martes, abril 08, 2014

Busca lo que amas. Y hazlo. [podcast]



Compré el libro del que extraje este texto en la librería Gandhi de Madero justo un año después de haber empezado a dar clases. La prosa honesta y transparente del autor me hizo notar, no sin sorpresa, que los mejores profesores no se parecen (o lo hacen poco) a las figuras angelicales que la cultura popular venera.
Con McCourt aprendí a reconocer (y respetar) los momentos en los que los alumnos me desesperan y los días en los que lo último que deseo hacer es entrar a "ese grupo" que me revuelve el estómago. Aprendí que para ser generoso debo a veces también ser egoísta. Y que sentir y pensar eso no vulnera mi vocación; al contrario: la hace más comprensible, más cercana a mí, más humana. Porque al final del día (y sobre todo al principio) desde aquel verano en que inicié esta aventura no ha pasado uno solo sin que ponga en duda mi vocación. Y la reafirme. Siguiendo la lección del profesor McCourt: identifiqué lo que amo. Y tengo la inconmensurable fortuna de poder hacerlo diariamente.
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El texto es del libro de memorias El Profesor, de Frank McCourt (2005). La música original y la producción del podcast es obra de José Luis Esquivel. La canción final es "Downside-Up" de Peter Gabriel.

lunes, marzo 17, 2014

Leer. Despertar.

Hace un rato encontré en Spotify el soundtrack de The Power of One (Avildsen, 1992). Tenía años de no escucharlo. Ésa es una película que me cambió la vida. Ignoro si es buena o mala, sé que su impacto fue devastador en mi existencia preadolescente.


La vi con mi padre en un cine que ya no existe (el Agustín Lara, donde ahora hay un Office Depot) y tengo el recuerdo de haber llorado al terminar de verla. No la he vuelto a ver desde entonces. 
Más allá de la anécdota personal, y del debate acerca de si la película es buena o no, me gustaría compartir con ustedes por qué fue importante para mí: me abrió los ojos a la crueldad y el dolor humano. La trama gira en torno a la vida de un niño blanco que crece en la Sudáfrica del apartheid años antes de la II Guerra Mundial. Ahí toma como maestro de boxeo (y, hasta cierto punto, de vida) a un hombre negro. Pueden imaginar algunos de los giros dramáticos que depara esa pareja de protagonistas. Creo que nunca había sido consciente de una verdad que no me ha abandonado desde entonces: el Mal (así, con mayúscula) es el común denominador de las acciones humanas. Retomo una recientísima lectura que acabo de terminar: el libro Lecturas sobre la lectura, de Alberto Manguel (2011):
Como nos enseña nuestra lectura, la historia es el relato de una larga noche de injusticia: la Alemania de Hitler, la Rusia de Stalin, la Sudáfrica del apartheid, la Rumania de Ceausescu, la China de la Plaza Tiananmen, los Estados Unidos del senador McCarthy, la Cuba de Castro, el Chile de Pinochet, el Paraguay de Stroessner, y una lista interminable de otros más que conforman el mapa de nuestro tiempo. Parece como que vivimos en sociedades déspotas o justo al margen. Nunca estamos a salvo, ni siquiera en nuestras pequeñas democracias. Al pensar en lo poco que tomó para que ciudadanos franceses de bien abuchearan los convoyes de niños judíos metidos como ganado en camiones, o para que canadienses educados apedrearan a mujeres y ancianos en la reservación de Oka cuando los indígenas protestaron por la construcción de un campo de golf, no tenemos derecho a sentirnos a salvo. (Manguel, 379)
Manguel vuelve sobre la misma idea un poco más adelante en ese volumen de ensayos que, huelga decir, les recomiendo ampliamente:
Sólo nosotros vivimos conscientes de que vivimos y, por medio de un código de palabras medio compartido, somos capaces de reflexionar sobre nuestras acciones, sean éstas contradictorias o inexplicables. Sanamos y ayudamos, nos sacrificamos y expresamos preocupación y compasión, creamos artificios maravillosos y artefactos milagrosos para entender mejor el mundo y a nosotros mismos. Y al mismo tiempo, construimos nuestras vidas sobre supersticiones, acumulamos sin otro propósito que la avaricia, causamos dolor deliberado a otras criaturas, envenenamos el agua y el aire que necesitamos para vivir, y finalmente llevamos nuestro planeta al borde de la destrucción. Todo esto lo hacemos con plena consciencia de nuestras acciones, como si estuviéramos sumergidos en un sueño en el que hacemos lo que sabemos que no debíamos y nos abstenemos de hacer lo que deberíamos. (Manguel, 405-406)  
No soy tan ingenuo como para asumir que conozco el momento o los motivos que determinan si estamos de un lado o del otro, si somos buenos o malos. Constantemente cruzamos esa frontera sin un patrón establecido. Todos somos capaces de la abyección más perversa y de la más sublime bondad. Y por ello, porque cruzamos alegre y pesarosamente a la vez esa línea esgrimiendo nuestro libre albedrío como suficiente razón para ello, pienso que Manguel tiene razón: no tenemos derecho a sentirnos a salvo. Así las cosas, lo menos que podemos hacer es mantenernos atentos, conscientes. Despiertos.  

martes, marzo 11, 2014

Si pudiera vivir nuevamente...

Les apuesto doble contra sencillo a que se han topado con alguien que cita el poema "Si pudiera vivir nuevamente mi vida" diciendo que es de Jorge Luis Borges. A mí, en más de una ocasión, me han recitado aquellos versos y, cuando me dicen que son de Borges (un escritor al que saben que respeto), mis interlocutores me obligan a reservarme mis comentarios respecto a la cursilería de ese texto. Hasta ahora. Acabo de encontrar las siguientes líneas en el libro Lecturas sobre la lectura, de Alberto Manguel (Océano, 2011), que me ha resultado un auténtico desfacedor de este entuerto:

En 1989, la revista mexicana Plural, fundada por el poeta Octavio Paz, publicó un poema titulado "Instantes", supuestamente escrito por Borges el año de su muerte. Lo precedía un comentario de un tal Mauricio Ciechanower, quien señalaba que era una "pieza preñada de un poder de síntesis magistral". El poema es una reflexión tonta y acaramelada que no estaría fuera de lugar en una tarjeta de felicitación. Dice:

Si pudiera vivir nuevamente mi vida...
En la próxima cometería más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría mas.
Sería más tonto de lo que he sido,
de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico.
Correría mas riesgos, haría más viajes,
contemplaría más atardeceres,
subiría más montañas, nadaría más ríos.
Iría a más lugares a donde nunca he ido,
comería más helados y menos habas,
tendría más problemas reales y menos imaginarios.
Yo fui de esas personas que vivió sensata
y prolíficamente cada minuto de su vida;
claro que tuve alegrias.
Pero si pudiera volver atrás trataría
de tener solamente buenos momentos.
Por si no lo saben, de eso esta hecha la vida,
solo de momentos.
¡No! no te pierdas el ahora.
Yo era uno de esos que nunca iban a ninguna parte
sin un termómetro, una bolsa de agua caliente,
un paraguas y un paracaídas.
Si pudiera volver a vivir 
comenzaría a andar descalzo
a principios de la primavera y
seguiría así hasta concluir el otoño.
Daría más vueltas en calesita;
contemplaría más amaneceres
y jugaría con los niños,
si tuviera otra vida por delante...
Pero ya ven,
tengo 85 años y se que me estoy muriendo...

Tres años después, los versos aparecieron traducidos por Alastair Reid, quien antes había hecho traducciones estupendas de varias piezas de Borges, en el Queen's Quarterly. Nadie objetó.
Luego, el 9 de mayo de 1999, el crítico Francisco Peregil publicó en el diario El País de Madrid la siguiente revelación: "La verdadera autora del apócrifo es una desconocida poetisa norteamericana llamada Nadine Stair, que lo publicó en 1978, ocho años antes de que Borges muriera, en Ginebra, a los 86 años". El texto (como una ampulosa pieza de prosa poética) apareció en la revista Family Circus de Louisville, Kentucky el 27 de marzo de 1978, y desde entonces ha aparecido, en una serie de versiones diferentes, en todo tipo de lugares, desde Selecciones hasta impreso en camisetas. 

domingo, febrero 23, 2014

"Tenemos que soportar..."



Llegué a El último encuentro gracias a mi amiga Claudia Huerta (en Twitter @Bigcrassh). 

Como la mayoría de los libros que me recomiendan, esta novela pasó muchos meses en el altero de libros pendientes (lo reconozco: es una tara que me esfuerzo por corregir). Para quienes no lo han hecho, recomiendo que lo lean: es un libro duro y honesto sobre el amor y la amistad.

La selección para el podcast se refiere a una parte de la novela que inicia con palabras con las que, de entrada, no me identifico: "Tenemos que soportar"... Quienes me conocen saben que el sentimiento ante el que soy menos indulgente es la resignación, así que aquello de "tener que soportar" no es precisamente algo con lo que comulgue. Pienso que por ello subrayé esa parte del libro: encontré que hay una inmensa sabiduría en quien reconoce que no lo puede todo, que no lo sabe todo, que no lo merece todo... y encuentra plenitud en ello. 

El texto leído es de Sándor Márai, específicamente de la novela El último encuentro (A gyertyák csonkig égnek, 1942). La canción al final es "Timing", de Kevin Johansen (The Nada, 2000). La música original y la producción del podcast es de José Luis Esquivel.      

martes, febrero 11, 2014

Yo contra el mundo (o de la desgracia de creer que se tiene razón)

Una de las mejores lecciones que se pueden aprender en la vida (y también una de las más complicadas) es la noción de que aquello en lo que creemos a pie juntillas es casi seguramente equivocado. Siempre hay algo más que conocer. Y eso es bueno: aunque en el camino del conocimiento perdamos aquellas "verdades" sobre las cuales fundamentábamos nuestras vidas. 

Hace unos días, zappeando en Netflix encontré Conspiracy Road Trip, programa conducido por el comediante irlandés Andrew Maxwell y producido por la BBC. En él, Maxwell invita a un grupo de personas que considera que algún acontecimiento o creencia forma parte de una conspiración y se los lleva en un road trip por los lugares que confirman o desmienten sus aseveraciones. Así, por ejemplo, en la primera temporada se revisan los atentados del 11 de septiembre en NY, los de julio de 2005 en Londres, el Creacionismo y la existencia de los OVNIS. 


Maxwell parte desde una posición concreta: que sus invitados están equivocados. Y durante todo el viaje intenta convencerlos de ello. Esto puede resultar incómodo para algunos espectadores, dado que el presentador no es neutral, pero de lo que se trata es de asumir que hay alguien que tiene razón: el que tiene a la ciencia de su parte.

Es desconcertante ver cómo en algunos casos los argumentos se desmoronan a golpes de sentido común e información científica y, pese a ello, algunos de los conspiracionistas se empeñan en mantener su posición. Un ejemplo: cuando un científico demuestra que habría sido física y humanamente imposible construir el Arca de Noé, uno de los invitados al programa responde que para Dios todo es posible y que el hecho de que nosotros no podamos hacerlo no implica que Él no haya podido. 

La reflexión que me dejaron los primeros cuatro programas de la serie es que es horrible creer que uno tiene razón. Veo a esas personas tan cerradas a nuevas ideas y tan convencidas de que la suya es la versión correcta que me dan miedo. Pero lo interesante es que ellos no son muy diferentes de nosotros. Todos hemos en algún momento (si no lo hacemos cotidianamente) defendido un argumento a ultranza sin permitirnos un atisbo de duda que nos llevaría, con toda probabilidad, a un conocimiento más complejo de aquello que sustenta nuestra perspectiva de vida. Pero en vez de eso preferimos instalarnos en nuestra cómoda "certeza" y presuponer que las razones y embates del sentido común que se contrapongan a la misma son parte de un plan para ocultar nuestra "verdad". Qué miedo creer que uno sabe. Cuánto no perdemos asumiendo que con lo que sabemos es suficiente para decir que los otros no.