una y otra vez por qué no abandonó Alemania cuando tuvo oportunidad, por qué condujo la Filarmónica de Berlín en un cumpleaños de Hitler, por qué aceptó las prebendas del régimen, etc. Furtwängler suda, llora y balbucea algunas respuestas muy honestas pero completamente desdibujadas entre sollozos y estertores…
Su más noble argumento es decir: “Como músico soy más que un ciudadano. Sé que la interpretación de una pieza maestra es una negación más fuerte y vital del espíritu de Buchenwald y Auschwitz que las palabras”. Suficiente para levantarse y aplaudir (suena el adagio de la séptima de Bruckner, además)… pero el Mayor le responde con una retahíla demoledora: “¿Ha olido la carne quemándose? Yo puedo olerla a seis kilómetros de distancia… ¡seis kilómetros! ¿Me habla de arte y cultura? ¿Pone cultura, arte y música contra los millones que sus amigos mataron? ¡Tenían orquestas en los campos de concentración! ¡Tocaban a Beethoven y a Wagner! ¡Lo acuso por su cobardía!… ¡Mire a la gente con verdadero valor, que tomó riesgos y ofreció su vida!”.
Furtwängler sale derrotado de la escena (la última de la película), diciendo que no quiere quedarse en el país, que quiere irse. Y se va, en efecto, con la cabeza gacha y el paso lerdo.
Le pregunté al amigo que me recomendó la película porqué le había gustado la película si el finar resultaba tan humillante para Furtwängler. Me dijo que le parecía que Furtwängler había ganado el combate contra el Mayor. Que había sido superior al militar porque no había necesitado ponerse a su nivel. Recordé el argumento de la condición trágica de los humanistas, que tan cercano me parece al de la otra mejilla: me maltrata, sí, pero yo sé que soy mejor que él… (¿y por eso no me defiendo?)
La superioridad moral de los artistas es discutible. Pero suponiéndola sin concederla, ¿no sería deseable que aparte de saberse moralmente superiores a veces defendieran esos valores que predican? Defenderlos, digo, más allá de las galerías impolutas donde trabajan. Más allá de salas de conciertos subvencionadas por el gobierno o cafetines en colonias de moda.
Hace unos días se dio a conocer un informe en el que la Orquesta Filarmónica de Viena, dirigida por Furtwängler entre 1927 y 1930, reconoce una asociación voluntaria con el gobierno alemán nacionalsocialista de la tercera década del siglo XX. La cuestión se mantiene vigente: ¿Hasta qué punto es pertinente exigir a los artistas un compromiso ético además del estético? ¿Es justo pedir a los intelectuales que como parte de su trabajo contemplen el impacto social del mismo?
Personalmente me gustaría que los artistas fueran más parecidos a las agallas de Tyler Durden en Fight Club y menos a la pusalinimdad del Furtwängler en Requiem por un imperio. Probablemente el arte perdería caché, pero ganaría respeto.

lunes, enero 28, 2013

El perfecto Mozart



De vez en cuando surgen ideas que luego se convierten en modas. Ideas supuestamente basadas en hechos científicos; revolucionarias y encantadoras para personas que buscan soluciones fáciles y no precisamente baratas. Son las versiones sofisticadas de los quitamanchas mágicos o los milagrosos marcadores de abdominales que se anuncian cada madrugada por TV.
A esta categoría pertenece el mito llamado efecto Mozart.
Durante buena parte de la década de los ’90 se propagó el virus en forma de mantra New Age: escuchando Mozart los niños se hacen más inteligentes. Nunca hubo elementos científicos que respaldaran esta creencia: lo más cercano que se tuvo fue un estudio publicado en la revista Nature en 1993, que afirmaba que escuchar una sonata del vienés redundaba en mejor rendimiento académico entre alumnos universitarios. Esto suena a una verdad de Perogrullo: que uno mejore su ánimo escuchando a Mozart no parece requerir de estudios avanzados en neurología, sino más bien de una razonable de sentido común… Pero hasta la fecha sigo escuchando con relativa frecuencia gente que argumenta el "poder curativo" de la música de Mozart.
El caso es que bastó ese artículo en Nature (ojo: basado en un estudio realizado entre universitarios, ¡no bebés!) para que una legión de madres, mercadólogos, pediatras, psiquiatras infantiles y etcéteras se lanzaran a la compra, grabación y recomendación de discos de Mozart. “¡Es increíble el efecto que la música tuvo en mi bebé: de pronto empezó a calmarse y adormecerse!”… Testimoniales como ése abundan en las páginas web destinadas a difundir el “milagroso” efecto de las notas mozartianas. Aquí un ejemplo de ellas.
No hay un solo estudio serio que haya explorado el efecto Mozart en niños nonatos, recién nacidos o muy pequeños. Ni uno solo. De hecho, y para zanjar pronto la cuestión, hace pocos años la Universidad de Viena dio a conocer una investigación llevada a cabo entre 300 individuos de diversas edades. ¿El resultado? “Recomiendo a todo el mundo que escuche música de Mozart; pero la expectativa de que con ello van a mejorar sus capacidades cognitivas no se va a cumplir”, señaló el investigador Jakob Pietsching, del Instituto de Investigación Básica en Psicología de la universidad. ¿Conclusión? Escuchar Mozart es una experiencia religiosa, pero no hace el milagro de desarrollar la inteligencia.
Sandra Aamodt y Sam Wang abordaron también la cuestión en su libro Entra en tu cerebro (Ediciones B, 2008). Concluyeron que ni la música de Mozart (ni la de ningún otro compositor de su talante) desarrolla la inteligencia de los niños; lo que sí lo logra es que esos niños produzcan música, es decir, que toquen algún instrumento desde temprana edad, lo cual redunda en innegables beneficios cognitivos, pero muy lejos de los efectos curativos que algunos propagan.
¿Por qué necesitamos creer en mentiras bienintencionadas como ésta? Mi teoría es que cuando no entendemos algo preferimos una explicación fácil (aunque sea falsa e incluso ridícula) a una complicada pero verdadera. 

Sería maravilloso aumentar varios puntos de nuestro coeficiente intelectual sólo conectándonos al iPod pero por fortuna nuestro cerebro es demasiado inteligente (o por lo menos suficientemente complejo) como para eludir remedios milagrosos ya sea para bajar de peso o aprobar un examen en la universidad. Ciertamente hay formas de desarrollar nuestra inteligencia, pero ninguna de ellas favorece la pereza intelectual que supone echarse a hacer la meme… aunque sea escuchando a Mozart como música de fondo.