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domingo, abril 26, 2020

No me mires (o, bueno, sí)



Imaginen una mascota electrónica que consiste en un muñeco de peluche con rueditas y una cámara integrada. Su nombre comercial es kentuki. Tienes dos opciones para jugar con él: la primera es como "amo": lo compras (279 USD) y, en cuanto lo conectas al WiFi, permites que alguien (el que eligió la otra opción, y a quien tú no conoces) pueda ver todo lo que haces mientras el juguete esté encendido (y  no eres tú el que tiene esa alternativa). La otra opción para jugar es "ser" el juguete, es decir, la persona que --a través de una tableta o computadora-- controle al kentuki, encendiéndolo y apagándolo a voluntad y aprovechando el limitado movimiento que ofrecen sus rueditas.

Las reglas del juego son que, al menos de inicio, no se puede hacer contacto directo entre el "amo" y el "ser" (uno puede estar en Hong Kong, por ejemplo, y el otro en Oaxaca) y tampoco puedes elegir a quién ver o quién te vea. Estas restricciones, desde luego, pronto empezarán a ser violentadas. Esa es parte importante de la trama de esta novela. 

¿Quién pagaría para que lo vieran? ¿Y quién pagaría para ver? ¿Y qué pasaría si, ya entrado en el juego, me empeño en hacer contacto con la persona a la que veo (o que me está viendo)? Estas son las premisas que detonan Kentukis, la más reciente novela de Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978).

Muy al principio, cualquier persona más o menos "normal" (ojo con las comillas) se negaría en redondo a pagar por observar a alguien, o por ser observado. Pero no hace falta rascar demasiado en lo que ya ocurre con nuestros smartphones para darnos cuenta de que la premisa de Schweblin no es profética, sino costumbrista. Lo que plantea la autora no es que pueda ocurrir, es que ya ocurre: observar y ser observados es la razón de ser de las redes sociales a las que, según estudios, dedicamos más de dos horas al día.

La novela es polifónica: a lo largo de ella, conocemos distintas versiones de "amos" y "seres", algunas más desarrolladas que otras, pero todas con una perspectiva valiosa de esta tentación tecno-voyerista. Otro acierto es que la autora evita el final moralino y facilón de condenar la tecnología o nuestra relación con ella. Permite al lector sacar sus propias conclusiones y reflexionar en torno a lo que haremos cuando tengamos ese artefacto en casa... si no es que lo tenemos ya, conectado a su cargador y con su cámara encendida.
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Kentukis, de Samanta Schweblin, está editada por Random House (2018). La edición digital cuesta $119; la impresa, $285.4.

jueves, mayo 30, 2019

El cuento de la criada

Publicada por primera vez en 1985, esta novela no sólo ha envejecido con mucha dignidad, sino que mantiene una sorprendente y vigorosa vigencia. 

En futuro distópico en el que cunde una epidemia de esterilidad, una narradora en primera persona (la criada del título) nos cuenta su historia como una de las mujeres que sirve como madre (pero no esposa) de uno de los "Comandantes" que ocupan los muy pocos lugares de alto rango en la sociedad. Todas las libertades que en los '80 eran comunes, ahora están restringidas o eliminadas. Es común ver colgados a los disidentes: médicos que practican abortos, sacerdotes (las religiones están prohibidas) y homosexuales, entre otros. 

La narración inicia in media res, intencionalmente carente de muchos detalles, lo cual genera una incertidumbre muy eficaz para el lector que ha de continuar leyendo para completar el cuadro. En varios momentos la criada nos dice que no desea contar su historia y cambia su versión, haciendo aún más desconfiable su papel de narradora. El final abierto deja muchas incógnitas, y sobre todo un amargo sabor de boca al darnos cuenta de que ese mundo atroz está más cerca de lo que nos imaginamos.      

Margaret Atwood (Canadá, 1939) recibió un par de premios por esta novela en 1985. Desde entonces ha sido un referente sólido de las letras canadienses. Fue Premio Príncipe de Asturias en 2008 y, dicen los que saben, es frecuente en la lista de candidatos al Nobel. Yo no había leído algo de ella nunca, pero El cuento de la criada me ha sorprendido muy gratamente. Es un texto inteligente y valiente que, a casi 35 años de publicado por primera vez, sigue poniendo puntos sobre las íes respecto al hecho de que los derechos y privilegios que gozamos hoy (democracia, liberación femenina, libertad de expresión, etcétera) no son definitivos. Y que bastan sólo algunas variables no tan difíciles de combinar para que los retrocesos ocurran en nombre de una sociedad más ordenada y segura.  

MGM ha producido una serie con base en el texto. No la he visto, pero sé que en estos días se estrena la tercera temporada (ya no basada en la novela de Atwood). Las dos primeras pueden verse en FOX. 

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El cuento de la criada, de Margaret Atwood, está editado por Salamandra. La edición impresa cuesta $345 en Gandhi. La versión electrónica cuesta $229 (para Kindle). 

domingo, enero 06, 2019

El lado oscuro del "Primer Mundo"

Gunter Wallraff (1942) es periodista de investigación desde 1966. En Alemania, su país natal, es una pequeña celebridad debido a su estrategia para obtener información: se disfraza y se infiltra durante semanas o meses en empresas, colectivos y sindicatos. Es muy famoso su reportaje Cabeza de turco, publicado en 1985, en el que retrató las condiciones de trabajo de los inmigrantes indocumentados en la Alemania de mediados de los '80.

En este libro Wallraff presenta algunos reportajes más recientes, aunque no todos están basados en su método de "infiltración", pues varios son investigaciones que él mismo realizó con base en testimonios que le hicieron llegar. El trabajo de Wallraff mantiene un enfoque social que en ningún momento oculta: quiere demostrar cómo una economía como la alemana (la más importante de la Unión Europea) ha fallado al momento de equilibrar la balanza social y, por el contrario, ha aumentado la injusticia y empeorado las condiciones de trabajo de millones de personas. Desde el título anuncia que estos reportajes surgen de la convivencia con los "perdedores del mejor de los mundos", es decir, los de abajo en la escala social en uno de los países más prósperos del planeta. 

Sin duda las piezas mejor logradas son aquellas en las que el autor participó activamente (como infiltrado). Muy notables son los primeros dos trabajos del libro: en uno se disfraza de negro y así recorre varios lugares de Alemania: la xenofobia galopante de casi todas las personas con las que se encuentra es verdaderamente aterradora; en otro se disfraza de indigente y así se lanza a la calle para vivir un invierno (un infierno) poniendo a prueba la asistencia social alemana, que se demuestra hiperburocrática y casi totalmente indolente ante las personas sin hogar.

Basado en testimonios y documentos obtenidos a través de terceras personas, Wallraff presenta trabajos también valiosos sobre la precariedad de los empleados ("socios") que trabajan en Starbucks y el acoso laboral (mobbing) en algunas empresas (públicas y privadas) de alto nivel.    

La lectura del libro es muy desconcertante en cualquier contexto, pero en México resulta escandaloso preguntarse: "Si eso pasa en Alemania, ¿cómo será aquí?" Por ejemplo: el autor alemán se dice indignado porque una cuarta parte de la población económicamente activa de su país percibe un salario bajo. ¿Qué pensaría del caso mexicano, donde según cifras oficiales (Coneval) el 50% gana sólo entre uno y tres salarios mínimos (entre 2 y 6 mil pesos) al mes? Si Wallraff se queja del despiadado acoso laboral de algunas empresas contra sus empleados "problemáticos" y consideramos que Alemania es sexto lugar en el Índice Global de Estado de Derecho, ¿qué podemos suponer que ocurre en México, 92 en la misma tabla?

La conclusión de Wallraff no es nada halagüeña: en Alemania, dice, "la injusticia ha aumentado y las condiciones de vida no se han vuelto más humanas, sino todo lo contrario". Si así están las cosas en el "mejor de los mundos"... ¿cómo estamos en los "suburbios"?
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Con los perdedores del mejor de los mundos, de Günter Wallraff, está editado por Anagrama (2010). La edición impresa cuesta $390 en Gandhi ($300 en Amazon con envío gratuito si tienen suscripción Prime). No hay versión electrónica. 

jueves, noviembre 22, 2018

Elogio del valemadrismo


Hasta hace relativamente poco tiempo, siempre había considerado "importantes" a las personas demasiado ocupadas. Aquellas que se tardan mucho tiempo en responder un mensaje (y te contestan disculpándose de haber estado tan ocupados), que siempre tienen prisa (y casi siempre llegan tarde) y tienen que revisar su agenda para confirmar si pueden tomar café alguna tarde. En nuestros tiempos, no tener tiempo libre o tenerlo poco, parece un símbolo de estatus: "Si está tan ocupado seguro es porque le va bien, porque es exitoso, y (obviamente) gana mucho dinero".

No sé cómo sea en otros ámbitos, pero al menos en los que me muevo, lo "ideal" (ojo con las comillas) parece ser tener agenda llena, y no terminar algo cuando ya tienes en tu lista de pendientes otra pila de tareas que urgen. Sólo este año tres compañeros de trabajo han sido diagnosticados con problemas de salud por estrés laboral y al menos dos más (incluido yo) dejaron sus puestos directivos agobiados por una carga de trabajo que hace tiempo dejó de ser exigente y se convirtió en absurda (la evaluación de mi desempeño en el actual ciclo escolar se hará sobre la base de, al menos, 27 rubros). Byung-Chul Han ha escrito bastante al respecto (sobre todo en La sociedad del cansancio, 2010) donde establece: "Lo que enferma no es el exceso de responsabilidad e iniciativa, sino el rendimiento como nuevo mandato de la sociedad de trabajo".

Sin tanta densidad filosófica presenta Mark Manson su primer libro, El sutil arte de que te importe un carajo (HarperCollins, 2017), en el que reflexiona sobre la importancia de reducir, no aumentar, la cantidad de cosas que importan. "El problema de la gente que anda por la vida dándole importancia a todo y a todos es que llega un punto en que se comieron toda la bolsa de palomitas y no les queda nada realmente valioso a qué darle importancia". Aderezado con algunas anécdotas personales y algo de budismo elemental, Manson logra dar en el clavo de la reflexiones necesarias pero tan frecuentemente evadidas en nuestros tiempos: ¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Para agradar a quién? ¿De quién fue la idea original de estudiar esto o trabajar en aquello? ¿A quién conviene que tengamos tanto miedo de equivocarnos, y que prefiramos "malo conocido que bueno por conocer"? ¿Por qué nos da tanto miedo decir "no" a algún trabajo, proyecto o persona? 

La conclusión de Manson es también obvia, pero no sencilla. En realidad no invita a que todo nos importe un carajo, sino a redefinir los valores de nuestra vida, que seamos nosotros los que elijamos qué problemas enfrentar, y mientras menos mejor. Asignarse problemas verdaderamente importantes (desde nuestro punto de vista) y que lo demás valga --como dice mi abuela-- una pura y dos con sal (o sea, nada). Desde esta perspectiva lo aberrante no es tener "demasiado tiempo libre" sino una agenda tan saturada que no se cuente con tiempo para hacer lo que realmente nos satisface. Y asumir (sin culpa) que muchas veces eso es profundamente "improductivo" y prácticamente imposible de medir cuantitativamente: salir con los amigos, correr un maratón, armar un rompecabezas, volver a escribir en su blog... Lo que ustedes decidan. 
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El sutil arte de que te importe un carajo, de Mark Manson, está editado por HarperCollins México. La edición impresa cuesta $234 (en Gandhi), la digital (en Kindle), $89. 

lunes, septiembre 24, 2018

De cómo un robot puede ser tu próximo compañero de trabajo


Hace algunos años un exalumno me recomendó Crear o morir, de Andrés Oppenheimer. No puedo decir que el autor o el tema (la innovación empresarial o tecnológica) me interesaran especialmente en aquel entonces, pero sus comentarios del libro fueron tan entusiastas que decidí leerlo. El resultado fue muy enriquecedor pues, aparte de enterarme de algunos de los adelantos tecnológicos más importantes de entonces (impresoras 3D, drones), le puso nombre y apellido al miedo atávico que tenemos al fracaso en América Latina (y que compartimos con varias culturas asiáticas). Escribí sobre eso en una entrada anterior de este blog

El nuevo libro de Oppenheimer, parte de un estudio de la Universidad de Oxford que afirmaba en 2013 que el 47% de los trabajos existentes en ese momento estarían en peligro o de plano desaparecidos hacia el 2025. Esto debido al acelerado proceso de automatización de muchos empleos. El autor señala que no se trata de la robotización que desde hace varias décadas se vive en las fábricas (y que continuará en los años por venir), y que afectaba a empleos casi 100% mecánicos. Los empleos de los que hablan los investigadores de Oxford pasan por los periodistas, los asesores financieros, los abogados, los médicos e incluso, sí señor, los profesores. 

La conclusión (previsible sólo hasta cierto punto) es que probablemente no haya razones para pensar tan a pies juntillas que la mitad del mundo estará desempleado en diez años, pero (y esto es lo más importante) definitivamente muchos de esos empleos que hoy consideramos estables y más o menos seguros exigirán de nosotros una transformación que pocos profesionales se están tomando en serio. Sobre todo en América Latina, dice Oppenheimer, seguimos confiados en que el "toque humano" nunca pasará de moda sin darnos cuenta de que en el día a día incluso esos "humanistas" prefieren usar máquinas o apps que de hecho ya retiraron a una o varias personas del mercado laboral (v.g. las máquinas que cobran el estacionamiento o las apps que nos evitan hacer fila en el banco).

Aunque por momentos la prosa de Oppenheimer es reiterativa, esta lectura vale la pena para asomarse a un mundo probable y desconcertante en el que será muy complicado encontrar empleo. La competencia ya no serán nuestros compañeros humanos, sino los robots y computadoras que hasta hace poco eran simples herramientas. La evidencia nos muestra que muy pronto harán casi todo. Y lo harán bien.    
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¡Sálvese quien pueda!, de Andrés Oppenheimer, está editado por Debate. La versión impresa cuesta $349, la digital $169. 

lunes, mayo 07, 2018

Lo que todo gran profesor sabe


Esto es lo que todo gran profesor de hoy día ya sabe:

  • Que no es necesario "cubrir" todo el temario, ni siquiera cumplir con todos los estándares de aprendizaje por igual. Saben priorizar y relativizar la importancia: algunas cosas requerirán dos semanas, y otras, dos frases.
  • Que no es necesario perder el tiempo dando la misma lección a toda una clase al mismo tiempo. Son capaces de encontrar la manera de que cada alumno esté haciendo una cosa diferente y apropiada.
  • Que tienen que recurrir a la tecnología para conseguirlo. Los mejores profesores lo llevan al máximo y dejan que los alumnos trabajen los detalles ellos solos, haciendo lo que más les gusta al tiempo que se aseguran de que todo el mundo entiende bien todo. 
  • Que obtienen mejores resultados de los alumnos cuando los desafían y les piden que los sorprendan.

Los mejores profesores son conscientes de que tienen que incluir en su forma de enseñar un gran número de destrezas que son imprescindibles para triunfar en el futuro y que no están incluidas en los planes de estudio actuales.

Todos los grandes profesores que conozco piensan constantemente en esas destrezas y buscan cómo contribuir a que los alumnos las adquieran. Pero no les vendría mal un poco más de ayuda. Tenemos que brindárselas. Una de las mejores maneras de ayudar sería borrar casi todo lo que forma el plan de estudios actual y asegurarnos de que los alumnos comprenden lo esencial, algo que ocurre muy rara vez.

En esto consiste el cambio del papel de los profesores en la era de la tecnología: en pasar de ofrecer y explicar contenidos a proporcionar las destrezas humanas que las máquinas no pueden proporcionar, entre las que se incluyen el respeto, la empatía, la motivación y el fomento de las pasiones de los alumnos. 

Mark Prensky en El mundo necesita un nuevo currículo (SM de Ediciones, 2017).   

jueves, diciembre 07, 2017

Gregorio Luri: "Mejor educados"



La educación es una de esas áreas en las que, tristemente, es frecuente encontrar "villamelones": personas que hablan con aire de suficiencia sobre algo que no entienden. Mucha gente cree que es autoridad en la materia porque "me pasé en la escuela equis cantidad de años" (y cuentan desde preescolar hasta su último curso de cocina), porque es padre o porque fue o es profesor. Aunque desde luego ayudan, no considero que esas experiencias conviertan de facto a alguien en autoridad en materia educativa.

En área donde todo mundo cree que sabe, es difícil encontrar voces lúcidas, mesuradas y, sobre todo, que asuman la complejidad del tema sin ofrecer recetas mágicas subidos a la ola de la "innovación educativa" para justificar ocurrencias o francos disparates. Una de esas voces es Gregorio Luri, doctor en Filosofía, profesor con experiencia en todos los niveles educativos, y autor de varios libros sobre el tema. También es padre y abuelo. 

Su libro Mejor educados recoge muchas ideas relevantes respecto a la educación, centrado en los padres de familia, aunque bien puede aprovecharlo cualquier interesado en el asunto. 

No comulgo con todas las ideas de Luri: algunos de los títulos de los pequeños capítulos del libro me resultaron innecesariamente toscos (p.ej. "Desconfíe del profesor que quiere hacer feliz a su hijo": no me cabe en la cabeza un padre, o un profesor, que no desee que su hijo o alumno sea feliz), ninguna de las ideas que presenta está desarrollada a profundidad, y en general me ha parecido que defiende una perspectiva pedagógica conservadora y tradicional (sin que estos adjetivos sean necesariamente negativos), pero en términos generales el libro me hizo pensar bastante.

Me parecen especialmente valiosas sus reflexiones sobre la necesidad de comprometerse con la educación de nuestros hijos (o alumnos): no temer definir una postura, y mucho menos defenderla... sobre todo si tiene base en el sentido común; no asumir que la niñez o la adolescencia "son una enfermedad que se cura con los años", ni evitar el reto delegando la responsabilidad en otros (los padres en los profesores, y viceversa).

No es éste un libro para ahondar en el tema. Ha de tomarse más como detonante de ideas y, ojalá, como propiciador de debates que pasen de la simple charla de café y nos permitan acercarnos de manera más sensata e inteligente a un asunto que nos atañe a todos: la mejor educación posible que podamos ofrecer a nuestros hijos.  

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Mejor educados, el arte de educar con sentido común, de Gregorio Luri, está editado por Ariel. La edición impresa cuesta $96 (gandhi); la digital, $119 (Amazon Kindle). 

Les dejo un video de una charla TEDx que Luri dio hace algunos años: 


domingo, enero 01, 2017

"El corazón es un resorte", de Pablo Boullosa


Desde hace algunas semanas se encuentra en librerías el nuevo libro de Pablo Boullosa, uno de los conductores de La dichosa palabra en Canal 22. Yo lo conocí a fines de los '90 en la hoy extinta estación de radio Ondas del Lago (dirigida por Tere Vale y Nicolás Alvarado), donde conducía (él) un programa para trasnochados de nombre 90 Kinky. Le recuerdo culto, afable y dicharachero, con una risa que sonaba franca. Después de eso le perdí la pista hasta La dichosa palabra, programa de difusión cultural de gran éxito que he visto muy pocas veces (y creo que ninguna completa). Desconocía hasta ahora que una de sus áreas de trabajo fuera la educación, y me dio mucho gusto encontrarme hace unos días su libro en la mesa de novedades de El Péndulo.

La sorpresa ha sido agradable. La obra es de lectura rápida, pues consiste en textos breves que el autor ya había publicado previamente y que reunió en forma de libro para esta edición. Como señala el título, el foco es la educación, con énfasis en lo que algunos autores han escrito previamente al respecto, sobre todo clásicos. No contiene ideas nuevas, pero sí frescas. Boullosa asimila con acierto y presenta con claridad lo que otros han dicho sobre pedagogía para presentarlo a sus lectores, de los que no se exige más que interés en el tema.  

En entrevista con Jesús Alejo a propósito de la presentación del libro en la FIL de Guadalajara, Boullosa afirmó que uno de los más grandes errores de la educación del siglo XX fue imaginar que los clásicos y la educación tradicional ya no tenían valor, que lo más importante era el futuro. "Y lo que hemos logrado son generaciones egoístas, que ya no tienen vínculo con el pasado y que han roto una tradición cultural muy rica". Es una aseveración grave, pero no exenta de razón. Es por ello que al final del libro incluye como voces invitadas a Plutarco y Alfonso Reyes, mostrando que algunos de los conceptos más valiosos de la educación fueron ya enunciadas por autores hoy considerados clásicos, obviamente muy alejados del credo posmoderno que domina el trabajo en las aulas hoy.

Desde hace años sostengo que el educativo es un tema que nos concierne a todos. Cómo y para qué educamos a nuestros niños y jóvenes  determina el presente y futuro de la sociedad en la que vivimos, sin importar si nos dedicamos a la docencia o si somos padres (o no). Desde esta perspectiva, el libro de Boullosa ofrece material de alta calidad para abrir conversaciones sobre el asunto y, en el mejor escenario, seguir indagando respecto. 

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El corazón es un resorte. Metáforas y otras herramientas para mejorar nuestra educación.

Autor: Pablo Boullosa
Editorial y año: Taurus, 2016
Precios (MXP): 299 impreso | 159 digital 

martes, diciembre 27, 2016

#EnMangasDeCamisa 16

¡Los dulces 16! ¡Llegamos a dieciséis episodios En Mangas De Camisa!

Para celebrar, aparte de los buenos deseos para el nuevo año, les recomiendo la exposición de Kubrick en la Cineteca y les platico del mejor libro que leí este año, escrito por Henry Marsh

Las ideas musicales son de Bowie/Jagger, Karen O & The Kids y Kevin Johansen.

¡Nos escuchamos en 2017! :-D

Escucha"En Mangas De Camisa 16" en Spreaker.

domingo, septiembre 11, 2016

#EnMangasDeCamisa 13

¡Llegó el treceavo! :-D

En esta ocasión: análisis de la visita de Trump a México, con audio de la polémica entrevista que Peña le dio a Carlos Marín

También anuncio a la ganadora del ejemplar de Ciudades desiertas, novela en la que está basada la película Me estás matando Susana, aún en cartelera. 

Y, claro, hay música mexicana para ponernos ad hoc con las Fiestas Patrias. Aunque ooobviamente no está Juan Gabriel... ¿O sí? ;-)


miércoles, agosto 31, 2016

Escuelas creativas

TED es una organización sin fines de lucro basada en California que cada año organiza la cada vez más reputada y exclusiva conferencia TED, de la que surgieron las celebérrimas charlas TED (TED Talks), de las que hoy hay más de mil, traducidas a más de 80 idiomas.
Por ese foro han pasado líderes sociales, expresidentes, empresarios, premios Nobel, y una pléyade de “influenciadores” cuya presencia justifica el elevado precio de la conferencia (2500 dólares por un fin de semana).
Al momento de escribir estas líneas, la charla “¿Las escuelas matan la creatividad?” que Ken Robinson (Liverpool, 1950) ofreció en TED en 2006 supera los 40 millones de reproducciones: es la más vista en la historia de la conferencia. Ello ha convertido a Robinson no sólo en uno de los pedagogos más celebres del planeta, sino en una especie de “rock star” de la educación. En esa charla (que recomiendo ampliamente) Robinson critica de manera puntual el sistema educativo basado en la preparación para exámenes estandarizados (PISA a nivel global; DOMINA, ENLACE y varias similares para el caso mexicano) y sobre todo el relegamiento intencional de las disciplinas artísticas de planes de estudio casi específicamente centrados en la enseñanza de lengua y matemáticas.
Robinson –que ha asesorado escuelas y sistemas educativos en todo el mundo– plasmó buena parte de las ideas de esa conferencia en su libro El elemento (2009, con una edición corregida y aumentada en 2013).
En su nueva obra, Escuelas creativas (2015), Robinson vuelve sobre esos pasos y desarrolla a profundidad su propuesta de revolucionar la educación bajo el supuesto de que el sistema actual lleva varias décadas retrasado. Ofrece varios ejemplos de escuelas alrededor del mundo que han implementado estos cambios con resultados notables. Tristemente ninguno de estos se encuentra en México.
Terminar de leer el libro me ha producido ansiedad y desasosiego. Es cada vez más evidente –y no desde hace poco tiempo– que el sistema educativo que conocemos es ineficiente en términos de lo que las nuevas generaciones necesitan de sus escuelas y profesores en los tiempos que corren. Sin embargo, al menos en México, parecemos empeñados en hacer que las cosas funcionen como antes, que los alumnos aprendan (sí o sí) como lo hicimos nosotros, y lo hicieron nuestros padres y abuelos; asociamos la innovación con uso de tecnología (sin atender casi la base pedagógica sobre la que deberíamos usarla) y –en general– seguimos centrados en la enseñanza estandarizada (todos deben aprender lo mismo, al mismo tiempo y con los mismos resultados) y no en el aprendizaje personalizado que exige el presente y reclamará el futuro.
Hay mucho miedo, sin embargo, a dar esos pasos. Padres de familia, profesores, directivos escolares e incluso a menudo los mismos alumnos parecen sentirse incómodos con innovación real, con la que apela a la pedagogía más que a la tecnología. Por ejemplo: usar una tablet en el salón está bien visto; pero trabajar sobre la base del aula invertida genera zozobra. La solución, me parece, está en palabras de Esther Wojcicki: "Para transitar al siglo XXI, las escuelas deben arriesgarse. Necesitan encontrar una manera de cambiar la cultura del aula: del modelo dirigido por el profesor a uno liderado por el estudiante. Esa es la base del aprendizaje mixto". Hacia esas dianas hay que apuntar, y no hacia las que nos hacen sentir cómodos y seguros pero que a los alumnos definitivamente no les garantizan el aprendizaje que les hará salir adelante en décadas por venir. 
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Escuelas creativas. La revolución que está transformando la educación.

Autor: Ken Robinson (con Lou Aronica)
Editorial: Grijalbo
Precios (MXP): 289 impreso | 159 digital 

domingo, marzo 20, 2016

'Cinco esquinas'



Soy fan de Mario Vargas Llosa desde la primera vez que leí La ciudad y los perros, una novela que empezó a escribir a los 23 años y que rezuma una potencia narrativa que no le he vuelto a leer. Disto de haber leído su obra completa, pero sí lo he hecho con más de media docena de sus novelas, varias de las cuales me han parecido sobresalientes (La tía Julia y el escribidor me divierte mucho y La fiesta del Chivo me parece un tour de force muy bien logrado). Me dicen que Conversación en la catedral y La casa verde, dos obras suyas que no he leído, son superiores. La primera novela que publicó después del Nobel, El héroe discreto (2013) me pareció buena a secas, se deja leer. Pero Cinco esquinas no llega ni siquiera a ese punto. 

La trama inicia muy bien, con una impetuosa escena lésbica entre dos mujeres de la alta sociedad limeña. Marisa, esposa de un prominente minero, y Chabela, mujer de un acaudalado abogado, amanecen juntas en la cama. Mientras se despereza, Marisa recuerda lo ocurrido la noche anterior y un narrador omnisciente nos da detalles del affaire que estas dos mujeres concreteron. En el segundo capítulo Quique, esposo de Marisa, recibe en su oficina unas fotografías escandalosas que el director de una revista amarilla amenaza con publicar. El lector imagina que son imágenes de Marisa y Chabela, pero la sorpresa es que no, que es Quique quien aparece en esas fotos.

Hasta ahí todo bien. La mesa está puesta para un thriller periodístico-político de altos vuelos. Más aún si consideramos el escenario en el que Vargas Llosa sitúa la trama: los últimos meses del Fujimorato. Pero después de esos dos buenos capítulos (la novela tiene 22) Vargas Llosa se enreda en describirnos personajes menores, aunque importantes para el desarrollo de la acción: el director de la revista amarilla, su redactora estrella, un recitador de poemas venido a menos... Y así va intercalando capítulos hasta que hacia el final los junta a todos en "un remolino" (así titula el capítulo) y resuelve el problema de una manera apenas verosímil y totalmente anticlimática. 

Una decepción. Porque otro Vargas Llosa (ya no el veinteañero de La ciudad y los perros, pero sin duda el adulto mayor de La fiesta del Chivo) hubiera aprovechado esta materia para producir una obra puntillosa y audaz. No es el caso de Cinco esquinas, a la que uno puede fácilmente imaginar que Vargas Llosa no le dedicó tiempo ni empeño. Se le nota a leguas la dejadez, la abulia, la falta de ambición y curiosidad literarias. Recomiendo no pasarse por ahí y revisitar alguno de sus trabajos mejor logrados.
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Cinco esquinas
Mario Vargas Llosa
Alfaguara, 2016
$299 impresa / $159 digital 

jueves, julio 16, 2015

La política todavía importa



Podría pensarse que el México actual no representa ni el mejor lugar ni el mejor momento para recomendar un libro que lleve el título de Política. Según datos de un estudio realizado en agosto del año pasado por la Cámara de Diputados, el 75% de los mexicanos confiamos poco o nada en los partidos políticos. Imagino que a la luz de los acontecimientos recientes ese porcentaje aumentó. 

Y sin embargo aquí esto, recomendándoles un libro sobre esa ciencia a la que la mayoría de nosotros achacamos los males de este mundo (o al menos de este país). 

El autor es David Runciman, profesor de ciencias políticas de la Universidad de Cambrige y parte de una premisa interesante: ¿Cuál es la diferencia entre vivir en Siria y hacerlo en Dinamarca? Siria, en guerra civil desde hace años, más de cien mil muertos y millones de desplazados; desempleo cercano al 60%. En Dinamarca, el 75% de sus ciudadanos confían en las instituciones públicas, 83.4% se sienten seguros caminando de noche y 89% considera que tiene más experiencias positivas que negativas al terminar el día. 

No es que los daneses sean mejores personas que los sirios. No son intrínsecamente más amables ni más inteligentes (...) A los daneses tampoco les han tocado en suerte más recursos naturales que a los demás. Al contrario: Siria forma parte del creciente fértil que fuera cuna de la civilización; Dinamarca en cambio es un inhóspito enclave nórdico con pocos recursos naturales propios (...) Lo que distingue a Dinamarca de Siria es la política. La política ha contribuido a que Dinamarca sea lo que es. Y también ha contribuido a que Siria sea lo que es. (Runciman, 12)

No piensen que la propuesta de Runciman es simplemente transplantar la política danesa al contexto sirio. Él sabe, y lo deja claro en el libro, que la solución es todo excepto sencilla. Su propuesta es precisamente que, "en los lugares en los que la política resulta más necesaria —ahí donde la necesidad de ayuda es más evidente— son aquellos en los que no suele dar frutos". (Runciman, 128) Es paradójico, pero es justamente donde la política ha fallado donde más se necesita de ella. La tecnología ayuda a paliar algunas de las fallas de los sistemas democráticos, pero no las resuelve de fondo. Y el otro recurso (la violencia) es justamente la razón por la que existe la política: baste recordar aquella idea de Clausewitz de que la política es la continuación de la guerra por otros medios.

Les recomiendo ampliamente este libro. Sobre todo si, como a mí antes de leerlo, la simple idea de toparse con un ensayo político les parece una absurda manera de perder el tiempo. Créanme: encontrarán razones para considerar que la buena política no es sólo importante, sino también urgente. Sobre todo aquí, y ahora. 

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Política, de David Runciman (2014), está editado en español por Turner. Su precio en librerías es de 270 pesos. La edición digital está disponible en 80.33 pesos. 

domingo, julio 12, 2015

Cada alumno toca su instrumento...



Cada alumno toca su instrumento, no vale la pena ir contra eso. Lo delicado es conocer bien a nuestros músicos y encontrar la armonía. Una buena clase no es un regimiento marcando el paso, es una orquesta que trabaja la misma sinfonía. Y si has heredado el pequeño triángulo que sólo sabe hacer ting ting, o el birimbao que sólo hace bloing bloing, todo estriba en que lo hagan en el momento adecuado, lo mejor posible, que se conviertan en un triángulo excelente, un birimbao irreprochable, y que estén orgullosos de la calidad que su contribución confiere al conjunto. Puesto que el gusto por la armonía les hace progresar a todos, el del triángulo acabará también sabiendo música, tal vez no con tanta brillantez como el primer violín, pero conocerá la misma música.
Hizo una mueca fatalista:
—El problema es que queremos hacerles creer en un mundo donde sólo cuentan los primeros violines. 
Una pausa:
—Y que algunos colegas se creen unos Karajan que no soportan dirigir el orfeón municipal. Todos sueñan con la Filarmónica de Berlín, lo que es comprensible... 

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Del libro Mal de escuela, de Daniel Pennac (DeBolsillo, 2010)

miércoles, abril 01, 2015

La innovación es una enfermedad que se cura con los años.


Recupero una de las inquietudes que Andrés Oppenheimer presenta en su libro ¡Crear o morir! (Debate, 2014), y que tiene que ver con la cultura de la innovación. Él señala que hay un consenso generalizado en el sentido de que los países latinoamericanos "deben mejorar la calidad de la educación, estimular la graduación de ingenieros y científicos, aumentar la inversión en investigación y desarrollo, ofrecer estímulos fiscales a compañías que inventen nuevos productos, derogar las regulaciones burocráticas que dificultan la creación de nuevas empresas, ofrecer más créditos a los emprendedores y proteger la propiedad intelectual". Todo esto, sin embargo, puede resultar inútil "a menos que exista una cultura que estimule y glorifique la innovación".
    
¿Qué es una cultura de la innovación?
Oppenheimer responde: "Es un clima que produzca un entusiasmo colectivo por la creatividad y glorifique a los innovadores productivos de la misma manera en que se glorifica a los artistas o a los deportistas, y que desafíe a la gente a asumir riesgos sin temor a ser estigmatizados por el fracaso. Sin una cultura de la innovación, de poco sirven los estímulos gubernamentales, ni la formación masiva de ingenieros, ni mucho menos los parques tecnológicos que promueven varios presidentes".

Es, en suma, una cultura en la que el riesgo y su primo hermano el fracaso no se penalizan, sino que —al contrario— se valoran en el entendido de que ninguna idea genial surgió sin decenas de intentos previos (que terminaron, sí, fracasando). 

Me llama la atención esta idea porque me parece poderosa y, sobre todo, porque no considero que haya permeado en nuestro sistema educativo, ni en nuestra cultura. No sólo entre mi generación sino, más preocupantemente, entre integrantes de la nueva (nacidos a partir de 1995) sigo percibiendo un temor atávico al fracaso. De algunos de mis exalumnos, hoy jóvenes en sus primeros 20's, escucho la necesidad de encontrar un trabajo estable, que pague sus cuentas. ¿Arriesgarse a inventar algo, iniciar su propia empresa o dedicarse en serio a alguna actividad artística? "Pepe, seamos serios por favor".

Incluso de los más jóvenes, que todavía no entran a la universidad, he percibido la necesidad de contar con un plan de carrera bien definido (en los términos que, por supuesto, propone el entorno que conforman sus padres y escuela), una especie de hoja de ruta que les garantice que, si la siguen con diligencia, en unos años tendrán un empleo estable y, quizá, serán felices. Es raro al que le noto la convicción (tan cacareada por los teóricos de las nuevas generaciones) de que su destino no consiste en buscar trabajo sino inventarse uno.  

Por todos lados bombardeamos a nuestros jóvenes con videos y frases de Steve Jobs, Bill Gates, Richard Branson y un largo etcétera de emprendedores que se han arriesgado muchas veces (y fracasado otras tantas) para lograr el éxito que hoy les admiramos.  Sin embargo algo en nuestra cultura, algo viejo pero muy fuerte, no permite que esas ideas aniden entre nuestros más jóvenes. Por alguna espantosa razón siguen considerando que lo mejor es seguir el guión que alguien les pone enfrente en vez de crear el suyo aún a riesgo del fracaso. Esta última palabra paraliza a casi cualquier persona que conozco (y me interesan, sobre todo, mis alumnos y exalumnos). Ante la simple idea del fracaso su semblante se endurece y sus ideas también. Esgrimen el argumento (de sus padres, de sus abuelos) de que la vida es de tal manera (como lo fue hace treinta o cuarenta años) y que, bueno, la juventud es una enfermedad que se cura con la edad. 

Leo en el libro de Oppenheimer que una de las preguntas recurrentes en las entrevistas de trabajo en Silicon Valley se refiere a cuántas empresas has iniciado (no llevado a la cumbre del Dow Jones, sino simplemente iniciado) y pienso en mis alumnos y exalumnos respondiendo, desconcertados: "Ninguna, pero me gradúe con mención honorífica (o algún otro mérito equivalente)". Algo estamos haciendo muy mal si el principal mérito de nuestros jóvenes es un documento que "avale" (así, entre comillas) ciertas competencias que, en el mundo real (y el que sigue en las próximas décadas), deberían poderse mostrar en acción y no sólo mediante un certificado. Documento que, por cierto, les habrá costado el equivalente en tiempo y dinero a lo suficiente para haber iniciado varias empresas, una de las cuales podría estar pagando sus cuentas y perfilándolos como competidores globales en vez de esperar a los 22 o 23 años que su carrera profesional inicie cobrando como empleados en alguna empresa o compitiendo contra colegas de su edad que tienen a cuestas la experiencia de dos o tres start-ups.

Ni duda cabe: hay mucho camino por andar.

lunes, marzo 30, 2015

La escuela en 2025, según Salman Khan


Salman Khan (1976) es el fundador de la Khan Academyorganización sin fines de lucro que ofrece una herramienta de educación personalizada en línea; recursos están disponibles en su totalidad de forma gratuita. Las siguientes líneas forman parte del libro ¡Crear o morir!, de Andrés Oppenheimer (Debate, 2014).

Me imagino que el aula de 2020 o 2025 (y espero que pase antes que eso, porque yo tengo dos niños, uno de cuatro y uno de dos años) definitivamente será un aula física. Ese espacio va a ser el eje del aprendizaje. Espero que el aula en sí sea diferente de lo que nosotros recordamos, que era como un museo. En vez de tener 30 niños en un aula con un maestro, y otros 30 niños con otro maestro en el aula de al lado, espero que podamos empezar a romper las paredes. La única razón por la que se necesitaban esas paredes antes era porque la escuela estaba basada en lecciones, en las clases. Todos los escritorios estaban apuntados hacia adelante y los niños debían observar y tomar notas. Ahora tendremos un ámbito escolar interactivo. Estarás teniendo conversaciones, estarás aprendiendo a tu propio ritmo, estarás haciendo trabajos prácticos. Entonces, ahora podremos romper esas paredes y tener un espacio de trabajo común, amplio y vibrante: un lugar de trabajo silencioso, tan inspirador como una biblioteca. Y los niños podrán aprender a su propio ritmo.
¿Y qué harán los maestros?
Los niños tendrán mentores. Algunos de los mentores podrán ser alumnos más grandes, que estarán monitoreando a los más pequeños, y también habrá maestros formales que guiarán a los alumnos y les ayudarán a lograr sus metas.
¿Habrá calificaciones, como en las escuelas actuales?
Los alumnos no serán evaluados solamente por los resultados de sus exámenes. Los exámenes seguirán siendo importantes, pero los estudiantes también serán evaluados de dos maneras adicionales que a mi criterio son aún más importantes. La primera es lo que piensan sus pares sobre ellos. Si estoy contratando a alguien, eso es lo que a mí me importa: qué tan bueno eres enseñando, qué tan bueno eres comunicando. Y la segunda será tu creatividad, el portafolios de cosas que has creado. Está bien que hayas sacado una calificación sobresaliente en un examen de álgebra, ¿pero puedes aplicar ese conocimiento? ¿Puedes hacer cosas con eso? 

martes, enero 27, 2015

Consejos para la motivación adolescente

Algunos consejos a padres y profesores sobre motivación en el ámbito de la educación adolescente:

1. Sobre los deberes para casa, los docentes deben hacerse las siguientes preguntas: ¿Estoy ofreciéndoles alguna autonomía sobre cómo y cuándo hacer ese trabajo? ¿Promueve este trabajo el dominio, ofreciendo algo nuevo, que estimule su interés, en oposición a la reformulación de memoria de algo ya aprendido en clase? 
¿Entienden mis alumnos la finalidad de este trabajo, es decir, se dan cuenta de que hacer esta actividad en casa contribuirá al objetivo final en que se ha centrado la clase?

2. Intente dedicar un día a realizar un proyecto elegido por cada uno (el veinte por ciento de tiempo de Google). [1]

3. Considere que las notas que sirven para dirigir el proceso son más importantes que las notas de evaluación. Conviene que los alumnos hagan una lista de sus objetivos y ellos mismos evalúen si los van consiguiendo.

4. Déle a sus hijos una paga y algunas responsabilidades, pero no mezcle ambas cosas.

5. Elógiele de forma adecuada. Dweck [2] recomienda:
  • Elogia el esfuerzo, la estrategia, no la inteligencia.
  • Haz elogios concretos por algo que haya hecho.
  • Hazlos en privado.
  • Elogia sólo cuando hay un motivo.

6. Ayude a los niños a que tengan una visión global. A menudo no saben por qué hacen las cosas. Sea lo que sea lo que estén haciendo, deben saber responder a las preguntas: ¿para qué estoy haciendo esto? ¿Qué importancia tiene para el mundo en que vivimos?

Del libro El talento de los adolescentes, de José Antonio Marina (2014).

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[1] Se refiere a la idea según la cual los empleados de la empresa deben dedicar uno de cada cinco días de trabajo, el veinte por ciento de su tiempo, a proyectos propios, no ligados a su labor en la empresa. 
[2] Marina se refiere a Carol Dweck, psicóloga a quien entrevistó para su libro.