viernes, enero 23, 2015

Manifesto 15

Comparto la liga al Manifesto 15, una iniciativa de varios profesores de distintas partes del mundo que enuncia con prístina claridad los retos y oportunidades de la educación presente y futura. 

Si se dedican a la educación, en cualquiera de sus vertientes, es un material de reflexión obligada. Si no, es útil para enterarse de cuáles son los asuntos a los que los profesores del mundo estamos dedicando más tiempo y esfuerzo (ojalá también talento y creatividad). ;-)

domingo, enero 18, 2015

¡Que vienen los bárbaros!

Para Claudia Magos, con amor, mutatis mutandis. 



Hay algo admirable y conmovedor en la actitud que Alessandro Baricco adopta en este libro. Baricco, periodista y literato italiano, pertenece a la generación que, en su mayor parte, define su relación con los adolescentes y jóvenes de ahora como una batalla. Para que lean, para que escuchen buena música, para que respeten y aprendan del pasado, etcétera. Una generación cabreada con sus hijos y nietos, empeñada en convencerse de que antes la educación era mejor, la moral verdadera y el futuro, claro y prometedor. Baricco es de esa generación, pues. Pero no se instala en el cliché facilón de cargar contra los chicos del iPhone y la tablet o de acusarlos de estultos porque usan Wikipedia. No, Baricco intenta algo más digno de un tipo con tres dedos de frente, y bastante más difícil: comprenderlos. Y explicarlos. A ellos, a los bárbaros. Ejemplo:

La relación con el pasado no es un principio estético, no es una forma de elegancia: es la respuesta  a un hambre. El pasado no existe: es  un material del presente. Probablemente será verdad, piensa el bárbaro, eso de que el asado al barolo es mejor que esta horrorosa hamburguesa: pero yo tengo hambre aquí y ahora, y si tengo que ir hasta las Langas para comer esa gloria, voy a llegar muerto allí. Sobre todo desde que el camino para las Langas se ha convertido en un viaje larguísimo, selectivo, sofisticado, elitista y un auténtico coñazo. De manera que aquí me quedo. Y me como mi hamburguesa, escuchando en mi iPod Las estaciones de Vivaldi, en versión rock, leyendo al mismo tiempo un manga japonés, y sobre todo invirtiendo diez minutos, diez, así salgo de nuevo a la calle, y ya no tengo hambre, y el mundo está ahí, para ser atravesado. Es una postura discutible. Pero es una postura: no es ninguna locura. (p. 172)


El libro concluye con un epílogo de vuelos líricos titulado "La Gran Muralla", que el autor anuncia desde el principio de su obra y que, claro, fue redactado durante su viaje a la China emergente como economía dominante del planeta. 

No puedo dejar de recomendar un libro con el que mi marcatextos tuvo una relación impúdica, y que tantos signos de admiración y "wow" tiene en sus márgenes. Tremendo ensayo: provocador y potente, deja mucho qué pensar. Y, sobre todo, mucho qué hacer.

domingo, enero 11, 2015

Tres propósitos para el nuevo semestre


Durante las vacaciones invernales leí este texto de Alexis Wiggins en el Washington Post. La autora llevó a la práctica una idea que los profesores tenemos a menudo (o al menos yo): vivir un día de clases tal como lo viven nuestros alumnos. Al menos en mi caso, es recurrente el argumento: "Su clase no es la única que tenemos" cuando les asigno una tarea más o menos retadora. La mayoría de las veces lo asumo como un pretexto sin sentido y pienso: "Ustedes tampoco son el único grupo al que doy clases". Craso error. Lo cierto es que los profesores tendemos a encerrarnos en lo que consideramos una perspectiva correcta de nuestro trabajo (somos muy proclives a la autocomplacencia: defecto que, claro, también les endilgamos a nuestros pupilos) y muy rápida y preocupantemente dejamos de ser empáticos con las personas para las que trabajamos. 

Wiggins siguió a un alumno de secundaria y a otro de preparatoria durante un día completo en su escuela y encontró tres lecciones muy valiosas:

1. Los alumnos pasan sentados la mayor parte del tiempo. Puede parecer una nimiedad, pero en una jornada de ocho horas de clase, los chicos pasan sentados siete de ellas (o más). Sobra decir que en la mayoría de los casos son obligados a ello. 

2. Los alumnos escuchan pasivamente el 90% del tiempo de clase. Hay muchas iniciativas de innovación en las escuelas que conozco; pero la mayoría de ellas se encuentran en etapas iniciales o están mal enfocadas, lo que significa que los profesores seguimos impartiendo clases al viejo estilo: dictando cátedra y predicando nuestras verdades a un público sobreestimulado al que nosotros, paradójicamente, cortamos esos estímulos cada vez que entran a nuestra aula. 

3. Los alumnos pasan buena parte del tiempo sintiendo que son una molestia. "Guarde silencio, apague su celular, ponga atención, deje de molestar a su compañero/a, tome nota, le he dicho que guarde silencio, no, no le enviaré la presentación por correo, siéntese..." No importa con cuán buenas intenciones digamos lo anterior: repetido durante ocho horas resulta extenuante y, sobre todo, genera la sensación de que los alumnos son básicamente un estorbo en el salón. 

Más allá de buscar la cuadratura del círculo con metodologías de vanguardia, deberíamos también atender estos asuntos tan elementales en nuestras clases. Porque los tres puntos anteriores se refieren al tiempo que los alumnos pasan en la escuela. Fuera de ella se enfrentan al reto de organizar su tiempo de tal suerte que les alcance para cumplir las tareas que sus seis o siete profesores les asignamos. Muchos de nosotros, claro, sin pensar en los otros cinco o seis colegas que también se pusieron "creativos" y "retadores" al momento de mandarlos al cine, a un museo, a producir un cortometraje, preparar una presentación, leer un libro, montar una maqueta y estudiar para algún examen... todo para la próxima semana. Y calladitos y de buen modo, por favor. Y si no tienen tiempo para los amigos, la novia y el gimnasio, lo siento mucho: porque la escuela es primero y es su única responsabilidad... Lo cierto es que es un discurso hipócrita, porque ninguno de nosotros permite que el trabajo lo absorba de tal forma que no quede tiempo para la familia, los amigos, o algún hobby. Si en nosotros no lo toleramos (o al menos no deberíamos hacerlo), ¿por qué a ellos los obligamos a vivir así? 

A unas horas de iniciar un nuevo semestre, mi propósito es cambiar el estado de cosas de los tres puntos señalados por Wiggins: deseo mover a mis alumnos (física e intelectualmente), diseñar mis clases para permitirme escucharlos más y hacerles saber que mi trabajo con ellos, por muy demandante que pueda resultar a veces, es sobre todo un gusto y una decisión consciente y cotidiana. Al tiempo. 

lunes, diciembre 01, 2014

Generación APP


Una de las más recurrentes inquietudes de quienes trabajamos con y para adolescentes reside en el tan cacareado hecho de que pertenecen a una generación distinta a la nuestra, es decir, a la primera generación cien por ciento digital en el sentido de que, nacidos en los últimos años del siglo pasado, no conocieron (al menos no conscientemente) el mundo antes de internet, facebook, smartphones y demás maravillas de la vida en línea. 

La inquietud aumenta cuando constatamos que psicólogos, sociólogos y pedagogos, entre otros especialistas de la educación, emiten opiniones discordantes (y a veces francamente contradictorias) al reflexionar sobre las características de la generación (o las generaciones, según se vea) que ahora está en las aulas. Ejemplo: Dan Tapscott en su libro La era digital (McGraw Hill, 2009) no tiene reparo en ensalzar las cualidades de los adolescentes de hoy: "Como la primera generación global de todos los tiempos, los Net Geners son más listos, más rápidos y más tolerantes a la diversidad que sus precursores" (Tapscott, 6). El autor, asesor de negocios en Canadá, enuncia ocho características de los nacidos de mediados de los '90 en adelante: 
  1. Aprecian la libertad y la libertad de elección.
  2. Desean personalizar las cosas, hacerlas por sí mismos.
  3. Son colaboradores naturales que disfrutan de una conversación, pero no de un sermón.
  4. Lo escrutarán a usted y a su organización.
  5. Insistirán en la integridad.
  6. Querrán divertirse, incluso en el trabajo y en la escuela.
  7. La velocidad es normal.
  8. La innovación es parte de la vida.
Un año después, en 2010, Nicholas Carr publicó Superficiales. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? (Taurus, 2010). Como lo señala el título de su obra, Carr no analiza específicamente a la actual generación de adolescentes, sino que dedica su atención a los efectos de nuestra vida en línea. No es muy optimista al respecto. Un ejemplo:
Una sola página web puede contener fragmentos de texto, video y audio, una variada gama de herramientas de navegación, diversos anuncios y varias pequeñas aplicaciones de software o widgets, que se ejecutan en sus propias ventanas. Todos sabemos cómo puede llegar a distraernos esta cacofonía de estímulos. Pero nos lo tomamos a broma. Un nuevo mensaje de correo electrónico anuncia su llegada cuando ojeábamos los titulares más recientes de un periódico digital. Unos segundos más tarde, nuestro lector RSS nos informa de que uno de nuestros blogueros favoritos ha publicado un nuevo post. Unos momentos después nuestro teléfono móvil reproduce la melodía que indica la entrada de un mensaje de texto. Al mismo tiempo, una alerta de Facebook o Twitter parpadea en la pantalla. (Carr, 116)   
Puede que el tono de Carr sea levemente catastrofista, pero estoy seguro de que la mayoría puede identificarse con esos momentos de sobre-estimulación que, a decir del autor, no llevan a algo bueno.

Al tren del estudio de los cambios que la tecnología ha propiciado en la forma en que aprendemos se ha subido Howard Gardner con su obra Generación APP (Paidós, 2014) en la que define a este grupo de edad en los siguientes términos:
Nuestra teoría es que los jóvenes de ahora no sólo crecen rodeados de aplicaciones, sino que además han llegado a entender el mundo como un conjunto de aplicaciones, a ver sus vidas como una serie de aplicaciones ordenadas o quizás, en muchos casos, como una única aplicación que se prolonga en el tiempo y les acompaña de la cuna a la tumba. (Gardner, 15)
La opinión de Gardner sobre el asunto es acaso más relevante que la de los autores antes mencionados si consideramos que lleva más de tres décadas dedicado a la psicología cognitiva: fue él quien en 1983 cimbró el mundo educativo con su teoría de las inteligencias múltiples, que dio al traste con el modelo de educación estandarizado (y, tristemente, todavía en uso en la mayor parte de las escuelas del mundo). 

En Generación APP Gardner nos queda a deber una posición clara al respecto. No es esto necesariamente malo. Antes lo contrario: Gardner toma una distancia prudente ante la velocidad de los cambios suscitados por la tecnología en el ámbito educativo y concluye, inteligentemente, que estos cambios pueden resultar tanto positivos como negativos dependiendo de los factores que los acompañen (personalidad del alumno, la escuela en la que estudien, los valores familiares, etc.). En sus palabras
Los medios digitales pueden ejercer un efecto liberador sobre los jóvenes ya predispuestos a experimentar e imaginar, mientras que congelarían a la creciente proporción de jóvenes que prefieren seguir el camino de la mínima resistencia. (Gardner, 152)
Afortunadamente en este tema estamos muy lejos de escuchar la última palabra. Entretanto, Generación APP es una lectura altamente recomendable para padres de familia, profesores y en general cualquier persona interesada en cómo aprendemos.  

jueves, julio 24, 2014

"Yo soy Teresa Mendoza"

Estoy de vacaciones. Busco una novela para leer. Una novela gorda, buena, que me entretenga como Dios manda. Reviso mi biblioteca y me topo con El conde de Montecristo. "Pfff... Dumas", pienso. Ya no estoy en edad de leer eso. Recuerdo que hace muchos años Pérez Reverte me recomendó esa novela. "Pfff... Pérez Reverte", pienso.
Estoy insoportable. 
Recuerdo esta entrevista que le hice hace muchos años, en la que menciona la influencia de Dumas en La reina del Sur. Es un buen texto (la entrevista, digo... y La reina del Sur también, con algunas reservas), y nunca lo había compartido en ergozoom. Dado que El Huevo, la revista en la que se publicó, dejó de circular hace varios años, creo que es una buena oportunidad para mantenerla vigente.   

Yo soy Teresa Mendoza

Entrevista a Arturo Pérez-Reverte
-       José Luis González / Revista El Huevo (octubre 2002)
Arturo Pérez-Reverte es como Teresa Mendoza: el éxito le llegó ‘sin querer queriendo’, fue lidiando con él a regañadientes hasta que finalmente se resignó y lo tomó con filosofía. Alfaguara lo hospeda en el hotel Camino Real de la Ciudad de México, donde dos veces por día baja a conceder un par de entrevistas de treinta minutos cada una. Él mismo depuró la lista de medios que la editorial le ofreció para conceder entrevistas, así que sabe muy bien quién lo entrevistará. Yo también sabía a quién iba a hacerle mis preguntas, o al menos creí saberlo por los datos biográficos que obtuve de él. Español, nacido en Cartagena, en 1951. Su padre fue marinero. Él también lo es: posee un yate de 12 metros de eslora en el que pasa varios meses al año.  Fue reportero de guerra durante más de 20 años. Somalia, el Golfo Pérsico, Nicaragua y un largo etcétera hasta que en 1994 decidió intentar como escritor de ficción. El maestro de esgrima fue su primer éxito editorial. Le siguieron El Húsar, La tabla de Flandes, El Club Dumas (llevada al cine por Roman Polanski hace un par de años), La piel del tambor y La carta esférica, entre otras novelas, volúmenes de cuentos y recopilaciones de su trabajo como periodista sin olvidar la exitosísima serie histórica Las aventuras del Capitán Alatriste.
Eso es lo que dice la ficha biográfica de Pérez-Reverte que puede encontrarse en cualquier sitio de Internet dedicado a él y a su obra (los hay por decenas y en varios idiomas). Pero hay números que hacen de Pérez-Reverte, como anotó el escritor tijuanense Luis Humerto Crosthwaite, el king of pop de la literatura española, uno de esos seres que no pisan el suelo cuando caminan: 300 mil ejemplares vendidos de su más reciente novela, La Reina del Sur (Alfaguara, 2002), lo avalan como un fenómeno editorial en boga y alimentan las sospechas de quienes aseguran que Pérez-Reverte no es de esta Tierra.
Precisamente a propósito de La Reina del Sur es que tuve oportunidad de conocer a Arturo hace un par de semanas. La cita fue en el lobby Tamayo del Hotel Camino Real a las 6.30 de la tarde. Media hora antes llegué con una amiga que tiempo atrás me había dicho ser fan de Pérez-Reverte, Diana Sánchez, que iba muy elegante y con su mochila escolar a cuestas. A esa hora ya estaban instalados Gina Bechelany, coordinadora editorial de esta revista, Cecilia Rodarte, colaboradora y amiga de El Huevo y el fotógrafo Rodrigo Elizarrarás. La excitación del grupo era evidente. Cecilia nos enseñaba unas fotos que le había tomado a Arturo diez años atrás; Gina hacía una recapitulación de la obra del cartaginés y Diana lanzaba un gritito extático cada vez que miraba el reloj. Yo revisaba las notas y preguntas que tenía preparadas. Arturo llegó al lobby a las 6:33: pantalón de mezclilla, camisa azul cielo y blazer azul marino. Tras las presentaciones de rigor, se dijo asombrado de tan numerosa comitiva por parte de El Huevo. La sesión de fotos fue en la piscina.
En el lobby quedamos Gina y yo. “Es mucho más guapo que en fotografía”, me dijo. Sonreí, un poco nervioso porque ya era tarde y porque también temí que la “numerosa comitiva” convirtiera la entrevista en un chacoteo con preguntas tutti fruti. Cuando todos regresaron (a las 6.42) llevé a Arturo a una mesa aparte. “Ella nos acompaña. Va a estar calladita”, me informó, tomado a Diana de la mano. Estaba encantada y había intimado con él durante las fotos, según me di cuenta.
“La novela empezó con una canción. Cuando escuché Camelia la Tejana quedé impresionado de la manera en que, en sólo tres minutos, se podía contar una historia tan compleja. Desde entonces tuve la idea de yo mismo contar una historia así y La Reina del Sur es mi respuesta a esa inquietud. Claro: yo no pude hacerlo en tres minutos, pero igual es un corrido. Un corrido de 540 páginas.”
¿Cuál fue el principal reto que significó esta novela para ti?
“Hubo muchos. Quizá el más difícil fue desarrollar el personaje de Teresa Mendoza. Una mujer casi analfabeta que llega a la cúspide en un mundo absolutamente dominado por hombres, como es el del narcotráfico. En ese sentido debí travestirme un poco para saber lo que ella sentía y pensaba. Esa fue la mejor experiencia que me dejó el libro: conocí a la mujer de una manera diferente. Ahora entiendo mejor a las mujeres de mi vida. Luego fue entrar y conocer el mundo del narco. Pasé mucho tiempo caminando Sinaloa, conociendo gente, entrevistando narcos. Tuve que pagar muchas rondas de tequila, pero al final también me invitaron algunas.”
En algunas entrevistas anteriores has mencionado que decidiste ubicar esta historia de narcotráfico en México aludiendo a ciertos “valores” que todavía rigen aquí pero que en Colombia o Europa no. ¿Cuáles son esos valores?
“El narco mexicano es un mundo cerrado regido por códigos muy estrictos. Claro que hay asesinatos y todo ese tipo de cosas, pero también hay valores que definen esas reglas. La lealtad, por ejemplo; el respeto por quienes pertenecen a la familia, al grupo; el ser cabrón, pero no ojete. Cosas que desde luego no justifican el narcotráfico, pero sí lo hacen más humano. No tan bestial como es el crimen en otras partes del mundo.”
Se acaba el tiempo, me anuncia Gina señalando su reloj desde la mesa contigua. Carajo. Llevo dos, tres preguntas y se acaba el tiempo. Decido apresurar un poco las cosas y le pregunto a Arturo sobre la peculiar relación entre Teresa Mendoza y la literatura.

“Los libros hacen a Teresa Mendoza. Son, por decirlo así, el detonador de todo lo que ya es. Se descubre a sí misma en las páginas que lee. Se da cuenta de que todos los libros hablan de ella y así aprende de ellos. Aprende de El conde de Montecristo, por ejemplo. Ya era una mujer inteligente, calculadora, pero a través de los libros expande sus experiencias y desencadena sus ambiciones. Los libros le dan sentido a su vida... como a la de cualquiera a quien le guste leer. Yo no sé cómo hace la gente que no lee para enfrentarse a la vida. Los libros son como los analgésicos: no curan, pero atenúan el dolor y ofrecen esperanza.
Y los narcos que conociste, ¿leían?
Arturo sonríe, simpatizando con mi ingenuidad (o eso quiero pensar), y responde: “No. Ninguno leía. Los que leen son los juniors: la segunda o tercera generación de narcos, esos sí leen. También las esposas de algunos. Pero de los que yo conocí, ninguno.
Y les hace falta, ¿no? Digo, para ser como Teresa Mendoza...
Sí, claro, pero leer no sólo les hace falta a los narcos. Eso nos hace falta a todos.
Ahora es Miriam Baca, la jefa de prensa de Alfaguara, quien se levanta de su mesa y me hace señas: se terminó el tiempo. Asiento con la cabeza y le concedo el último par de minutos de entrevista a Diana.
A lo largo de toda su obra ha escrito varios códigos que rigen la vida de sus personajes pero, ¿cuáles son los valores que rigen el código de vida de Arturo Pérez-Reverte?
“Hay dos cualidades que respeto mucho en la gente. No quiere decir que las tenga yo, pero sí que las respeto en los demás y trato de tenerlas para mí mismo. Son la dignidad y el valor. Ninguna la puedes comprar con dinero. Y mira que con dinero puedes comprar casi cualquier cosa: mujeres, amigos, fama... hasta felicidad, porque con dinero puedes comprar momentos felices, pero no puedes hacerte de dignidad y valor. Yo pasé más de 20 años en guerras viendo lo mejor y lo peor de los seres humanos y puedo decirte que la vida puede pasarse más o menos bien si cuentas con esas dos cosas entre lo que llevas a mano: dignidad y valor.”
Agotado el tiempo, la nutrida comitiva se acerca de nuevo. Todos queremos que Arturo firme nuestro libro. Mientras lo hace, Diana saca de su mochila todos los libros que tiene de Pérez-Reverte. Son más de diez y de algunos yo ni siquiera había escuchado su nombre. Arturo, francamente conmovido, empieza a firmarlos y se despide disculpándose por el poco tiempo que pudo pasar con ella. “Así es esto, dice, quizá alguna vez nos volvamos a encontrar”. Diana llora al entregarle una carta en sobre cerrado. Arturo se aleja y ocupa una mesa lejana en espera de su próximo entrevistador. La nutrida comitiva de El Huevo se va también. Yo me quedo con Diana, que sigue llorando. Me está agradeciendo el haberle presentado a Pérez-Reverte cuando veo que éste se acerca de nuevo. Le pide a Diana que cierre los ojos. Ella no reacciona. Está pasmada. “Cierra los ojos”, le vuelve a decir en tono perentorio, pero tierno, mientras él mismo pone su mano abierta sobre los ojos de mi amiga. Le da un beso en la boca y le dice “adiós”.