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lunes, mayo 07, 2018

Lo que todo gran profesor sabe


Esto es lo que todo gran profesor de hoy día ya sabe:

  • Que no es necesario "cubrir" todo el temario, ni siquiera cumplir con todos los estándares de aprendizaje por igual. Saben priorizar y relativizar la importancia: algunas cosas requerirán dos semanas, y otras, dos frases.
  • Que no es necesario perder el tiempo dando la misma lección a toda una clase al mismo tiempo. Son capaces de encontrar la manera de que cada alumno esté haciendo una cosa diferente y apropiada.
  • Que tienen que recurrir a la tecnología para conseguirlo. Los mejores profesores lo llevan al máximo y dejan que los alumnos trabajen los detalles ellos solos, haciendo lo que más les gusta al tiempo que se aseguran de que todo el mundo entiende bien todo. 
  • Que obtienen mejores resultados de los alumnos cuando los desafían y les piden que los sorprendan.

Los mejores profesores son conscientes de que tienen que incluir en su forma de enseñar un gran número de destrezas que son imprescindibles para triunfar en el futuro y que no están incluidas en los planes de estudio actuales.

Todos los grandes profesores que conozco piensan constantemente en esas destrezas y buscan cómo contribuir a que los alumnos las adquieran. Pero no les vendría mal un poco más de ayuda. Tenemos que brindárselas. Una de las mejores maneras de ayudar sería borrar casi todo lo que forma el plan de estudios actual y asegurarnos de que los alumnos comprenden lo esencial, algo que ocurre muy rara vez.

En esto consiste el cambio del papel de los profesores en la era de la tecnología: en pasar de ofrecer y explicar contenidos a proporcionar las destrezas humanas que las máquinas no pueden proporcionar, entre las que se incluyen el respeto, la empatía, la motivación y el fomento de las pasiones de los alumnos. 

Mark Prensky en El mundo necesita un nuevo currículo (SM de Ediciones, 2017).   

miércoles, septiembre 13, 2017

¡Hasta pronto, generación IB 2017!

Estimados Padres de Familia.
Queridos colegas.
Inolvidables alumnos del Bachillerato Internacional, generación 2017.
En una de las novelas que leímos, comentamos y analizamos, Vida de Pi, de Yann Martel. Revisamos algunas características básicas de la novela de viaje. Comentamos, según recuerdo, que los protagonistas de estas historias se enfrentan a condiciones adversas que deben vencer para lograr llegar a su destino. Dijimos también que en una buena novela de este género el protagonista siempre cambia, se transforma, conoce algo de sí mismo que le permite cerrar una etapa e iniciar otra.
La metáfora del viaje, desde luego, funciona a la perfección para definir el momento en el que se encuentran ahora. Han terminado un recorrido pleno de miedos y confusiones, de misterios y acertijos que parecían imposibles de resolver. En su camino han encontrado aliados y enemigos; desconocidos que les tendieron la mano y amigos que a la hora de la verdad se quebraron y dejaron de serlo. Pero también, y sobre todo, si fueron lo suficientemente afortunados en estos años, crecieron y se conocieron un poco mejor. Descubrieron habilidades que no sabían que tenían y cayeron en cuenta de que algunas áreas que creían dominar en realidad les deparaban todavía muchas sorpresas. Aprendieron y cambiaron. Se transformaron, como los personajes de las mejores novelas de aventuras.
Ahora llevan ya varias semanas de otro viaje. Uno más largo, más complicado, más retador y, espero, también más motivante. Estoy seguro de que la mayoría llegará a buen puerto, aunque probablemente será uno distinto al que prevén en este momento. Otros pocos cambiarán de barco y muy pocos, espero sinceramente que ninguno, naufragará. Pero la vida es así, y sigue siendo maravillosa.
Lo importante es que están iniciando otro viaje, y es en esta metáfora en la que deseo detenerme un momento. En la metáfora del viajero. Noten que he dicho viajero y no turista. En uno de sus últimos textos, el filósofo y sociólogo polaco Zygmunt Bauman afirmó que uno de los problemas más graves de nuestra época consiste en que los seres humanos hemos dejado de ser viajeros y nos hemos convertido en turistas de nuestras vidas. Bauman decía que los viajeros son muy parecidos a los peregrinos, en el sentido de que los mueve una búsqueda profunda, trascendente, muchas veces lenta y que exige paciencia y pasión. Los turistas, por el contrario, pocas veces se detienen más allá del tiempo necesario para tomar una selfie. No importa que frente a sí tengan una obra maestra, o un paisaje que a otro le quitaría el aliento. Lo único que desea el turista es capturar una imagen para alimentar su historia de Snapchat.
En un sentido muy similar escribe el filósofo francés Michel Onfray en su libro Teoría del viaje. Dice que al viajero auténtico lo caracteriza “el gusto por el movimiento, la pasión por el cambio, el deseo ferviente de movilidad y la furia de la independencia”. Noten por favor que estas palabras entrañan una disyuntiva fundamental: somos nómadas o sedentarios, dice Onfray, aficionados al flujo, a los transportes, a los desplazamientos o apasionados por el estatismo, el inmovilismo y las raíces. Los primeros aman la ruta, larga e interminable, sinuosa y zigzagueante; los segundos disfrutan de la madriguera, oscura y profunda, húmeda y misteriosa.
Asumiré esta tarde que pertenecen al primer grupo, al de los viajeros, simplemente porque su edad lo exige y porque no se necesita revisar sus vidas exhaustivamente para darse cuenta de que se están moviendo, de que siguen cambiando, de que la transformación no ha cesado.
Y a ustedes, viajeros de la generación IB de la PrepaTec Esmeralda 2017, deseo recordarles hoy las palabras de un poeta griego que escribió unos versos sublimes refiriéndose al más famoso de los viajeros: Ulises. Les recuerdo que, después de diez años en la guerra de Troya, Ulises tardó diez años en su viaje de regreso a casa, la isla de Ítaca. En ese camino se enfrentó a Poseidón, a cíclopes, gigantes caníbales y, desde luego, también a las sirenas. Durante el trayecto perdió a todos sus amigos. Y cuando por fin llegó a casa, dicen los versos de Homero, no pudo evitar un gesto de decepción al encontrar una isla pequeña y empobrecida, muy lejana de la próspera e imponente ciudad que él idealizaba tras veinte años fuera de casa.
Otro gran poeta griego, Constantino Cavafis, recuperó esa idea y consideró que Ulises se había equivocado al decepcionarse de Ítaca cuando regresó a casa. Porque, después de todo, la simple idea de Ítaca, la idea de un hogar, de una familia, de un lugar en el que pudiera sentirse cómodo, esa idea, lanzó a Ulises al mar para llevar a cabo un viaje repleto de aventuras y conocimiento. Por eso, decía Cavafis, Ulises debía estar agradecido con Ítaca, con esa idea que le motivó a iniciar un viaje que ningún otro mortal había emprendido antes.
Esta tarde yo les recomiendo lo mismo que Cavafis a Ulises. Ya inmersos en este maravilloso viaje que son sus vidas, deseen que el camino sea largo. Tengan una meta clara, pero no apresuren el paso.
Mejor que dure muchos años,
y ya anciano recales en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que te dé riquezas Ítaca.
Ítaca te dio el viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene más que darte.
Y si pobre la encuentras, Ítaca no te engañó.
Así, sabio como te hiciste, con tanta experiencia,
comprenderás ya qué significan las Ítacas.
Sean viajeros, no turistas. Nutran su historia en Snapchat, pero dense tiempo para encontrar trascendencia. Asuman que la vida es sinónimo de misterio y no permitan que esa verdad los asuste. Busquen estabilidad, pero asuman que ningún cambio importante se ha logrado simplemente esperando que ocurra. Y disfruten, desde luego. Tienen motivos de sobra para asumir que el viaje será placentero. Y si no lo es, si las aguas se enturbian o algún vendaval amenaza su barca, recuerden que tienen en nosotros, sus padres y profesores, a navegantes experimentados dispuestos a lanzarles un salvavidas.
Muchas gracias por habernos permitido compartir estos años con ustedes. Ha sido una aventura extraordinaria. Les deseo el mejor de los éxitos.

domingo, julio 12, 2015

Cada alumno toca su instrumento...



Cada alumno toca su instrumento, no vale la pena ir contra eso. Lo delicado es conocer bien a nuestros músicos y encontrar la armonía. Una buena clase no es un regimiento marcando el paso, es una orquesta que trabaja la misma sinfonía. Y si has heredado el pequeño triángulo que sólo sabe hacer ting ting, o el birimbao que sólo hace bloing bloing, todo estriba en que lo hagan en el momento adecuado, lo mejor posible, que se conviertan en un triángulo excelente, un birimbao irreprochable, y que estén orgullosos de la calidad que su contribución confiere al conjunto. Puesto que el gusto por la armonía les hace progresar a todos, el del triángulo acabará también sabiendo música, tal vez no con tanta brillantez como el primer violín, pero conocerá la misma música.
Hizo una mueca fatalista:
—El problema es que queremos hacerles creer en un mundo donde sólo cuentan los primeros violines. 
Una pausa:
—Y que algunos colegas se creen unos Karajan que no soportan dirigir el orfeón municipal. Todos sueñan con la Filarmónica de Berlín, lo que es comprensible... 

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Del libro Mal de escuela, de Daniel Pennac (DeBolsillo, 2010)

lunes, abril 13, 2015

Contra la tarea

El siguiente texto fue escrito por Alfonso González Balanza, profesor español de Secundaria. Se refiere, básicamente, a la educación Primaria, pero considero que sus ideas son valiosas también para el Bachillerato. Aquí está la fuente donde encontré el texto.
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La inmensa mayoría de los maestros (mis compañeros de profesión) considera que los deberes son absolutamente necesarios. Muchos estarían dispuestos a discutir sobre la cantidad adecuada, pero que hay que mandar deberes no se lo cuestionan; es algo tan evidente como que  en invierno hace frío y que en verano hace calor. Digamos que es el orden natural de las cosas. Los maestros deben mandar deberes y los niños deben hacen deberes por la misma razón que la Tierra da vueltas alrededor del Sol y las plantas florecen en primavera: porque así ha sido siempre y porque así debe ser. La maldición bíblica “ganarás el pan con el sudor de tu frente” está tan arraigada en nuestra cultura que la hacemos extensible a los niños. La vida es dura; en este valle de lágrimas no estamos para disfrutar, sino para sufrir.
A casi cualquier maestro que le preguntes por la conveniencia de mandar deberes a los niños te contestará, igual que se recita un mantra, que los deberes cumplen tres funciones: refuerzan lo aprendido, enseñan responsabilidad y crean un hábito de trabajo. Y de ahí no los vas a sacar. Eso es lo que hicieron con ellos sus maestros, eso es lo que les han enseñado en la escuela de magisterio y eso es lo que harán hasta que se jubilen. No importa que nuestro país, año tras año, esté a la cola de los países avanzados, en cuanto al rendimiento escolar se refiere, a pesar de que nuestros alumnos sean los que más días de clase tiene al año y más horas dedican a los deberes en casa. Da igual que todos los estudios internacionales demuestren que los países en los que menos deberes se mandan (o en los que directamente están prohibidos por ley) sean los que mejores resultados obtienen; da igual que todas las investigaciones serias hayan demostrado que los deberes no sólo no sirven para nada, sino que pueden ser perjudiciales. Para muchos de mis compañeros de profesión tales estudios son una patraña de pedagogos progres que no quieren que a los niños se les transmita  la cultura del esfuerzo.
Frente a esos argumentos repetidos por tantos profesores, mi experiencia me dice que los deberes son inútiles, antipedagógicos, profundamente injustos y, lo que es peor, impiden a los niños realizar otras actividades mucho más importantes. Pero en primer lugar voy a explicar por qué, a mi juicio, tales argumentos son una falacia y un sofisma.
¿Hábito de trabajo? Si dedicar 9 meses al año, 5 días a la semana y 5 horas diarias a la realización de tareas escolares, para un niño de entre 6 y 11 años, no es suficiente para lograr un hábito de trabajo, que alguien me explique qué se necesita para lograr ese hábito. Niños en edad de correr y jugar, están sentados en una silla de madera 5 horas diarias realizando tareas aburridas y repetitivas, mientras exigimos que estén en silencio y concentrados. Cuando los profesores asistimos durante nuestra jornada laboral a una charla de más de una hora, nos retorcemos en nuestros asientos y miramos el reloj con desesperación, a pesar de que somos adultos y se nos supone una mayor capacidad de autocontrol y sacrificio, ¡por no mencionar que nos pagan por ello! Mi hija de 8 años, por ejemplo, dedica al trabajo muchas más horas que yo y que absolutamente todos los profesores que conozco (y conozco muchos).
¿Responsabilidad? Existen muchas formas de enseñar responsabilidad, y no sólo la de cumplir con la obligación de hacer deberes; sin olvidar que no podemos exigir responsabilidad a quien por su edad no es responsable de su tiempo ni de sus circunstancias. La responsabilidad se adquiere progresivamente, y me parece normal empezar a exigirla en la ESO, pero no en Primaria: el tiempo del que disponen los niños por la tarde o los fines de semana no depende de ellos, sino de sus padres.
¿Refuerzan lo aprendido? Un niño de 11 años sólo necesita saber sumar, restar, multiplicar, dividir, escribir (correctamente) y leer (con fluidez), para afrontar con éxito la Secundaria. ¿Eso no se puede aprender en 6 años de trabajo diario en clase? Los niños no refuerzan lo aprendido en clase por la tarde: lo aborrecen. Hasta que no tuve hijos, y estos empezaron a estudiar en Primaria, no me di cuenta de la suerte que tuve de ir a un colegio en el que no se mandaban deberes hasta la 2ª etapa de E.G.B. (de 6º en adelante) y, la verdad, no me ha ido nada mal en mis estudios posteriores.
Y ahora voy a explicar por qué sostengo que son injustos e inútiles: para empezar, los deberes que se mandan son los mismos para todos los niños, independientemente de su capacidad y circunstancias personales. Esto es, por definición, absurdo e injusto: si mi hija, que está en 1º de ESO, no hubiera tenido unos padres profesores (y por lo tanto con estudios y MUCHO tiempo para dedicarle) no habría obtenido los resultados tan buenos que obtuvo en Primaria. Pero a pesar de toda la ayuda que le hemos dado, mi hija ha dedicado cientos de horas a realizar tareas escolares absurdas y repetitivas. Porque la mayoría de las actividades incluidas en los libros de texto se basan en la repetición, en el aprendizaje memorístico al pie de la letra, en copiar mecánicamente y en seguir unas pautas de realización muy concretas, que no dejan margen ninguno a la creatividad, y que logran destruir la curiosidad de los niños. Además, las tareas que mandamos, en muchos casos, no siguen criterio pedagógico alguno: he podido comprobar cómo el número de ejercicios o de trabajos que tenía que hacer mi hija en una asignatura, aun teniendo al mismo profesor, variaba enormemente de un año para otro por el mero hecho de que, al cambiar de editorial, el nuevo libro tenía muchos más o muchos menos ejercicios que el del año anterior. Es decir, que los profesores mandamos todos los ejercicios que vienen en el libro, sin plantearnos cuántos o cuáles son los necesarios: si son diez, diez, y si son veinte, veinte (y, por supuesto, HAY que hacer todos los ejercicios y dar todos los temas del libro). Y este no es un problema del colegio de mis hijos (de cuyos profesores, excelentes profesionales, no tengo, por otra parte, ninguna otra queja), sino que es un problema generalizado de nuestra profesión.
Pues bien, yo confieso que he hecho docenas de ejercicios de Matemáticas a mi hija (si, por ejemplo, le mandaban cinco divisiones, ella hacía una y yo cuatro) le he dictado montones de ejercicios de “Cono”, le he traducido incontables páginas escritas en Inglés, le he ayudado con decenas de ejercicios de Lengua y le he hecho muchos trabajos de diferentes asignaturas (mi mujer, además, le ha ayudado a terminar incontables láminas de dibujo y trabajos manuales). ¡Y no me arrepiento! Lo he hecho para que mi hija tuviera una infancia feliz y durmiera todos los días 10 horas. Gracias a eso, mi hija es una niña sana, además de una gran deportista, le encanta leer y escribir por puro placer, juega  al ajedrez, toca la guitarra y es una niña abierta y sociable que ha jugado cientos de horas en la calle. Y si ahora que está en la ESO puedo asegurar que no le ayudo nada en absoluto y sigue sacando muy buenas notas, ¿eran necesarios todos esos deberes que le mandaron y no hizo? ¿Qué pasa con todos los niños cuyos padres trabajan mañana y tarde y, además, no tiene estudios para poder ayudar a sus hijos? Pues simplemente que este sistema educativo injusto, que coarta la libertad y la creatividad de los niños, los margina irremediablemente y los señala como niños irresponsables y fracasados, a la vez que los hunde con negativos, ceros y castigos, y les mina la autoestima, haciéndoles creer que no sirven para estudiar. Si las circunstancias familiares de cada niño son distintas, todo lo que se mande para casa es, por definición, injusto, y condena al fracaso a miles de niños cuyos padres no tienen tiempo, ni capacidad, para ayudar a sus hijos con los deberes escolares.
Pero además, los deberes son antipedagógicos porque hacen que los niños odien estudiar y aprender. A la mayoría de los niños les encanta ir al colegio, pero no soportan hacer deberes; para los niños estudiar y aprender es un castigo (mis hijos no pueden entender que yo siga estudiando por placer). Eso es lo que hemos conseguido mandando deberes hasta lograr el hastío de los niños.
Y lo peor de todo: los deberes ocupan tanto tiempo que los niños no pueden realizar otras actividades mucho más importantes para su desarrollo físico y psíquico; los profesores hemos logrado que los niños lleven una vida igual de sedentaria que los adultos, con el consiguiente problema, convertido ya en epidemia, de obesidad infantil generalizada.
Y es que los maestros no mandamos una actividad en concreto, un día en concreto, tras una meditada reflexión, por considerarla necesaria para conseguir un determinado objetivo que es imposible lograr con el trabajo de clase, tras plantearnos los pros y los contras y pensar de qué modo podemos lograr que nuestros alumnos se motiven con dicha actividad (en vez de considerarla un castigo), sino que lo hacemos de manera automática; porque sí, porque es lo que se supone que hacen los maestros.
Yo propongo que, siguiendo la lógica de mis compañeros maestros, los equipos directivos de los centros nos manden trabajo durante las vacaciones, para que no perdamos el hábito de trabajo adquirido durante el curso. Y que cuando asistamos a un curso de formación, nos manden deberes para el día siguiente con el fin de afianzar los contenidos del curso.
Muchos compañeros me comentan que son los padres los que exigen que se manden deberes a los niños. ¡Pues claro! Para muchos padres los deberes son la forma de que sus hijos estén ocupados y no les molesten pidiéndoles ir a la plaza a jugar. Muchos padres querrían que los niños estuvieran en el colegio hasta las 8 de la tarde, y, por supuesto que hubiera clase los sábados y que los niños siguieran yendo en julio al colegio. ¿Por qué no les hacemos caso en eso también?
¿Y qué deberían hacer, a mi juicio, los niños después de la jornada escolar? Pues según todos los estudios científicos y pedagógicos, está absolutamente demostrado que los mayores beneficios para el desarrollo neurológico y cognitivo de los niños se obtienen con las siguientes actividades: Deporte, Arte (Música, Dibujo…), Juego (imprescindible para la socialización de los niños y para desarrollar la creatividad), Idiomas y Lectura. El arte, la filosofía, la ciencia, la literatura, la música y todas las actividades más elevadas realizadas por el ser humano, son consecuencia directa del mayor logro conseguido por la humanidad: el tiempo de ocio.
Por lo tanto, los niños deberían pasar más tiempo con sus familias, jugar con otros niños (a ser posible en la calle) y practicar deporte, todos los días; aprender a tocar un instrumento musical, practicar una lengua extranjera y jugar al ajedrez, varios días a la semana. Y, sobre todo: leer, leer, leer, leer, leer… Sólo se debería mandar de deberes, en Primaria, leer todos los días el libro que ellos elijan. Y al día siguiente, en el colegio, hacer una redacción contando lo que han leído. Nada más; el resto de actividades se deberían hacer todas en clase. Si intentamos reducir el número de deberes no cambiaremos nada: todos los maestros están convencidos de que ellos mandan muy pocos deberes; sólo eliminándolos por completo lograremos acabar con esta sin razón.