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lunes, mayo 07, 2018

Lo que todo gran profesor sabe


Esto es lo que todo gran profesor de hoy día ya sabe:

  • Que no es necesario "cubrir" todo el temario, ni siquiera cumplir con todos los estándares de aprendizaje por igual. Saben priorizar y relativizar la importancia: algunas cosas requerirán dos semanas, y otras, dos frases.
  • Que no es necesario perder el tiempo dando la misma lección a toda una clase al mismo tiempo. Son capaces de encontrar la manera de que cada alumno esté haciendo una cosa diferente y apropiada.
  • Que tienen que recurrir a la tecnología para conseguirlo. Los mejores profesores lo llevan al máximo y dejan que los alumnos trabajen los detalles ellos solos, haciendo lo que más les gusta al tiempo que se aseguran de que todo el mundo entiende bien todo. 
  • Que obtienen mejores resultados de los alumnos cuando los desafían y les piden que los sorprendan.

Los mejores profesores son conscientes de que tienen que incluir en su forma de enseñar un gran número de destrezas que son imprescindibles para triunfar en el futuro y que no están incluidas en los planes de estudio actuales.

Todos los grandes profesores que conozco piensan constantemente en esas destrezas y buscan cómo contribuir a que los alumnos las adquieran. Pero no les vendría mal un poco más de ayuda. Tenemos que brindárselas. Una de las mejores maneras de ayudar sería borrar casi todo lo que forma el plan de estudios actual y asegurarnos de que los alumnos comprenden lo esencial, algo que ocurre muy rara vez.

En esto consiste el cambio del papel de los profesores en la era de la tecnología: en pasar de ofrecer y explicar contenidos a proporcionar las destrezas humanas que las máquinas no pueden proporcionar, entre las que se incluyen el respeto, la empatía, la motivación y el fomento de las pasiones de los alumnos. 

Mark Prensky en El mundo necesita un nuevo currículo (SM de Ediciones, 2017).   

lunes, abril 13, 2015

Contra la tarea

El siguiente texto fue escrito por Alfonso González Balanza, profesor español de Secundaria. Se refiere, básicamente, a la educación Primaria, pero considero que sus ideas son valiosas también para el Bachillerato. Aquí está la fuente donde encontré el texto.
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La inmensa mayoría de los maestros (mis compañeros de profesión) considera que los deberes son absolutamente necesarios. Muchos estarían dispuestos a discutir sobre la cantidad adecuada, pero que hay que mandar deberes no se lo cuestionan; es algo tan evidente como que  en invierno hace frío y que en verano hace calor. Digamos que es el orden natural de las cosas. Los maestros deben mandar deberes y los niños deben hacen deberes por la misma razón que la Tierra da vueltas alrededor del Sol y las plantas florecen en primavera: porque así ha sido siempre y porque así debe ser. La maldición bíblica “ganarás el pan con el sudor de tu frente” está tan arraigada en nuestra cultura que la hacemos extensible a los niños. La vida es dura; en este valle de lágrimas no estamos para disfrutar, sino para sufrir.
A casi cualquier maestro que le preguntes por la conveniencia de mandar deberes a los niños te contestará, igual que se recita un mantra, que los deberes cumplen tres funciones: refuerzan lo aprendido, enseñan responsabilidad y crean un hábito de trabajo. Y de ahí no los vas a sacar. Eso es lo que hicieron con ellos sus maestros, eso es lo que les han enseñado en la escuela de magisterio y eso es lo que harán hasta que se jubilen. No importa que nuestro país, año tras año, esté a la cola de los países avanzados, en cuanto al rendimiento escolar se refiere, a pesar de que nuestros alumnos sean los que más días de clase tiene al año y más horas dedican a los deberes en casa. Da igual que todos los estudios internacionales demuestren que los países en los que menos deberes se mandan (o en los que directamente están prohibidos por ley) sean los que mejores resultados obtienen; da igual que todas las investigaciones serias hayan demostrado que los deberes no sólo no sirven para nada, sino que pueden ser perjudiciales. Para muchos de mis compañeros de profesión tales estudios son una patraña de pedagogos progres que no quieren que a los niños se les transmita  la cultura del esfuerzo.
Frente a esos argumentos repetidos por tantos profesores, mi experiencia me dice que los deberes son inútiles, antipedagógicos, profundamente injustos y, lo que es peor, impiden a los niños realizar otras actividades mucho más importantes. Pero en primer lugar voy a explicar por qué, a mi juicio, tales argumentos son una falacia y un sofisma.
¿Hábito de trabajo? Si dedicar 9 meses al año, 5 días a la semana y 5 horas diarias a la realización de tareas escolares, para un niño de entre 6 y 11 años, no es suficiente para lograr un hábito de trabajo, que alguien me explique qué se necesita para lograr ese hábito. Niños en edad de correr y jugar, están sentados en una silla de madera 5 horas diarias realizando tareas aburridas y repetitivas, mientras exigimos que estén en silencio y concentrados. Cuando los profesores asistimos durante nuestra jornada laboral a una charla de más de una hora, nos retorcemos en nuestros asientos y miramos el reloj con desesperación, a pesar de que somos adultos y se nos supone una mayor capacidad de autocontrol y sacrificio, ¡por no mencionar que nos pagan por ello! Mi hija de 8 años, por ejemplo, dedica al trabajo muchas más horas que yo y que absolutamente todos los profesores que conozco (y conozco muchos).
¿Responsabilidad? Existen muchas formas de enseñar responsabilidad, y no sólo la de cumplir con la obligación de hacer deberes; sin olvidar que no podemos exigir responsabilidad a quien por su edad no es responsable de su tiempo ni de sus circunstancias. La responsabilidad se adquiere progresivamente, y me parece normal empezar a exigirla en la ESO, pero no en Primaria: el tiempo del que disponen los niños por la tarde o los fines de semana no depende de ellos, sino de sus padres.
¿Refuerzan lo aprendido? Un niño de 11 años sólo necesita saber sumar, restar, multiplicar, dividir, escribir (correctamente) y leer (con fluidez), para afrontar con éxito la Secundaria. ¿Eso no se puede aprender en 6 años de trabajo diario en clase? Los niños no refuerzan lo aprendido en clase por la tarde: lo aborrecen. Hasta que no tuve hijos, y estos empezaron a estudiar en Primaria, no me di cuenta de la suerte que tuve de ir a un colegio en el que no se mandaban deberes hasta la 2ª etapa de E.G.B. (de 6º en adelante) y, la verdad, no me ha ido nada mal en mis estudios posteriores.
Y ahora voy a explicar por qué sostengo que son injustos e inútiles: para empezar, los deberes que se mandan son los mismos para todos los niños, independientemente de su capacidad y circunstancias personales. Esto es, por definición, absurdo e injusto: si mi hija, que está en 1º de ESO, no hubiera tenido unos padres profesores (y por lo tanto con estudios y MUCHO tiempo para dedicarle) no habría obtenido los resultados tan buenos que obtuvo en Primaria. Pero a pesar de toda la ayuda que le hemos dado, mi hija ha dedicado cientos de horas a realizar tareas escolares absurdas y repetitivas. Porque la mayoría de las actividades incluidas en los libros de texto se basan en la repetición, en el aprendizaje memorístico al pie de la letra, en copiar mecánicamente y en seguir unas pautas de realización muy concretas, que no dejan margen ninguno a la creatividad, y que logran destruir la curiosidad de los niños. Además, las tareas que mandamos, en muchos casos, no siguen criterio pedagógico alguno: he podido comprobar cómo el número de ejercicios o de trabajos que tenía que hacer mi hija en una asignatura, aun teniendo al mismo profesor, variaba enormemente de un año para otro por el mero hecho de que, al cambiar de editorial, el nuevo libro tenía muchos más o muchos menos ejercicios que el del año anterior. Es decir, que los profesores mandamos todos los ejercicios que vienen en el libro, sin plantearnos cuántos o cuáles son los necesarios: si son diez, diez, y si son veinte, veinte (y, por supuesto, HAY que hacer todos los ejercicios y dar todos los temas del libro). Y este no es un problema del colegio de mis hijos (de cuyos profesores, excelentes profesionales, no tengo, por otra parte, ninguna otra queja), sino que es un problema generalizado de nuestra profesión.
Pues bien, yo confieso que he hecho docenas de ejercicios de Matemáticas a mi hija (si, por ejemplo, le mandaban cinco divisiones, ella hacía una y yo cuatro) le he dictado montones de ejercicios de “Cono”, le he traducido incontables páginas escritas en Inglés, le he ayudado con decenas de ejercicios de Lengua y le he hecho muchos trabajos de diferentes asignaturas (mi mujer, además, le ha ayudado a terminar incontables láminas de dibujo y trabajos manuales). ¡Y no me arrepiento! Lo he hecho para que mi hija tuviera una infancia feliz y durmiera todos los días 10 horas. Gracias a eso, mi hija es una niña sana, además de una gran deportista, le encanta leer y escribir por puro placer, juega  al ajedrez, toca la guitarra y es una niña abierta y sociable que ha jugado cientos de horas en la calle. Y si ahora que está en la ESO puedo asegurar que no le ayudo nada en absoluto y sigue sacando muy buenas notas, ¿eran necesarios todos esos deberes que le mandaron y no hizo? ¿Qué pasa con todos los niños cuyos padres trabajan mañana y tarde y, además, no tiene estudios para poder ayudar a sus hijos? Pues simplemente que este sistema educativo injusto, que coarta la libertad y la creatividad de los niños, los margina irremediablemente y los señala como niños irresponsables y fracasados, a la vez que los hunde con negativos, ceros y castigos, y les mina la autoestima, haciéndoles creer que no sirven para estudiar. Si las circunstancias familiares de cada niño son distintas, todo lo que se mande para casa es, por definición, injusto, y condena al fracaso a miles de niños cuyos padres no tienen tiempo, ni capacidad, para ayudar a sus hijos con los deberes escolares.
Pero además, los deberes son antipedagógicos porque hacen que los niños odien estudiar y aprender. A la mayoría de los niños les encanta ir al colegio, pero no soportan hacer deberes; para los niños estudiar y aprender es un castigo (mis hijos no pueden entender que yo siga estudiando por placer). Eso es lo que hemos conseguido mandando deberes hasta lograr el hastío de los niños.
Y lo peor de todo: los deberes ocupan tanto tiempo que los niños no pueden realizar otras actividades mucho más importantes para su desarrollo físico y psíquico; los profesores hemos logrado que los niños lleven una vida igual de sedentaria que los adultos, con el consiguiente problema, convertido ya en epidemia, de obesidad infantil generalizada.
Y es que los maestros no mandamos una actividad en concreto, un día en concreto, tras una meditada reflexión, por considerarla necesaria para conseguir un determinado objetivo que es imposible lograr con el trabajo de clase, tras plantearnos los pros y los contras y pensar de qué modo podemos lograr que nuestros alumnos se motiven con dicha actividad (en vez de considerarla un castigo), sino que lo hacemos de manera automática; porque sí, porque es lo que se supone que hacen los maestros.
Yo propongo que, siguiendo la lógica de mis compañeros maestros, los equipos directivos de los centros nos manden trabajo durante las vacaciones, para que no perdamos el hábito de trabajo adquirido durante el curso. Y que cuando asistamos a un curso de formación, nos manden deberes para el día siguiente con el fin de afianzar los contenidos del curso.
Muchos compañeros me comentan que son los padres los que exigen que se manden deberes a los niños. ¡Pues claro! Para muchos padres los deberes son la forma de que sus hijos estén ocupados y no les molesten pidiéndoles ir a la plaza a jugar. Muchos padres querrían que los niños estuvieran en el colegio hasta las 8 de la tarde, y, por supuesto que hubiera clase los sábados y que los niños siguieran yendo en julio al colegio. ¿Por qué no les hacemos caso en eso también?
¿Y qué deberían hacer, a mi juicio, los niños después de la jornada escolar? Pues según todos los estudios científicos y pedagógicos, está absolutamente demostrado que los mayores beneficios para el desarrollo neurológico y cognitivo de los niños se obtienen con las siguientes actividades: Deporte, Arte (Música, Dibujo…), Juego (imprescindible para la socialización de los niños y para desarrollar la creatividad), Idiomas y Lectura. El arte, la filosofía, la ciencia, la literatura, la música y todas las actividades más elevadas realizadas por el ser humano, son consecuencia directa del mayor logro conseguido por la humanidad: el tiempo de ocio.
Por lo tanto, los niños deberían pasar más tiempo con sus familias, jugar con otros niños (a ser posible en la calle) y practicar deporte, todos los días; aprender a tocar un instrumento musical, practicar una lengua extranjera y jugar al ajedrez, varios días a la semana. Y, sobre todo: leer, leer, leer, leer, leer… Sólo se debería mandar de deberes, en Primaria, leer todos los días el libro que ellos elijan. Y al día siguiente, en el colegio, hacer una redacción contando lo que han leído. Nada más; el resto de actividades se deberían hacer todas en clase. Si intentamos reducir el número de deberes no cambiaremos nada: todos los maestros están convencidos de que ellos mandan muy pocos deberes; sólo eliminándolos por completo lograremos acabar con esta sin razón.  

domingo, enero 11, 2015

Tres propósitos para el nuevo semestre


Durante las vacaciones invernales leí este texto de Alexis Wiggins en el Washington Post. La autora llevó a la práctica una idea que los profesores tenemos a menudo (o al menos yo): vivir un día de clases tal como lo viven nuestros alumnos. Al menos en mi caso, es recurrente el argumento: "Su clase no es la única que tenemos" cuando les asigno una tarea más o menos retadora. La mayoría de las veces lo asumo como un pretexto sin sentido y pienso: "Ustedes tampoco son el único grupo al que doy clases". Craso error. Lo cierto es que los profesores tendemos a encerrarnos en lo que consideramos una perspectiva correcta de nuestro trabajo (somos muy proclives a la autocomplacencia: defecto que, claro, también les endilgamos a nuestros pupilos) y muy rápida y preocupantemente dejamos de ser empáticos con las personas para las que trabajamos. 

Wiggins siguió a un alumno de secundaria y a otro de preparatoria durante un día completo en su escuela y encontró tres lecciones muy valiosas:

1. Los alumnos pasan sentados la mayor parte del tiempo. Puede parecer una nimiedad, pero en una jornada de ocho horas de clase, los chicos pasan sentados siete de ellas (o más). Sobra decir que en la mayoría de los casos son obligados a ello. 

2. Los alumnos escuchan pasivamente el 90% del tiempo de clase. Hay muchas iniciativas de innovación en las escuelas que conozco; pero la mayoría de ellas se encuentran en etapas iniciales o están mal enfocadas, lo que significa que los profesores seguimos impartiendo clases al viejo estilo: dictando cátedra y predicando nuestras verdades a un público sobreestimulado al que nosotros, paradójicamente, cortamos esos estímulos cada vez que entran a nuestra aula. 

3. Los alumnos pasan buena parte del tiempo sintiendo que son una molestia. "Guarde silencio, apague su celular, ponga atención, deje de molestar a su compañero/a, tome nota, le he dicho que guarde silencio, no, no le enviaré la presentación por correo, siéntese..." No importa con cuán buenas intenciones digamos lo anterior: repetido durante ocho horas resulta extenuante y, sobre todo, genera la sensación de que los alumnos son básicamente un estorbo en el salón. 

Más allá de buscar la cuadratura del círculo con metodologías de vanguardia, deberíamos también atender estos asuntos tan elementales en nuestras clases. Porque los tres puntos anteriores se refieren al tiempo que los alumnos pasan en la escuela. Fuera de ella se enfrentan al reto de organizar su tiempo de tal suerte que les alcance para cumplir las tareas que sus seis o siete profesores les asignamos. Muchos de nosotros, claro, sin pensar en los otros cinco o seis colegas que también se pusieron "creativos" y "retadores" al momento de mandarlos al cine, a un museo, a producir un cortometraje, preparar una presentación, leer un libro, montar una maqueta y estudiar para algún examen... todo para la próxima semana. Y calladitos y de buen modo, por favor. Y si no tienen tiempo para los amigos, la novia y el gimnasio, lo siento mucho: porque la escuela es primero y es su única responsabilidad... Lo cierto es que es un discurso hipócrita, porque ninguno de nosotros permite que el trabajo lo absorba de tal forma que no quede tiempo para la familia, los amigos, o algún hobby. Si en nosotros no lo toleramos (o al menos no deberíamos hacerlo), ¿por qué a ellos los obligamos a vivir así? 

A unas horas de iniciar un nuevo semestre, mi propósito es cambiar el estado de cosas de los tres puntos señalados por Wiggins: deseo mover a mis alumnos (física e intelectualmente), diseñar mis clases para permitirme escucharlos más y hacerles saber que mi trabajo con ellos, por muy demandante que pueda resultar a veces, es sobre todo un gusto y una decisión consciente y cotidiana. Al tiempo. 

martes, junio 11, 2013

Cuatro retos de la educación por venir


Imagen de Néstor Alonso en el blog de Domingo Méndez
(1ª de dos partes)
En semanas recientes he tenido el privilegio de participar en algunas reuniones en las que se ha empezado a discutir el modelo Tec 21, la estrategia que presenta el Tec de Monterrey a los retos de los próximos años. Deseo compartir con ustedes algunas reflexiones generadas a raíz de lo visto y escuchado en estos días. 
1. Hay que aceptar que el sistema está en crisis (o lo estará muy pronto)
Sobre todo a nivel medio superior y superior, nunca como ahora se había cuestionado tan fuertemente la pertinencia de formar parte del sistema educativo. Todavía entre la mayoría de quienes estudian (y sobre todo de quienes financian esos estudios: los padres de familia) persiste la idea de que vale la pena invertir tiempo y (si se puede) dinero para inscribir a los hijos en preparatorias y universidades privadas. En estas últimas una carrera profesional implica por lo menos cuatro años y medio de vida y algo así como un millón de pesos entre colegiaturas y materiales de trabajo a lo largo de ese lapso. Muchas veces esa convicción se traduce en una deuda de varias decenas de miles de pesos que el alumno se compromete apenas tenga su título de ingeniero o licenciado. Es mucho tiempo y mucho dinero, pero todo sea por adquirir los conocimientos y desarrollar las habilidades necesarias para sustentar una carrera profesional exitosa (“ser alguien en la vida”, como rezaba el slogan de una universidad hace años).
Pero en años recientes, con el boom de las tecnologías que permiten el intercambio de información a una velocidad antes impensable, el sistema educativo ha sido puesto en jaque. Ahí está el caso de los MOOCs: cursos masivos en línea, gratuitos, facilitados por las mejores universidades del mundo (Yale, Harvard, MIT…). La palabra clave es “gratis”. De momento, los MOOCs se ofrecen sin costo, convirtiéndose en una fuente de conocimiento confiable, profesional y prestigiada que sólo exige del alumno tiempo y conexión a internet. La siguiente jugada es que esas universidades confirmen la equivalencia de esos cursos con los que se imparten en sus aulas, cobrando una cuota significativamente más baja que la que implica tomar clases en modalidad presencial. La pregunta que se plantea entonces es: si el alumno puede tomar un curso gratis (o a un precio relativamente bajo), facilitado por un profesor de universidad Ivy League y recibe al final un certificado que avala ese conocimiento, ¿qué sentido tiene pagar decenas de miles de pesos al semestre para aprender lo mismo?
Desde hace varios años la enseñanza está basada en las competencias que el sistema escolarizado ofrece a sus alumnos: qué saben hacer y cómo lo hacen. Aunque no es una idea nueva, ahora queda claro que para desarrollar esas competencias no es indispensable enrolarse en una universidad… ni pagar la colegiatura.
Cierto: pasarán varios años para que la crisis se acentúe, para que los alumnos (y sobre todo sus padres) asuman como real la posibilidad de no estudiar en una universidad y encontrar vías alternas para adquirir conocimientos y desarrollar competencias que les permitan (en menos tiempo y a un precio menor) ser competitivos en el mercado laboral. Pero el hecho de que el punto más álgido de esta crisis no se prevea hasta dentro de unos años, no quiere decir que no ocurrirá: hace tres lustros era impensable la consulta en línea de información confiable en la red; hoy tenemos Wikipedia, a quien prácticamente nadie regatea el rol de enciclopedia de nuestros tiempos.
2. Conviene reconocer que la tecnología no es la respuesta (completa)
Me gustaría hacer una aclaración en este sentido: no soy tecnófobo. Todo lo contrario. Me gusta estar al tanto de las novedades tecnológicas y soy usuario competente de varias de ellas. Considero que la tecnología me permite (como a millones más) realizar mejor y más rápidamente algunas de mis actividades cotidianas. Sin embargo pienso que en el ámbito educativo hemos hecho una lectura al menos incompleta y a veces francamente equivocada del lugar que la tecnología está llamada a ocupar en el futuro. Proporcionamos o financiamos tablets a nuestros profesores, ofrecemos capacitación para usar redes sociales y apps, les conminamos a usar clickers [1]y a diseñar páginas web… Pero en medio de esta amplísima oferta de recursos no nos damos cuenta de que el foco no ha de estar exclusivamente en el uso de la tecnología sino sobre todo en su uso desde una perspectiva pedagógicamente innovadora. No se trata, como me decía un profesor recientemente, de migrar del pizarrón a los acetatos a las diapositivas en Power Point a las presentaciones en Prezi[2]: ¿dónde está la innovación ahí? ¿De qué sirve usar clickers si las preguntas que se hacen son las mismas de hace 10, 15 o 20 años?
Sólo daremos un salto cualitativo cuando aprendamos a utilizar técnicas didácticas auténticamente retadoras que, complementadas con tecnología de punta, pueden resultar un combo muy eficaz para enseñar a las nuevas generaciones. Ni duda cabe de que técnicas como el Aprendizaje Basado en Problemas o el Aprendizaje Colaborativo, que no son nuevas, podrían relanzarse con mucha potencia utilizando la tecnología de última generación. En este contexto, dotar al profe de una laptop o una tablet es sólo el primer paso para ello. Si nos quedamos ahí el salto no será completo y nos quedaremos a medias en el intento de conectar con una generación que hoy exige mucho más que un profesor que comparta sus documentos por Facebook.       


[1] Un clicker es un sistema de respuesta remota. A fines de los ’90 se usaba en aulas con controles que se asignaban a los alumnos; ahora se responde a través de dispositivos móviles como teléfonos celulares o tablets.
[2] Prezi es una aplicación multimedia para la creación de presentaciones. Es similar a PowerPoint pero de manera más dinámica. La versión gratuita funciona sólo conectado a internet y con un límite de almacenamiento.

lunes, enero 07, 2013

MOOCs: ¿El futuro de la educación?


El profesor Charles Negy tuvo a 428 alumnos en su clase de Psicología en la Universidad Central de Florida el pasado 6 de septiembre de 2012. (Foto: Ricardo Ramírez para el Orlando Sentinel)
El año pasado se dijo que era el de los MOOCs, pero en realidad su consolidación, si llega a darse, ocurrirá en el próximo par de años. Como sucede siempre con alguna novedad, ésta no se encuentra exenta de simpatizantes y detractores: los primeros afirman chistar que éste es el futuro de la educación, ponderando el carácter masivo de la oferta educativa de algunas de las mejores universidades del mundo. Los segundos airean sus dudas respecto a la calidad de aprendizaje que pueda lograrse en aulas virtuales a las que asisten al mismo tiempo decenas de miles de alumnos. Pero vamos por partes: ¿qué son los MOOCs?
MOOC son las siglas de “Massive Open Online Course”, que literalmente se traduce al español como “Curso masivo abierto en línea”. Su antecedente más inmediato se encuentra en 2002, cuando el MIT inició su programa OpenCourseWare (OCW), que aún funciona y ofrece en línea y de manera gratuita material de varios de sus cursos. La mayoría son archivos de texto (notas del profesor para sus clases presenciales) y videos (del profesor en clase). Varias universidades siguieron el modelo, pero no ofrecían continuidad a los cursos, ni los acreditaban. Hasta ahora.
La diferencia de los MOOCs respecto a los cursos en línea del modelo OCW es que en los MOOCs debes registrarte como alumno y comprometerte a hacer las lecturas y tareas que el profesor asigne, mientras que en un curso en línea “normal” puedes hacer uso del material que la universidad te ofrece, pero no recibes seguimiento ni retroalimentación de alumnos o profesores que tomen el curso (mismo que inicias y terminas cuando quieres, sin ceñirte a un calendario preestablecido). El material sigue siendo básicamente el mismo (presentaciones PowerPoint, videos, lecturas en PDF) pero los MOOCs ofrecen seguimiento a los alumnos y, en algunos casos, certificados que acreditan la validez del curso.
Entre las ventajas encontramos, primero, que son gratis. Esta es una distinción importante porque en ella radica su carácter masivo. A diferencia de otros cursos (incluidas licenciaturas o posgrados) que se imparten en línea, los MOOCs son 100% gratuitos. Otra indiscutible ventaja es la variedad: puedes enrolarte en un curso que aborde la figura del héroe en la Antigua Grecia impartido por Gregory Nagy de la Universidad de Harvard o en otro de teoría de juegos encabezado por Matthew O. Jackson de Stanford. En total hay varias centenas de cursos que incluyen prácticamente cualquier rama del conocimiento humano. ¿Otra ventaja? La flexibilidad de tiempos: las tareas se asignan semanalmente y no tienes que realizarla en algún día u hora específica: tú decides en qué momento te conectas para ver el video o hacer el ejercicio que te pidió el profesor. Finalmente, la tendencia es que estos cursos tengan validez oficial por parte de las universidades que los imparten. Esto representará una gran ventaja profesional al poder añadir a tu CV los certificados de los MOOCs que hayas acreditado, complementando de manera muy valiosa tu formación “tradicional”.    
Entre las desventajas encontramos que, al menos para el público iberoamericano, la oferta es muy limitada. La inmensa mayoría de los MOOCs se ofrecen en inglés. En España, la muy prestigiada Universidad de Nacional de Educación a Distancia (UNED) tiene apenas dos cursos abiertos y el esfuerzo que hace la red UnX ha crecido muy lentamente. En México y América Latina aún no conocemos esfuerzos significativos en esta dirección. Otra desventaja es (aunque resulte paradójico) el carácter masivo de los cursos. A diferencia de lo que ocurre en las clases tradicionales, en los MOOCs difícilmente conocerás al profesor que imparte la materia. Los cursos están diseñados para que se inscriban todos los alumnos que lo deseen, así que en tu clase encontrarás decenas de miles de alumnos, de tal suerte que el trabajo de día a día está asignado a un software que revisa tareas o en el peer-learning que consiste en aprender con y de tus compañeros (que pueden encontrarse en cualquier parte del mundo). En los MOOCs la figura del profesor es prácticamente simbólica (él diseñó el curso, pero –salvo en casos excepcionales– no lo imparte).   
Independientemente de si los MOOCs logran dar el estirón o quedan en simple llamarada de petate, hay varias preguntas que esta “revolución” ya ha puesto sobre la mesa: ¿Son los MOOCs una tendencia que permeará todo el modelo educativo o sólo el que se imparte on-line? ¿Cuál será en el futuro el valor de un título universitario? ¿De qué manera se distinguirá la calidad de la educación presencial respecto a la que se ofrezca en línea? ¿Cómo cambiarán las nuevas tecnologías las formas de operar de las escuelas y universidades? ¿Cuál será el papel del profesor en esta dinámica?
Personalmente pienso que en los próximos años nos moveremos hacia un modelo híbrido, en el que los cursos en línea complementarán al sistema tradicional (sobre todo si no se tiene el tiempo o el dinero para tomar presencialmente los cursos que se ofrecen en línea), y con el modelo de clases presenciales obligado a renovarse para ofrecer una educación auténticamente integral.   
Si te interesa la posibilidad de tomar uno de estos cursos o simplemente explorar de qué se tratan, te recomiendo empezar por las siguientes ligas:
Coursera.org Es la más popular. Se trata de una compañía fundada por dos profesores de Stanford. Su modelo es firmar convenios con universidades que permitan ofrecer sus cursos en línea. Ya hay 33 universidades asociadas, incluidas Columbia y Princeton en Estados Unidos, Edimburgo en Reino Unido y la UBC en Canadá. Cuenta actualmente con 211 cursos. 
Edx.org Es un proyecto sin fines de lucro en el que colaboran el MIT, Harvard y Berkeley, entre otras. Iniciaron en el otoño de 2012 con 23 cursos.
Udacity.com Inició en febrero de 2012 con 19 cursos. Apuesta por acuerdos directos con profesores en vez de tratar con universidades. Se concentra en ciencias de la computación y áreas afines.
OpenCulture.com No se concentra en MOOCs, sino en recursos culturales gratuitos. Ofrece, sin embargo, una lista bastante completa de MOOCs ordenados por fecha de inicio. 
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Para saber más... Aquí puedes ver a Peter Norvig, profesor de la Universidad de Stanford y uno de los pioneros de Coursera, relatando la experiencia de tener a más de 100 mil alumnos en su MOOC Introducción a la Inteligencia Artificial en 2011. Y este reportaje del New York Times ilustra sobre el modelo de negocio que siguen las empresas proveedoras de MOOCs.