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miércoles, septiembre 13, 2017

¡Hasta pronto, generación IB 2017!

Estimados Padres de Familia.
Queridos colegas.
Inolvidables alumnos del Bachillerato Internacional, generación 2017.
En una de las novelas que leímos, comentamos y analizamos, Vida de Pi, de Yann Martel. Revisamos algunas características básicas de la novela de viaje. Comentamos, según recuerdo, que los protagonistas de estas historias se enfrentan a condiciones adversas que deben vencer para lograr llegar a su destino. Dijimos también que en una buena novela de este género el protagonista siempre cambia, se transforma, conoce algo de sí mismo que le permite cerrar una etapa e iniciar otra.
La metáfora del viaje, desde luego, funciona a la perfección para definir el momento en el que se encuentran ahora. Han terminado un recorrido pleno de miedos y confusiones, de misterios y acertijos que parecían imposibles de resolver. En su camino han encontrado aliados y enemigos; desconocidos que les tendieron la mano y amigos que a la hora de la verdad se quebraron y dejaron de serlo. Pero también, y sobre todo, si fueron lo suficientemente afortunados en estos años, crecieron y se conocieron un poco mejor. Descubrieron habilidades que no sabían que tenían y cayeron en cuenta de que algunas áreas que creían dominar en realidad les deparaban todavía muchas sorpresas. Aprendieron y cambiaron. Se transformaron, como los personajes de las mejores novelas de aventuras.
Ahora llevan ya varias semanas de otro viaje. Uno más largo, más complicado, más retador y, espero, también más motivante. Estoy seguro de que la mayoría llegará a buen puerto, aunque probablemente será uno distinto al que prevén en este momento. Otros pocos cambiarán de barco y muy pocos, espero sinceramente que ninguno, naufragará. Pero la vida es así, y sigue siendo maravillosa.
Lo importante es que están iniciando otro viaje, y es en esta metáfora en la que deseo detenerme un momento. En la metáfora del viajero. Noten que he dicho viajero y no turista. En uno de sus últimos textos, el filósofo y sociólogo polaco Zygmunt Bauman afirmó que uno de los problemas más graves de nuestra época consiste en que los seres humanos hemos dejado de ser viajeros y nos hemos convertido en turistas de nuestras vidas. Bauman decía que los viajeros son muy parecidos a los peregrinos, en el sentido de que los mueve una búsqueda profunda, trascendente, muchas veces lenta y que exige paciencia y pasión. Los turistas, por el contrario, pocas veces se detienen más allá del tiempo necesario para tomar una selfie. No importa que frente a sí tengan una obra maestra, o un paisaje que a otro le quitaría el aliento. Lo único que desea el turista es capturar una imagen para alimentar su historia de Snapchat.
En un sentido muy similar escribe el filósofo francés Michel Onfray en su libro Teoría del viaje. Dice que al viajero auténtico lo caracteriza “el gusto por el movimiento, la pasión por el cambio, el deseo ferviente de movilidad y la furia de la independencia”. Noten por favor que estas palabras entrañan una disyuntiva fundamental: somos nómadas o sedentarios, dice Onfray, aficionados al flujo, a los transportes, a los desplazamientos o apasionados por el estatismo, el inmovilismo y las raíces. Los primeros aman la ruta, larga e interminable, sinuosa y zigzagueante; los segundos disfrutan de la madriguera, oscura y profunda, húmeda y misteriosa.
Asumiré esta tarde que pertenecen al primer grupo, al de los viajeros, simplemente porque su edad lo exige y porque no se necesita revisar sus vidas exhaustivamente para darse cuenta de que se están moviendo, de que siguen cambiando, de que la transformación no ha cesado.
Y a ustedes, viajeros de la generación IB de la PrepaTec Esmeralda 2017, deseo recordarles hoy las palabras de un poeta griego que escribió unos versos sublimes refiriéndose al más famoso de los viajeros: Ulises. Les recuerdo que, después de diez años en la guerra de Troya, Ulises tardó diez años en su viaje de regreso a casa, la isla de Ítaca. En ese camino se enfrentó a Poseidón, a cíclopes, gigantes caníbales y, desde luego, también a las sirenas. Durante el trayecto perdió a todos sus amigos. Y cuando por fin llegó a casa, dicen los versos de Homero, no pudo evitar un gesto de decepción al encontrar una isla pequeña y empobrecida, muy lejana de la próspera e imponente ciudad que él idealizaba tras veinte años fuera de casa.
Otro gran poeta griego, Constantino Cavafis, recuperó esa idea y consideró que Ulises se había equivocado al decepcionarse de Ítaca cuando regresó a casa. Porque, después de todo, la simple idea de Ítaca, la idea de un hogar, de una familia, de un lugar en el que pudiera sentirse cómodo, esa idea, lanzó a Ulises al mar para llevar a cabo un viaje repleto de aventuras y conocimiento. Por eso, decía Cavafis, Ulises debía estar agradecido con Ítaca, con esa idea que le motivó a iniciar un viaje que ningún otro mortal había emprendido antes.
Esta tarde yo les recomiendo lo mismo que Cavafis a Ulises. Ya inmersos en este maravilloso viaje que son sus vidas, deseen que el camino sea largo. Tengan una meta clara, pero no apresuren el paso.
Mejor que dure muchos años,
y ya anciano recales en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que te dé riquezas Ítaca.
Ítaca te dio el viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene más que darte.
Y si pobre la encuentras, Ítaca no te engañó.
Así, sabio como te hiciste, con tanta experiencia,
comprenderás ya qué significan las Ítacas.
Sean viajeros, no turistas. Nutran su historia en Snapchat, pero dense tiempo para encontrar trascendencia. Asuman que la vida es sinónimo de misterio y no permitan que esa verdad los asuste. Busquen estabilidad, pero asuman que ningún cambio importante se ha logrado simplemente esperando que ocurra. Y disfruten, desde luego. Tienen motivos de sobra para asumir que el viaje será placentero. Y si no lo es, si las aguas se enturbian o algún vendaval amenaza su barca, recuerden que tienen en nosotros, sus padres y profesores, a navegantes experimentados dispuestos a lanzarles un salvavidas.
Muchas gracias por habernos permitido compartir estos años con ustedes. Ha sido una aventura extraordinaria. Les deseo el mejor de los éxitos.

jueves, noviembre 14, 2013

Larga vida al panda


Hace algunos días me topé con este texto en el que Adam Gopnik, crítico de arte de The New Yorker, se pregunta sobre la relevancia de estudiar y enseñar literatura. La cuestión me sonó conocida, y no tardé en recordar que hace más de una década, cuando estudiaba (precisamente) una licenciatura en Letras, fui invitado a participar en el Primer (y último) Encuentro de Facultades de Letras con el objetivo de responder a las preguntas ¿Para qué y por qué estudiar Literatura? He releído la respuesta que esbocé entonces y, aunque encuentro un poco chocante la primera parte, sigo de acuerdo en lo esencial. El texto fue publicado originalmente en octubre de 2002 en Mediaciones, revista de la sociedad de alumnos de la Universidad del Claustro de Sor Juana.
Larga vida al panda 
A mis amigos del Claustro, con afecto y gratitud.

Lo he intentado en los últimos días pero, por más que me esfuerzo, no puedo imaginar un encuentro de Facultades de Medicina organizado en torno a la pregunta ¿Por qué estudiar Medicina?, ni otro de Administradores que lo haga en torno a ¿Para qué administrar empresas? ¿Por qué nosotros sí lo hacemos? Supongo que ellos asumen de manera natural su existencia, su necesidad de existir. Imagino que a ellos simplemente no les pasa por la cabeza organizar un Encuentro para tratar esos temas porque reconocen fácilmente los favores que le hacen cotidianamente al mundo. ¿Por qué nosotros no? Es como presentarnos disculpándonos por la carrera elegida; es, además, un acto innecesario, porque se trata de una decisión personal, e injusto porque la duda en este caso abarata algo que sigue siendo caro. Muy caro. Y abaratarlo nosotros mismos, para quienes nos debería ser más caro aún, me parece peor. De cualquier modo, la pregunta está sobre la mesa y responderla me ha resultado un buen ejercicio de autorreflexión que deseo compartir con ustedes, por muy fuera de lugar que la cuestión me parezca.
Entonces, ¿por qué estudiar Literatura? Estudio Literatura por tres razones: porque me gusta, porque es necesario y ¿por qué no? Suena simple. Y lo es. Curiosamente, mientras trabajaba este texto, llegó a mis manos otro de George Steiner, el discurso que pronunció tras recibir el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de La Sapienza, hace poco más de dos años. Steiner dirigió su perorata a los nóveles alumnos de Humanidades y la tituló “Malos consejos”. Haciendo una última revisión de esta ponencia me di cuenta de que sus malos consejos y mis razones para estudiar Literatura son de alguna manera similares, aunque no necesariamente compatibles. El texto que hoy expongo es a la vez una respuesta a la pregunta planteada por los organizadores de esta mesa, un ejercicio de autorreflexión y una vuelta de tuerca a los malos consejos de Steiner.
Porque me gusta 
El primer consejo que Steiner nos da a los estudiantes de Humanidades es no negociar nuestras pasiones. Caería en un lugar común al decir que yo no podría vivir sin Literatura, pero voy a correr el riesgo porque no tengo otra forma de decirlo: no puedo vivir sin Literatura. Puedo, sí, dejar de ir a estadios de fútbol e incluso ausentarme de las salas de cine durante prolongados de tiempo, pero no puedo pasar varios días sin leer y sin escribir. Creo que, puesto así, mi gusto por las Letras bien puede considerarse una pasión. Pero de ahí a no negociarla (y nunca, como aconseja Steiner), eso no.
Aunque, aclaro, primero debería aclarar lo que entiendo por negociar. En el medio literario, y en el sentido en el que creo que Steiner escribió su discurso, negociar se entiende en su acepción de comercio. De entrada no le encuentro a eso algo malo (si no, que arroje la primera piedra aquel autor que escribe para no ser leído, es decir, -eufemismos aparte- para no vender sus libros) pero comprendo bien el prejuicio que despierta el comerciar con las Letras, con nuestra pasión: hay por ahí un teorema, que muchas veces, como toda lógica, resulta correcto pero no verdadero, que da por hecho que la calidad del trabajo literario es inversamente proporcional a la cantidad de dinero que se gana haciéndolo. No me detendré en este punto porque el que me interesa es el otro sentido de la palabra negocio, pero dejaré claro lo que pienso al respecto: pienso que el teorema es cierto por lo menos las mismas veces que resulta equivocado.
La otra acepción del término negociar es pactar. Es decir, hay una manera de hacer que las dos partes ganen; hay una manera de que los buenos escritores sigan escribiendo al firmar un contrato con las grandes editoriales para que éstas, a su vez, no dediquen su catálogo exclusivamente a éxitos de dudosa calidad literaria. La ecuación en este sentido resulta bastante más complicada de llevar a cabo, pero es tan posible que ocurre en más casos de los que nos imaginamos. El punto es que sí se pueden negociar las pasiones, quizá incluso se deben negociar, sin que esto signifique, como ya es común pensar, un acto mercenario por parte del artista y otro rapaz por parte del editor. Algo que no se negocia, en este sentido, no puede evolucionar; una idea que no se intercambia no tiene futuro; una pasión encerrada en sí misma no llegará a ser algo más que un capricho. Por eso, porque me gusta la Literatura, porque es la pasión de mi vida, la negocio y la comparto; la pacto y la intercambio: porque amo lo que hago y deseo seguir haciéndolo.
Porque es necesario
Mi segunda razón para estudiar Literatura es eminentemente social: creo que es necesario para el entorno en el que vivo. En este caso Steiner y yo vamos de la mano: él nos propone ser conscientes de la fragilidad política y social de nuestra pasión. Yo pienso además que la Literatura es necesaria porque sin ella la búsqueda de la Verdad resultaría demasiado aburrida: la Filosofía no sabe cuidarse sola.
Pero hay otros motivos: aparte de la Verdad, la Literatura da sentido a otros valores e incluso a las más descaradas mentiras. Mucho más aún: aparte de la Verdad y la Belleza, la Literatura ha sido capaz de crear otro par de motores del Hombre: la Libertad y el Amor. Sin Literatura, la Libertad seguiría siendo asumida como la entienden las vacas y nos bastaría con pacer en el campo. Gracias a las Letras es todo lo demás: es el Quijote peleando contra molinos de viento, Jean Valjean aferrándose a su posibilidad de ser feliz y Alberto Caeiro escapando de la metafísica. Y, sobre todo, lo último: el Amor, un acto que la ciencia no podrá explicar jamás (no, al menos, convincentemente) porque trasciende las reacciones químicas y los impulsos eléctricos: es un hecho de Letras; el amor son los versos del Gilgamesh, son el Cantar de los Cantares, Romeo y Julieta y Madame Bovary; el amor es algo que las Letras le han hecho al mundo y que deben seguir haciéndole. Y esto conlleva, sin duda, implicaciones políticas y sociales de las que es mejor estar conscientes (como apunta Steiner) porque, de no ser así, lo que sigue es la barbarie. Y ya hemos hecho bastante como para no seguir haciendo un poco más.
¿Por qué no?
El tercer mal consejo de Steiner es no abaratar la Literatura. Afirma que ninguno de sus colegas matemáticos, físicos o químicos en Cambridge se avergüenza de decirle a un candidato a graduarse que no está lo suficientemente preparado como para seguir adelante. En cambio nosotros, los humanistas, cada vez pedimos menos. Les hemos dicho a todos: vengan, vengan, todo es muy sencillo, no se desanimen.
Incluso me parece que ha ocurrido algo peor: ante el poco éxito de la venta de garaje en que convertimos a las Humanidades, muchos humanistas han empezado a creer que en verdad vale muy poco la pena dedicarse a lo que se dedican. Es significativo el hecho de que algunos profesores de Literatura sigan presentándose ante sus alumnos con una advertencia que más bien parece maldición: en el mundo real, afirman, es imposible vivir de las Letras, pero qué bueno que todavía hay gente como ustedes, con vocación de mártires, que estudien Literatura. ¿De dónde ese pesimismo? ¿Desde cuándo empezamos a creernos el cuento de que hay motivos reales para pensar en no estudiar Literatura? Un cuento que, además, inventamos nosotros mismos, porque fuera del medio literario nadie ve con tanto recelo la actividad de leer y escribir como nosotros. La televisión, la radio, el cine, las agencias de publicidad, la política: todas esas actividades requieren hoy más que nunca de más y mejores lectores y escritores, de ideas nuevas que convulsionen el pensamiento de millones. Pagando, por qué no decirlo, también millones por ese trabajo. Pero volvemos al círculo vicioso descrito arriba: el prejuicio de oficio obliga a pensar que trabajar para los mass media es una actividad frívola y contaminadora del arte verdadero, puro, inmaculado. Para consuelo de quienes así piensen, siempre quedarán buenas editoriales y publicaciones periódicas especializadas que den cabida a su trabajo (que, esperemos, no sólo sea marginal sino también bueno). Pero si algunos de nosotros no nos decidimos a luchar en otras trincheras, no nos asombremos de que otros cuya pasión no sea la Literatura lo hagan. Y mucho menos nos lamentemos de que no lo hagan tan bien como podríamos hacerlo nosotros. Si en estos frentes no hacemos Literatura quienes la amamos, lo harán otros quizá menos dignos pero seguramente más audaces y usurparán las funciones de esa pasión por la que todos los que estamos aquí vivimos. Es cierto: la Literatura ha sido desde siempre una actividad marginal, elitista, pero ¿quién dice que ésa es su única condición posible, sobre todo teniendo en cuenta las oportunidades que el mundo presenta para su evolución en otros terrenos?
“Si hay más como tú que deciden no participar en el juego, a la gente como yo le resultará más fácil ganar”, dice un yuppie en la celebérrima Generación X de Douglas Coupland. El problema, creo yo, es que los literatos llevamos mucho tiempo haciéndonos a la idea de no participar en el juego: nos estamos conformando con encajar en el estereotipo, con ratificar el cliché y arrellanarnos en el cómodo sillón forrado de prejuicios cuya procedencia es mayoritariamente literaria y no tanto social. Estamos a punto de convertirnos en el panda de las Humanidades: marginados ya en exclusivísimos y cada vez menos centros de investigación, a pesar de tener a la mano todas las facilidades de desarrollo posibles y, sin embargo, negándonos a la procreación. Parecemos decididos a la muerte lenta, cómoda, digna, pero sobre todo segura y para evitarla nos limitamos a apelar a la lástima del mundo entero. Nos estamos resignando. Y el mundo empieza a creer que estamos muertos.
Entonces, ¿por qué estudiar Literatura? Porque me gusta, como ya quedó bien claro. Porque la considero una actividad necesaria, no de ahora, de siempre. Y porque pienso que este es un momento estupendo para demostrar al mundo, a la ciudad, a cualquier persona que la Literatura vale la pena, hace feliz y se paga bien. Las pruebas están al alcance de cualquiera con un poco de talento, mucha disposición a trabajar duro y un par de oportunidades, como en cualquier otra carrera. Porque, también como en cualquier otra carrera, la Literatura no necesita justificar su existencia, sino demostrarla como, de una u otra forma, todos lo hacemos al estar aquí. Afortunadamente. Estar aquí me demuestra, nos demuestra, les demuestra que el panda todavía está vivo, que le gusta jugar y lanzarse por la resbaladilla. Y que, mientras a nosotros nos siga fascinando escribir y encantando leer, hay esperanza todavía.
D.F., México, noviembre de 2001